Las mañanas en casa habían cambiado. No de manera brusca. No con grandes gestos que cualquiera pudiera señalar como una transformación evidente. Más bien con pequeñas modificaciones que, sumadas, creaban una sensación distinta en el aire. Adrián se levantaba antes que ella ahora. Cuando Valeria salió del dormitorio aquella mañana, aún con el cabello húmedo de la ducha y la bata ajustada al cuerpo, lo encontró en la cocina preparando café. La luz suave del amanecer entraba por la ventana y dibujaba sombras largas sobre la encimera. Durante un segundo lo observó sin que él la viera. Adrián siempre había sido un hombre práctico. Su forma de amar nunca había estado llena de gestos cotidianos como aquel. Pero últimamente… sí. —Buenos días —dijo él al girarse. Su sonrisa fue inmediata.

