El umbral respira conmigo.
No es metáfora. La piedra antigua parece palpitar, sincronizada con mi corazón acelerado, como si la misma cueva reconociera lo que estoy a punto de hacer. Avanzo paso a paso, cada movimiento que doy es cuidadoso, porque sé que un error aquí no es una lección.
Es el final.
Protección. Sacrificio. Verdad.
Los tres pilares de la manada están grabados en cada pared del corredor, símbolos que brillan débilmente en la penumbra. El aire es espeso, cargado de magia antigua que me sofoca incluso cuando respiro profundo. El relicario en mi cuello pesa como una cadena, un recordatorio de lo que Christian exigió de mí: confianza absoluta. Lealtad sin reservas.
Mi loba despierta dentro de mí, inquieta, como si supiera que esto no es una prueba ordinaria.
Avanzo. El corredor se estrecha.
La roca roza mis hombros, presionando, testando. No hay espacio para la velocidad aquí. Solo precisión. Espalda recta. Respiración controlada. Los pies encuentran cada g****a, cada hundimiento en la piedra, como si mis botas tuvieran memoria de otras lobas que caminaron antes.
¿Cuántas han pasado? ¿Cuántas han fracasado?
A mitad del pasaje, una sección cede bajo mi peso. Por un segundo, el equilibrio desaparece. Mis manos golpean la pared helada. No puedo temer al desequilibrio, no aquí. Con una exhalación controlada, me recompongo—mi cuerpo, mi mente, mi lobo.
Avanzo.
El aire cambia. Huele a humo antiguo. A fuego que no debería existir bajo tierra.
La cueva abre en una cámara circular. Y en el centro, una vela.
Solo una. Diminuta. Una llama tiembla en un círculo de ceniza blanca como hueso.
—Sostenla —dice una voz desde las sombras. Un guardián. Uno de los testigos—. Sin permitir que se apague. Sin permitir que caigas. Si fallas, todo termina aquí.
La llama tiembla cuando la levanto. Mi pulso se dispara. Dios, acabo de empezar y ya siento el peso del fracaso presionando mi pecho.
¿Y si no puedo? ¿Y si esto es demasiado?
Un giro repentino en la cámara me fuerza a seguir adelante. El pasaje continúa, pero ahora es diferente. Las paredes se cierran como una trampa. El aire se vuelve rancio. La vela va cediendo, la llama es cada vez más débil, como si la propia cueva quisiera apagarla.
Cierro los ojos. Me dejo guiar por el tacto, por el instinto, por la conexión que el relicario crea entre mi loba y este lugar antiguo.
Cuando los abro, la vela casi se ha apagado.
—No —susurro, fieramente—. No hoy.
La cueva responde. Las paredes brillan levemente, como si reconocieran mi determinación. La llama se estabiliza. Apenas. Pero suficiente.
Avanzo hacia un conducto lateral que apenas me permite pasar. Me coloco de espaldas, deslizo mi cuerpo milímetro a milímetro. La roca me roza la piel, rasga la tela de mi ropa. No importa. La vela no debe apagarse. Eso es lo único que importa.
Dentro del canal, algo cambia.
El aire se vuelve más denso. Casi sólido. Como si alguien lo estuviera presionando desde las alturas. La llama parpadea. Una. Dos veces. Mi respiración se quiebra.
—Pequeña.
La voz atraviesa la piedra. Es Christian. Está aquí, observando desde algún lugar que no puedo ver.
—¿Sigues ahí?
—Siempre —murmuro, aunque no creo que pueda escucharme.
El conducto se estrecha más. Ahora mis costillas se rasguñan contra la roca. La luz de la vela apenas ilumina lo que viene después, pero sé que hay algo. Sé que esto no ha terminado.
—La prueba no es solo física —resonó su voz de nuevo, más cerca ahora—. Es mental. Es espiritual. Es saber que incluso cuando todo falla, tú no fallarás.
La vela se inclina peligrosamente.
Mi corazón casi se detiene.
No. No. No.
Grito. Un sonido que es mitad humano, mitad loba. La cámara entera se estremece con mi grito, y por un momento—solo un momento—la vela se estabiliza. La llama brilla más fuerte.
Estoy ardiendo por dentro. Cada célula me grita que quiero parar, que quiero rendirme, que esto es demasiado. Pero mi loba tiene otros planes. Se retuerce dentro de mí, hambrienta, furiosa, determinada.
Avanzo. Centímetro a centímetro.
Entonces, un temblor mayor.
La vela cae de mis manos.
No, no, no, NO.
Extiendo los dedos, atrapándola en el aire antes de que golpee el suelo. El fuego me quema la palma, pero no la suelto. No puedo soltarla. La llama se mantiene, apenas, temblorosa como una última respiración.
—Eres más fuerte de lo que parecías —dice Christian, emergiendo de la penumbra.
Lleva solo pantalones de cuero. Su pecho está desnudo, brillando de sudor en la tenue luz. Sus ojos son puro ámbar, observándome con esa intensidad que me hace querer romperme.
—¿Cómo llegaste hasta aquí? —pregunto, jadeando, aún sosteniendo la vela.
—La prueba nunca fue solo el fuego, pequeña loba. —se acerca lentamente, como un depredador—. Siempre fui parte de ella. Siempre estaré aquí.
Sus manos encuentran mis mejillas. Cálidas. Posesivas.
—Ahora vamos a descubrir qué tan dispuesta estás a arder por mí.
Su boca encuentra la mía, y es como si el fuego de la vela se trasladara a mis labios. Su beso es feroz, devorador, absolutamente controlador. Tomo aire como puedo. Mis manos—la que sostiene la vela está ardiendo, la otra temblando—se aferran a su nuca.
La cámara desaparece. Todo desaparece.
Solo existe su boca. Su cuerpo presionando el mío contra la roca fría. El contraste me quiebra.
—Pasa la prueba, Lina —susurra contra mi cuello—. Pasa y serás mía. Completamente. Sin dudas. Sin secretos. Solo nosotros.
—¿Y si fallo?
Sus labios encuentran mi mandíbula.
—Entonces descubriremos juntos lo que sucede cuando un fuego tan intenso no tiene forma de escapar.
La vela sigue en mis manos. Aún brilla. Aún respira.
Christian me levanta sin esfuerzo. Mis piernas se envuelven alrededor suyo. La cámara comienza a girar, o quizá sea yo girando. No hay diferencia ya.
—¿Confías en mí? —pregunta, aunque ambos sabemos la respuesta.
—Tanto que duele.
Y entonces, la vela se apaga dejándome en la absoluta oscuridad...