Tengo la respiración acelerada, las manos temblando. No es la verdad la que me quema en el pecho. Nunca fue la verdad. Es la traición. Es haber visto los labios de Christian sobre los de Tatiana hace apenas minutos, con la misma intensidad que usó conmigo.
Mía, había susurrado contra mi cuello en la cámara secreta.
Pero ella también es suya. O lo fue. Dios, no sé qué es peor.
No soporto la ansiedad así que decido salir de mi cuarto y camino por el pasillo. Realmente deambulo sin encontrar dirección. Mi mente no funciona. Camino automáticamente, un pie delante del otro, porque si me detengo voy a gritar y no hay bastante oscuridad en estos pasillos para ahogar ese grito. El relicario en mi cuello pesa como una cadena. Como la prueba de mi estupidez.
Voces me llaman desde la sala de Jade. Voces que discuten, juzgan, especulan sobre qué pasó en esa cámara con Christian. Ya lo saben. De alguna forma, la manada ya sabe que me besó. Que me llevó al fuego. Que pasé por algo que supuestamente probará si merezco estar aquí.
Pero ¿qué significa merecimiento cuando soy solo otra pieza en su tablero de ajedrez?
Llego a las puertas de la sala de Jade y me detengo. Aquí es donde termina todo. Aquí es donde la Madre de la manada aparece como si llevara horas esperándome. Sus ojos ámbar son insondables, cargados de siglos de secretos que no puedo descifrar.
—¿Lina? —Su voz es tranquila, pero sus palabras son un cuchillo—. Si cruzas ese umbral, hazlo sabiendo la verdad completa.
—¿Cuál verdad? —pregunto, y no puedo ocultar el veneno que emana de mí—. ¿La de que Christian juega conmigo? ¿La de que soy solo una pieza más en su maldito juego de poder?
La Madre me observa con una paciencia que me enfurece. Luego camina hacia mí, sus manos toman las mías, y el contacto es tan cálido que casi me quiebra.
—No. —sus dedos se cierran alrededor de los míos—. La verdad de que el fuego que estás a punto de enfrentar no es para probar tu lealtad a la manada. Es para descubrir si eres capaz de elegir el poder sin destruirte a ti misma. Si puedes ser más que tu rabia.
Me detengo. Sus palabras se clavan en algún lugar profundo que no sabía que estaba abierto.
—¿Y si fallo? —pregunto.
Ella sonríe, y en esa sonrisa hay compasión de alguien que ha sobrevivido dinastías enteras.
—Entonces sabrás exactamente lo que eres capaz de hacer. Y eso, pequeña, siempre es mejor que vivir en la incertidumbre.
Entro a la sala de Jade.
Todos me miran. El consejo con sus expresiones inescrutables. Los guerreros atentos a cada movimiento. Lucil con esa mirada que grita te lo advertí. Y ahí está Tatiana, desde su rincón con los labios aún brillantes de rojo, los ojos ardiendo de una venganza tan clara que casi me golpea.
Mi voz no tiembla cuando hablo.
—Estoy lista para la prueba —digo, y sorprendo incluso a la Madre cuando continúo—. Pero tengo términos.
Un consejero ríe, pero es una risa sin humor.
—¿Términos? ¿Tú? ¿Una... extraña?
Levanto la barbilla. Siento al lobo dentro de mí despertarse a medias, lista para luchar.
—Quiero una alianza de protección mutua. No simplemente yo sirviendo a Christian. Quiero que si alguno de ustedes abusa del poder, hay una salida para mí. Un límite claro. Una puerta de escape. —miro directo a Tatiana cuando digo esto—. Porque no voy a ser un juguete. No voy a ser descartada cuando pierda la novedad.
El silencio es ensordecedor.
La Madre observa al consejo. Algunos asienten lentamente, reconociendo algo en mis palabras que quizá respetan. Otros permanecen inmóviles como estatuas de hielo. Tatiana está blanca, pero sus manos se aprietan en puños.
—Aceptado —dice la Madre finalmente—. Es hora, Lina.
Una líder del consejo se aproxima. Sus ojos son como pozos de oscuridad antigua. Sin una palabra, señala una puerta lateral que brilla con energía extraña, como si palpitara con algo que no es humano.
Las paredes parecen respirar mientras avanzo. El aire cambia completamente. Huele a humo antiguo, a electricidad estática, a poder en su forma más pura. Es intoxicante. Es aterrador.
Al final del pasillo, una figura espera. Fornida, alta, con ojos que no son completamente humanos. Tiene marcas en su piel que hablan de batallas olvidadas hace siglos.
—Estoy lista —digo, y esta vez lo digo en serio. Mi voz no es la de una niña asustada. Es la de una loba.
La figura asiente lentamente, y abre una puerta hacia una cámara que brilla.
Pero no es fuego común. Es fuego vivo. Fuego que respira. Fuego que quiere.
—La primera prueba es de claridad mental —explica la figura—. Debes atravesar el fuego sin permitir que el miedo controle tu cuerpo. Sin permitir que ningún deseo te desvíe de lo que eres realmente.
Miro las llamas pulsantes.
Pienso en Christian. En sus manos. En su boca sobre la de Tatiana.
Pienso en lo que estoy a punto de hacer por alguien que puede no merecerlo.
Y luego, pienso en lo que dijo la Madre: que finalmente entiendes que el fuego que arde no es solo destrucción. Puede ser transformación.
—¿Hay algo más que debería saber? —pregunto, mirando el fuego.
La figura se inclina, sus labios rozan mi oído.
—Que lo que vienes a buscar no siempre es lo que necesitas. Y a veces, lo que necesitas es algo completamente diferente a lo que crees que quieres.
Luego me empuja hacia el fuego.
Y mientras caigo hacia las llamas, dudo en si he hecho lo correcto.