El beso estaba a milímetros de suceder. Lo sentía en el aire, en la respiración de Christian, en la forma en que su mano se había deslizado hasta mi nuca. Ese momento era nuestro. Era perfecto.
Entonces vino el sonido—un silbido agudo que cortó la noche como un cuchillo.
Christian se tensó contra mí. Sus labios se alejaron de los míos con deliberada lentitud, como si arrancarse de ese momento le costara cada fibra de su cuerpo. Sus ojos, que hacía segundos ardían solo para mí, se endurecieron. Se enfocaron en la oscuridad con la precisión de un depredador.
—Maldita sea —murmuró.
—¡Jefe! —la voz de un hombre tronó desde las sombras. Uno de sus generales. Su tono militar hizo que todo en mí se congelara.
Christian me soltó de repente, y el frío de la noche se apoderó de los espacios que su cuerpo había dejado tibios. Se dio la vuelta, su espalda musculosa se volvió hacia mí, era una barrera clara entre su mundo y el mío.
El general emergió de entre los árboles, su uniforme oscuro casi invisible contra la noche. Su expresión era grave.
—Hemos detectado intrusos. Seres no identificados han cruzado el perímetro. Múltiples focos de actividad.
Christian apretó la mandíbula. Yo reconocí ese gesto—era lo que los alfas hacían cuando estaba a punto de convertirse en algo que no era completamente humano.
—¿Cuántos?
—Aún no lo sabemos. Está ocurriendo en varios puntos simultáneamente.
La mirada de Christian volvió a mí por un segundo. En sus ojos había ferocidad, sí, pero algo más. Preocupación. Eso fue lo que realmente me asustó.
—¿Qué está pasando? —pregunté, mi voz intentó traicionarme, temblando.
—Nada que puedas entender ahora —respondió Christian, pero su tono no fue cruel. Fue protector. Peligroso. —Vendrás conmigo. Ahora.
No fue una pregunta.
Caminamos rápido a través del bosque nocturno, Christian a la delantera, radiando una autoridad que hacía que incluso la naturaleza se apartara de su camino. El general iba a mi lado, vigilante. Yo los seguía, mi corazón se mantenía acelerado, mi mente preguntándose si la figura que había visto antes, esa sombra familiar, estaba detrás de todo esto.
La entrada subterránea se reveló como un secreto ancestral. Guardianes monumentales flanqueaban la puerta de piedra. Cuando Christian les hizo una inclinación de cabeza, la entrada se abrió con un rugido sordo que resonó en mis entrañas.
Descendimos.
El territorio subterráneo era exactamente lo que no quería ver. Pasajes labrados en la roca, antorchas que parpadeaban, el aire primitivo y denso. Una ciudad entera, viva, pulsante con poder sobrenatural. Personas—no, seres—me observaban con una curiosidad que rayaba en el hambre.
Un humano no debía estar aquí. Yo no debía estar aquí.
Christian me dejó con un grupo de mujeres en una cámara. Sus órdenes fueron simples, frías:
—Cuídenla. Si intenta escapar o contar lo que vea, será peligroso. Para ella.
La amenaza quedó suspendida en el aire mientras él se marchaba.
Las mujeres que me rodeaban eran de dos tipos. Las mayores, con ese aura de haber sobrevivido milenios, me miraron con una especie de resignada compasión. Las jóvenes, dos bellísimas criaturas con ojos luminosos y sonrisas depredadoras, apenas contuvieron sus risitas.
—¿Una humana? —susurró la de cabello n***o a su compañera rubia. Su voz era miel y veneno. —¿Creen que Tatiana la desollará o la incinerará?
La rubia rió, un sonido musical que me heló la sangre.
—Las dos opciones suenen divertidas.
Yo no respondí. No podía. El pánico me apretaba la garganta.
Una de las mayores, una mujer con acento eslavo y cicatrices que contaban historias de guerras antiguas, se acercó a mí.
—Tú has sido marcada por el Alfa —dijo, no como pregunta. —Es rareza. Es peligro.
—¿Qué significa eso? —logré preguntar.
—Significa que perteneces a Christian. Que su sangre te protege y te condena simultáneamente. —Sus ojos grises se clavaron en los míos. —Significa que la manada decidirá si mañana estarás viva.
Las dos jóvenes rieron de nuevo.
Yo respiré profundo y traté de no pensar en que hace apenas minutos estaba siendo besada por un hombre que acababa de dejarme con depredadores sedientos de sangre. Traté de no pensar en que ese beso había sido más real que cualquier cosa en mi vida, y que ahora podría ser mi último recuerdo como ser vivo.
El silencio de la caverna zumbaba alrededor de mí, expectante. Amenazante.
Y en algún lugar arriba, en la noche, Christian estaría enfrentándose a lo que sea que había llegado.
Sin mí.