ALESSANDRO La llamada entró justo cuando volvíamos a la casa. Era Samuel. —Lo tenemos —dijo sin rodeos—. El tipo que dejó la nota. Está vivo… por ahora. La sangre me hirvió. El corazón me latía como un tambor de guerra. No dudé ni un segundo. Cargué a Faby en brazos y entré con ella a la casa. Amelia y Elena estaban en la sala, conversando. Al verme, Elena se levantó con expresión alerta, pero intentó mantener la calma. —Voy a salir. Tengo que arreglar un asunto —dije, firme, mientras dejaba a Faby con su madre. Elena me miró con una pregunta en los ojos, pero no dijo nada. Le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos, susurré un "volveré" y salí. El camino hasta el lugar fue una maldita eternidad. Cada semáforo parecía una burla. Cada segundo que pasaba me martillaba la cabeza.

