PUERTA DE JADE

844 Palabras
La puerta de jade se cerró detrás de nosotros con un susurro sedoso, y de repente estaba adentro. Una cocina enorme. Laboriosa. Viva. El aire chisporroteaba con calor, con el aroma de hierbas y especias que me golpeó como una ola. Gente se movía en sintonía perfecta—hombres y mujeres con esa gracia de quienes saben exactamente dónde pertenecen. Por primera vez desde que había entrado en este mundo, pensé: tal vez aquí hay un lugar para mí. La Madre de la casa apareció desde las sombras del fondo. Era mayor, con esos ojos que habían visto siglos pasar. No imponía—invitaba. Su mirada me atravesó sin prisa, evaluándome, y luego se posó en mí con una calidez que me hizo respirar profundo. —Bienvenida —su voz fue como un bálsamo—. Christian quiere que vean que confía en su elección. Mientras él regresa, ayudarás a las jóvenes. Asentí, incapaz de hablar. Una loba me guió hacia un grupo de cuatro chicas que pelaban verduras. Sus miradas no eran hostiles, pero sí desconfiadas. Cada ojo era una pregunta sin respuesta. —Yo soy Mara —dijo la de rasgos afilados, con ese tono que llevaba autoridad natural—. Ellas son Kira, Jonas y Sela. Somos un equipo. Si necesitas algo, estamos aquí. Me acomodé en el banco de madera junto a ellas, intentando calmarme. La cocina pulsaba alrededor nuestro—cálida, viva, segura. Hasta que no lo fue. Lucil irrumpió en mi campo visual como una chispa de fuego puro. Extrovertida, curiosa, con una sonrisa peligrosa. —No todos entienden por qué una humana camina entre nosotros —dijo, acercándose como si todo fuera un juego que pudiera dominar. Mis mejillas ardieron—. Pero podemos enseñarte lo que significa ser de esta manada: lealtad, protección... y un líder que no cede. Asentí sin saber qué decir. Fue entonces cuando noté el silencio que se cortaba en el aire. Tres mujeres se levantaban desde una esquina oscura. Una de ellas, Tatiana, caminaba al frente como si el suelo fuera suyo. Sus compañeras flanqueaban sus movimientos con precisión. No era un ataque—era una especie de ritual. Jerarquía. Una lección sin palabras. —¿Una humana entre nosotras? —Tatiana sonrió, pero sus ojos eran hielo puro—. Qué... interesante. El aire se tensó. Lucil me lanzó una mirada tranquilizadora, pero incluso ella sentía esto. —No te preocupes, Lina —exclamó Lucil con desafío en la voz—. Aquí todos aprendemos a bailar entre cuchillos. Las tres mujeres se acercaron un paso más. No para atacar. Para dominar. —Que no te pierda el miedo, humana —susurró Tatiana con frialdad calculada—. Aquí la debilidad es veneno. Una de las madres se puso de pie. Su voz resonó como un trueno: —Basta. Christian la trajo aquí. Y aunque no les guste, nadie contradice sus órdenes. Tatiana supo que había perdido. Se dio media vuelta, y sus acompañantes siguieron sus pasos furiosos cortando la calidez de la cocina. El ambiente cambió al instante. Mara asintió levemente, y sus amigas me ofrecieron una sonrisa contenida—una apertura pequeña pero real. Lucil se acercó de nuevo y me susurró: —No todos están contentos con tu llegada, pero las madres están de tu lado y eso significa algo aquí. Fue entonces cuando el silencio se quebró. Un lobo de seguridad apareció en el umbral. Alto. Peligroso. Sus ojos barrieron la sala y su presencia dejó un rastro de tensión absoluta. Se acercó a las madres, intercambió palabras rápidas, y luego se giró hacia todos nosotros. —Christian solicita la presencia de todos en la sala de reuniones. Anuncio importante. Sin demora. Las palabras cayeron como una bomba. El murmullo creció—emoción, nerviosismo, miedo. Lucil apretó mi mano con fuerza y me habló al oído: —No tienes de qué preocuparte, Lina. Christian solo quiere explicarles por qué estás aquí. Será más fácil después de esto. Caminamos juntas por los pasillos de piedra. La sala de reuniones brillaba con luces cálidas, pero el pulso de la multitud que se aglomeraba era casi violento. Christian estaba de pie al frente. Rodeado de madres, de su seguridad, de los jóvenes de alto rango. Y su mirada—esa mirada seria, protectora—me encontró en la puerta. Sin perder la compostura, habló. El salón quedó en silencio absoluto. —Hemos detectado presencias intrusas en nuestro territorio. La primera vez en más de mil años. El grito ahogado de la multitud fue unánime. —¿Ella las trajo, verdad? —Tatiana se levantó, señalándome con veneno en la voz—. ¡Ella las trajo! Christian no respondió. Solo me miró. Y ese silencio fue peor que cualquier grito. Sentí cómo todas las miradas se giraban hacia mí. Rabia. Furia. Culpándome. La presión en mi pecho se hizo insoportable, y de repente comprendí: estaba sola en una habitación llena de depredadores que creían que les había traído la muerte. ¿Qué iba a hacer ahora?
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