ALESSANDRO La llevé hasta la puerta de la suite, mi mano aferrada con suavidad a la suya, como si al soltarla… algo en mí también se soltara. Elena iba en silencio, pero su mirada lo decía todo. Estaba sorprendida de que no tomáramos el camino a la mansión. De que esta vez, no la encerrara en mi mundo, en mi jaula dorada. Cuando nos detuvimos frente a la puerta, se giró hacia mí, frunciendo el ceño con esa expresión que le sale natural. Una mezcla entre curiosidad, desconfianza y… una pizca de ternura. —¿Un hotel? —preguntó con esa voz que me pone las putas rodillas débiles—. ¿No vamos a la mansión? Sonreí, inclinándome apenas para alcanzar la tarjeta y deslizarla en la cerradura sin responder aún. Cuando la puerta se abrió con ese clic suave, le tendí el paso. —Buenas noches, Elena

