ALESSANDRO Me quedé solo en la sala, viendo la silueta de Elena perderse escaleras arriba. Cada fibra de mi cuerpo me gritaba que la siguiera, que la detuviera, que no la dejara ir así. Pero si algo he aprendido, es que cuando una mujer está al borde del colapso, lo peor que puedes hacer es empujarla más. No quiero cagarla más. No esta vez. Y necesito saber qué mierda está pasando. Porque Amelia y Faby no deberían estar aquí. No sin una buena razón. Camino hacia la cocina, donde escucho las risas de mi hija. La cocina siempre ha sido uno de los rincones más vivos de la casa. Al entrar, la veo sentada en la isla, con la boca llena de pastel de chocolate que Carmen, la cocinera, ya le está sirviendo como si fuera la reina del jodido mundo. Dios, la extrañé tanto. —Papi, ¡pastel! —me grit

