Capítulo 2

1053 Palabras
Aún sentada frente a mi mesa de dibujo, puedo recordar aquellos años de universidad. Desde las videollamadas eternas en las que ambos nos quedábamos dormidos mirando el móvil, hasta las veces que estuve allí, con él. Su mirada hacia mí fue cambiando lentamente. No es que no me diera cuenta de lo que estaba ocurriendo; es que no quise hacerlo. Esos primeros años fueron duros para ambos. Él allí, en la universidad, y yo aún en el instituto. A veces me llamaba por videollamada a horas inapropiadas, solo para asegurarse de que estaba en casa y no con alguien más. Sentía la mirada de mi madre. No decía nada, porque sabía lo que yo sentía por Adrián, pero también veía que aquello no nos hacía bien. Las vacaciones eran nuestro respiro. Allí él volvía a parecer feliz. Sé que lo estaba. Yo también. Los tres juntos otra vez, como antes. Las despedidas siempre fueron dolorosas, no solo para mí, sino para toda la familia. Así pasaron los dos años hasta que llegó mi turno de ir a la universidad. Podía haber elegido otra con una nota más baja, pero me quemé las pestañas para poder estar cerca de él. Pensé que eso era lo que realmente quería. Tomás me decía que sí, que Adrián siempre me había visto de una forma especial, que no pensara cosas que no eran. Pero yo lo notaba más frío, y eso me dolía. Me convencí de que era el cambio de circunstancias: los estudios, la novia, la falta de tiempo para todo. Mi madre me dijo que, ya que había elegido ese camino, debía sacarle el mayor provecho posible y dejar de pensar tanto en romances. La verdad es que hice un buen grupo de amigas. Laura, mi compañera de habitación, y su hermana Paola, me salvaron muchos días cuando Adrián se volvió distante. Él decía que alguien le había dicho que, si quería un futuro conmigo, debía centrarse en sus estudios. No te diré que no me odié más de una noche por mis propias palabras, pero eran ciertas. Fueron los cinco años más duros de mi vida. Pero llegaron a su fin. Y el día de mi graduación, como si se repitiera una escena ya vivida, Adrián —mi Adrián— me pidió matrimonio. Mi madre no estaba del todo complacida, pero no dijo nada. Mi padre y mi hermano, en cambio, nos abrazaron a ambos. ¿Cómo olvidar ese momento, si lo veo cada mañana al llegar a mi oficina? Nuestros padres, Tomás, Adrián de rodillas y yo. Laura tomó la foto mientras él me pedía que fuera su esposa. La boda fue un año después. Sencilla. Recién empezábamos en el sector y las cosas no eran fáciles. Adrián era un hombre con un futuro prometedor. Joven, ambicioso, comenzó a escalar rápidamente dentro de la empresa. Laura me propuso abrir un estudio juntas: yo me encargaría del diseño de interiores y ella de las reformas. Acepté. La madurez fue llegando sin pedir permiso, y con ella, la distancia. Nos veíamos poco. No diré que nuestra vida era mala, porque al final habíamos luchado por eso, cada uno a su manera. Pero la rutina era tal que, por momentos, parecíamos dos colegas compartiendo piso. Un día fui a casa de mi madre y me senté con ella. —Mamá, sé que esto que voy a contarte me lo has dicho muchas veces, pero siento que Adrián y yo nos estamos distanciando. Ya no somos los mismos. —Valeria —me dijo, ofreciéndome una taza de café—, ya hemos hablado de esto. No estaba de acuerdo en que empezarais tan jóvenes. No es que no quiera a Adrián, tú lo sabes, pero sois muy distintos. Te mereces a alguien que te vea. Y si él no te ve, es mejor dejarlo ahora, antes de que tengáis hijos. —¿Crees que me perdonará si le digo que quiero terminar la relación? —Importa lo que él sienta, sí. Pero también lo que sientas tú. ¿Te quedarás con él solo para no hacerle daño? No es justo para ninguno de los dos. Os quitáis la posibilidad de conocer a alguien que os mire de verdad. Salí de casa decidida a poner fin a esa farsa que yo llamaba relación. O eso creía. Lo que no esperaba fue lo que encontré al llegar a nuestro humilde piso. Una mesa preparada para dos, velas encendidas y rosas rojas, como las que él sabía que me gustaban. Al menos de eso se acordaba. Con el delantal aún puesto, la escena me pareció romántica y hogareña a la vez. ¿Cómo iba a decirle a ese hombre que no me sentía bien? Sonreí, me senté. Él sirvió los platos sin dejarme ayudar. Mi comida favorita. Sentí un nudo en la garganta. —Valeria, siento haberte dejado sola todos estos meses. Sé que no he sido el hombre que merecías. Esta es mi forma de pedirte perdón. Las lágrimas comenzaron a caer. Me sentía la villana de la historia. —Una vez me pediste que pensara en nuestro futuro —continuó—, y eso es lo que he hecho desde aquella promesa frente a tu casa. Me han ascendido a CEO. Es hora de fijar fecha para nuestra boda. Es nuestro momento, amor. Y así, guardándome cada parte de mí, hice lo que mejor sabía hacer: dejarme llevar. Seis meses después, estábamos casados. En Navidad dimos la noticia a las familias. Todos sonreían, menos mi madre. Me felicitó, pero me miró como si me preguntara qué había pasado con todo lo que habíamos hablado. Hizo un esfuerzo sobrehumano por no gritar que aquello estaba mal. Ella sabía que yo lo amaba, aunque fuera así: seco, frío y distante. Lo peor llegó después de la boda. Mi noche nupcial fue caótica. Pensé que, al menos, tendría algo de la magia de aquella cena. Pero me equivoqué. —¿Te importa si me voy con los chicos un rato? —me preguntó, con ojos suplicantes. Le dije que sí. Me llenó de besos y se fue con Tomás a seguir la fiesta. Si quería saber cómo sería mi matrimonio, debí haberlo entendido en ese instante. No lloré. Solo me arrepentí de no haber hecho lo que había pensado aquella noche.
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