Elena

2596 Palabras
ALESSANDRO Estoy frente al espejo. El puto nudo de la corbata no queda derecho. Ya es la tercera vez que lo intento y me importa una mierda. Igual me veo bien, como siempre. El traje n***o está a la medida, el pañuelo blanco sobresale del saco como exige el protocolo, y los zapatos brillan como si estuvieran lustrados con lenguas. Lo están, en cierto sentido. Hoy me caso. Una boda de mierda. Con una mujer que no he vuelto a ver desde que la tomé como un animal en aquella habitación de hotel. Elena. La pelirroja de piernas largas y carácter de hielo. La que Vladimir quiere que sea mi esposa para “sellar alianzas” como si esto fuera la puta Edad Media. Me importa poco ella. Me importa menos la ceremonia. Lo único que me jode es que después de hoy, ya no seré libre. Ni sentimental ni legalmente. Otra atadura. Otro disfraz. Un cigarro cuelga de mis labios. No lo prendo. Solo me gusta tenerlo ahí mientras me visto. Me recuerda que aún hay placeres simples. El teléfono vibra. Lo saco del bolsillo de la camisa y sonrío. Es Amelia. Una foto de Faby comiendo helado, con la nariz embarrada de vainilla y esa sonrisa torcida de los Vannicelli. Mis ojos. El cabello n***o de Amelia. Es mi hija. Es mi maldita paz. Mensaje de Amelia: “¡Suerte hoy! Faby dice que le mandes pastel, pero sin pasas. Te extraña. Yo también. Bueno, solo un poquito 😉” Me río. Ella siempre sabe qué decir. Me responde con bromas, sin exigencias, sin enredos. Nuestra relación ha encontrado un extraño equilibrio. Un lugar donde no hay sexo, ni rencor. Solo respeto. Y joder… eso es raro para mí. Recuerdo la conversación que tuvimos hace unos días. La última vez que hablamos por teléfono. —Así que te casas… —dijo Amelia con ese tono entre sorna y resignación—. Y yo que pensé que no te ibas a dejar domesticar nunca. —No me caso por gusto. Me caso por negocios —le contesté mientras bebía whisky directo de la botella, recostado en la terraza. —Claro… ¿y eso incluye firmar para compartir bienes o solo la cama? —No voy a tocarla. Solo si me obligan. Y si eso pasa, espero estar bien drogado. —Joder, Alessandro… tienes un talento para hacer del amor algo triste. —¿Y tú? ¿No me guardas rencor por haberte arrastrado a esta mierda de vida? —No. Porque me diste a Faby. Y ella… ella sí vale la pena. Guardamos silencio. De esos que no incomodan. De los que solo tienes con alguien que te conoce hasta los huesos. —Voy a estar bien —dije, más para convencerme a mí mismo que a ella. —Lo sé. Eres un cabrón, pero un buen padre. Solo… no dejes que eso te consuma. Ni que ella (Elena) te arranque lo poco de alma que tienes. —Lo único que me importa es Faby. Lo demás, me lo follo o lo destruyo. Y colgamos. Me quedé mirando el celular mucho tiempo después de eso. Como un imbécil. Como un hombre al que le duelen cosas que no dice. Vuelvo al presente. Me ajusto el saco. No hay vuelta atrás. Afuera, los autos de lujo hacen fila. Un club privado en las colinas de Verona. Seguridad, flores blancas, y cámaras por todos lados. Una boda de mafiosos con disfraz de realeza. Toco mi pecho. Siento el sobre doblado dentro del saco. Es una carta que escribí para Faby. Por si algo me pasa. Porque este matrimonio… este paso… podría desatar cosas. Me muevo en un mundo donde la traición se disfraza de honor y las balas siempre encuentran su camino. La idea de subir al altar me da asco. El cura, el vestido, los votos. Mentiras enlatadas. Pero cuando cierro los ojos, veo esa jodida sonrisa torcida. Faby. Ella vale esto. Y más. Y si este infierno de matrimonio asegura que ella estará a salvo, entonces firmo el puto contrato con sangre si hace falta. Vuelvo a mirar el espejo. Yo. Alessandro Vannicelli. El bastardo sin alma, el hijo del diablo, el que creció con pólvora en las venas y odio en los dientes… está a punto de convertirse en esposo. Qué ironía. Termino de alisar el saco, me acomodo el cabello hacia atrás, y salgo de la habitación con paso firme. La ceremonia me espera. Y con ella, una mentira más que cargar. Pero en el bolsillo, el celular vibra de nuevo. Otra foto de Faby. Ahora con una flor en el cabello. Y mi corazón… ese maldito músculo terco, da un salto. Por ella… me pongo de rodillas ante cualquier dios. No hay forma elegante de decirlo: esta boda me sabe a mierda. Estoy aquí, con las manos entrelazadas al frente, traje hecho a medida, cuello ajustado, sonrisa forzada, rodeado de flores blancas que huelen a hipocresía. Y la iglesia... joder, la iglesia es una pintura renacentista: vitrales, mármol, alfombra roja y un cura con cara de asco. O tal vez es mi cara la que refleja eso. No lo culpo. A mis lados están Vito y Salvatore, mis padrinos. Mis hermanos, de sangre y de calle. Vito, impecable, sin corbata, con ese aire de calculadora humana que le da su trabajo de estratega. Es el tipo de persona que analiza incluso a los santos en las paredes, buscando puntos débiles. Salvatore, con el ceño medio fruncido, alto y firme como el muro que es. Está aquí porque Zita, mi hermana, es su vida. Y porque, a pesar de todo, me quiere. Desde hace meses trabaja para mí, siempre desde la sombra. Seguridad. Supervisión. Ojos que no duermen. Ambos saben que esto no es un matrimonio. Es una transacción. —Qué bonito te ves, fratello. —me susurra Vito sin disimular la sorna— ¿Seguro que no quieres repetir votos y prometerle amor eterno? —Podrías follártela antes del brindis para acortar el suplicio. —agrega Salvatore con una media sonrisa. —Me la voy a follar a ella... y a otra. —respondo entre dientes, con la mandíbula apretada. Porque no es broma. En mi cabeza no está la novia, ni el cura, ni la multitud que espera con cámaras listas y sonrisas falsas. En mi cabeza está mi departamento. La fortaleza. Piso 14. Luces apagadas, vino tinto caro, y la rubia desnuda sobre el sofá de piel. La misma que me recibió anoche con las piernas abiertas y la lengua lista. La misma que sabe cómo hacerme olvidar que estoy a punto de firmar mi sentencia matrimonial. La imagino atada. Me gusta eso. Atada, con la boca abierta, con el maquillaje corrido por lo que le hice antes de venirme dentro de ella por tercera vez. Me espera. Con esa hambre que solo el dinero y el miedo pueden enseñar. El cura sigue hablando de amor, entrega, fidelidad. Y yo sigo pensando en lo que le haré cuando acabe esta farsa. Cómo la tomaré del cabello, cómo la haré gritar contra el ventanal, viendo su reflejo y el mío al mismo tiempo. Cómo haré que se trague cada promesa que no pienso cumplir con la mujer que va a entrar por esa puerta. Mi celular, escondido entre el saco, vibra. Es un mensaje. Amelia: “Día importante. No te vayas a cagar en los votos.” Amelia: “Faby te mandó suerte. Aunque no sabe que es para tu boda. Dice que te ama hasta el cielo.” Amelia: “Yo también te deseo suerte. Pero te la mereces poco, idiota.” Sonrío. Con Amelia las cosas se volvieron… reales. Casi naturales. Me conoce. Me odia un poco. Me perdona mucho. Y aunque el pasado no se olvida, nos mantenemos flotando sobre él. Sin reclamos. Sin mentiras. Ella sabe que me caso obligado. Que esto es política, negocios, mierda disfrazada de compromiso. Y sabe también que no dejaré de ver a mi hija. —Al menos ella no va a fingir orgasmos. —resopla Vito, notando mi sonrisa de lado al leer los mensajes. —Amelia te escribe, ¿no? —agrega Salvatore. —Sí. —Dile que le mande un beso a mi sobrina. —me dice Sal con tono sincero. No contesto. Solo asiento. Faby… joder, Faby es la única razón por la que no me he mandado al carajo esta boda. Me aferro a esas fotos que Amelia me manda. A los audios de su vocecita cantando. A los dibujos donde me pone como un oso con corbata. Soy su papá. Soy su mundo, aunque no me tenga cerca. Y entonces la música cambia. Se abren las puertas. Y la puta de mi cabeza se esfuma. Porque entra Elena. Y aunque sé quién es. Aunque la he visto antes. Aunque la recordaba... No la recordaba así de hermosa. La melena roja le cae como fuego sobre los hombros. El vestido blanco le marca cada curva, como si el diseñador lo hubiera hecho pensando en que yo no respire. Sus ojos... caoba oscuro. Profundos, penetrantes. Me miran sin mirarme. Y yo siento que me hunden. Todo lo que estaba en mi cabeza —la rubia, el departamento, el vino, las esposas— se evapora. Ella camina hacia mí como si viniera a firmar un pacto que no quiere. Y yo no sé si quiero romperlo o cumplirlo como una maldición. Mi garganta se cierra. Mi polla reacciona. Por instinto. Por memoria. Por esa noche brutal donde la hice mía sin nombres, sin pasado, solo sudor, jadeos y mordidas. La forma en que me montó, con rabia, como si pudiera matarme con el sexo. Joder, esa imagen no se borra ni con diez misas. —¿Estás bien? —me pregunta Vito en voz baja, notando cómo me tenso. —¿Qué mierda fue eso? —susurra Salvatore con una risa apenas contenida. —Nada. —contesto sin mirarles, porque no puedo apartar la vista de ella. Vito se inclina y murmura con burla: —Dime que no es la misma pelirroja que te cogiste hace un año. Esa de la terraza del hotel de Rusia... No contesto. Mi silencio lo dice todo. —Porca puttana... —masculla Sal, aguantándose la carcajada. Elena llega al altar. Su perfume me golpea como una bofetada. Es caro. Fuerte. Elegante. Pero debajo... está ella. La de esa noche. La de mis dedos en su garganta y mi boca en sus pezones. La que me dijo que no me olvidaría. La que olvidé... o intenté. Y ahora la tengo frente a mí. No como amante. No como recuerdo. Como esposa. Me cuesta mirar al cura. Me cuesta respirar. Me cuesta no desear llevármela de aquí, levantarle el vestido, y comprobar si sigue igual de mojada por mí. Pero me controlo. Como lo he hecho toda la vida. Aunque por dentro... estoy maldito. ELENA Hace un mes —¡No me voy a casar con ese bastardo, Vlad! ¿¡En qué maldita cabeza cabe!? —le grito, cruzada de brazos, temblando de furia, con los talones clavados en la alfombra de su estudio. Vladimir se apoya contra el escritorio, los brazos cruzados y la cara tan dura como la piedra. —¿Y qué vas a hacer entonces, Elena? ¿Seguir mandándole cartas de amor a tu “dulce” príncipe Rupert mientras el mundo entero ya vio las fotos de Alessandro metido entre tus piernas? —¡Fue un error! —le escupo—. ¡Una estupidez! ¡Estaba aburrida, enfadada, furiosa! ¡No significa nada! —Pues significó lo suficiente como para que él te lo hiciera en plena terraza, con medio hotel mirándolos. —¡¿Y?! ¡Tú también has hecho cosas peores! —No soy la niña bonita de la familia real. —¡No me interesa ser la niña bonita! ¡Yo quería casarme con Rupert! ¡Y lo arruinaste todo al venderle las fotos a la prensa! —No fui yo. Fueron los Vannicelli, probablemente, o los Jabal, no lo sé, pero la que abrió las piernas fuiste tú, hermanita... —¡No me importa quién fue! ¡Él ahora cree que soy una cualquiera! ¡Todo por culpa de ese malnacido! —No puedes simplemente follarte a un mafioso y pretender que no haya consecuencias. Le tiro el cojín que tengo en la mano. Le da en el pecho, pero ni se inmuta. —¡Déjame vivir, Vlad! ¡Nunca haces esto con Anastasia! —¿A ella? La mandé lejos por tu culpa. Porque tú también sabes lo que hizo. —¡Lo hizo por calentura! O que se yo, tal vez se enamoró, el cabrón es guapo —Y tú ¿qué? ¿Estás enamorada de Alessandro? Lo miro. Lo odio. —Prefiero cortarme un brazo antes de decir eso. Vladimir suspira. Se pasa la mano por el rostro. —Mira, Elena… casarte con Alessandro va a limpiar el escándalo. Lo va a controlar. Es la única opción. —¡No es una opción! ¡Yo no me voy a casar con ese cerdo! ¡Él no me importa! ¡No lo quiero! ¡No es mi mundo! —No lo vas a decidir tú. Esta vez no. Ahí exploto. —¡Siempre decido yo! ¡Siempre he decidido! ¿Quién carajo crees que soy? ¿Tu soldadito? ¡Yo no nací para que me den órdenes! Me mira con ese tono frío que usa cuando ya no hay nada más que decir. Y me doy cuenta. Ya está hecho. Mi boda está decidida. Y yo no tengo opción. Por primera vez en mi vida… alguien más está escribiendo mi historia. Actualmente en día de la boda La música retumba en los muros como un presagio. El vestido me pesa. El velo me ahoga. Y este pasillo parece eterno. Camino como si nada. Como si todo esto fuera parte de un show. Porque eso es. Una actuación. Y entonces… lo veo. Alessandro Vannicelli. Parado al fondo, con ese porte de rey maldito, con ese rostro cincelado por el demonio mismo. Y esos malditos ojos… Azul hielo. Como aquella noche. El odio me sube por la garganta. Es espeso, oscuro, me revienta el pecho. Ese hombre me quitó todo. Mi promesa con Rupert. Mi libertad. Mi imagen. Me forzó a esta farsa. Y sin embargo… ¡Maldita sea! Mi cuerpo lo recuerda. Recuerda sus manos ásperas. Su boca dura. Su voz baja cuando me decía qué hacer y yo… lo hacía. Mi espalda aún siente el muro de aquella terraza, cuando me apretó entre sus brazos como si le perteneciera. ¡No! ¡No pienso pensar en eso! Lo odio. Lo detesto. Pero mi piel es una traidora. Siento calor en el vientre. El corazón me late más fuerte. Los pasos me pesan. Y él… Él me mira. Con la misma maldita intensidad. ¿Se atreve a sonreír? ¿En serio? Ese hijo de puta… está disfrutando esto. Siento cómo mis mejillas arden. De rabia. De vergüenza. De algo más que no quiero nombrar. Veo a los padrinos. Vito está murmurándole algo a Salvatore. Los dos sonríen. Me están mirando. Y él… Alessandro… parece que me estuviera desvistiendo con la mirada. Bien. ¿Quieres jugar? Juguemos. Yo seré tu esposa. Pero no seré tu mujer. No te voy a amar. Y mucho menos te voy a obedecer. Que te quede claro, Vannicelli: Puedes tener mi apellido, pero no tendrás mi alma.
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