El salón silbaba con tensión. Christian se plantó frente a la multitud, su presencia imponente detuvo los murmullos de inmediato. Me mantuvo a su lado, tan cerca que casi podía sentir el calor de su cuerpo.
—No hay peligro inmediato —su voz cortó el aire como acero—. Los intrusos se fueron. Nuestro perímetro está asegurado. Investigaremos qué eran y qué querían, pero sus intenciones no tienen conexión alguna con Lina.
Pronunció mi nombre mirándome directo a los ojos. Una advertencia velada.
Un lobo con barba de tres días y botas gastadas levantó la mano.
—¿Por qué hay una humana aquí? —su tono destilaba desafío—. ¿De verdad traes a alguien externo a la manada? ¿A una humana?
Christian giró lentamente hacia él, y por un segundo, el aire pareció detenerse.
—Ella no es humana —respondió con una quietud glacial.
El impacto fue inmediato. Todos contuvieron el aliento. Los ojos se abrieron como platos. Yo podía sentir cómo cada lobo en la sala recalculaba, reexaminaba, dudaba de lo que creían saber.
Tatiana se lanzó como un depredador herido.
—Claro que es una intrusa —escupió, apuntándome con el dedo—. No pertenece aquí. Mira cómo nos observa, como si evaluara nuestras debilidades.
Sus inseparables amigas, Neera y Selene, se posicionaron a su lado como si fuera una alianza de guerra.
—No podemos sentir su esencia de loba —insistió Neera con certeza envenenada—. Sin olor. Sin marca. Imposible que sea de los nuestros.
—Tiene que irse —añadió Selene—. Antes de que esto se salga de control.
Mi corazón se aceleró. Christian dio un paso al frente, interponiéndose entre yo y todas esas miradas hambrientas de confirmación.
—¿Alguien más tiene dudas sobre lo que acabo de decir? —su voz sonó como el chasquido de un látigo.
Uno de los lobos de mayor rango, un general del equipo de seguridad con cicatrices que hablaban de siglos de batalla, levantó la cabeza.
—Yo la siento —su tono fue definitivo—. Su esencia es... diferente. Antigua. Pero no es la de una humana. De eso estoy seguro.
La confusión se propagó como un virus invisible.
Luego, ella levantó la mano.
La loba madre. La más vieja, la más poderosa. Sus ojos, testigos de un siglo de historias, se clavaron en mí. Cuando habló, todos escucharon como si fuera un mandato divino.
—La verdad es complicada —su voz resonó como trueno distante—. Lina ha vivido entre nosotros sin romper pacto alguno. Ha cuidado el secreto bien. Pero ahora, en este momento, debe revelar lo que se ha ocultado.
Christian se giró hacia mí. Su mandíbula se tensó.
—¿Qué verdad? —preguntó, pero no era una pregunta. Era una advertencia. Una amenaza.
Yo respiré profundo. Aquí estaba. El momento en el que todo cambiaría.
—Mi verdad —comencé, y mi voz sonó más firme de lo que sentía—. Lo que he escondido no porque quisiera mentirte, sino porque mi vida depende de ello.
Tatiana soltó una risa venenosa.
—¿Lo ves? ¡Es exactamente lo que dije!
Christian alzó la mano sin mirarla, y el silencio fue aplastante. Sus ojos ardían, fijos en los míos.
—Continúa —su tono era peligroso, sexy incluso en su furia. Ese contraste entre rabia y deseo que lo hacía irresistible incluso en los momentos más oscuros.
Sentí la presión de todas las miradas, pero solo podía ver la suya. Solo la suya importaba.
—No soy completamente loba —admití, y las palabras salieron como veneno destilado—. Mi linaje es... mixto. Hay algo en mi sangre que la mayoría de ustedes no reconoce porque hemos aprendido a ocultarnos. Porque si lo revelábamos, seríamos cazadas. Eliminadas.
—¿Qué eres entonces? —preguntó alguien del fondo.
Christian me tomó de la muñeca, no agresivamente, sino con posesión. Como si ese gesto fuera una reclamación.
—Es mía —declaró, su voz vibrando a través de toda la sala—. Eso es lo único que necesitan saber.
Un silencio eléctrico se instaló. Tatiana palideció.
—Christian, no puedes estar hablando en serio...
—He tomado mi decisión —interrumpió, y volvió a mirarme. Esos ojos de acero quemaban con algo que iba más allá de la posesión. Había promesa ahí. Protección. Y algo más oscuro, más intenso.
—Tu verdad no cambia lo que siento —susurró solo para mí, aunque todos pudieron escuchar—. Tu origen no me importa. Quien importa es quién eres tú.
Mi pulso se aceleró. La forma en que lo dijo, la intensidad en su voz, la manera en que su agarre en mi muñeca se volvía más cálido...
—¿Así que qué haremos entonces? —pregunté, retadora, mirándolo fijo.
La sonrisa que se dibujó en su rostro fue letal.
—Ahora, demostraremos quién manda en esta manada.