—¡Entonces en menos de quince minutos estoy afuera! —chilla, igualando mi tono vocal. Suspiro con complacencia y recargándome en la silla de espaldas al tocador agarro mi teléfono, enciendo la pantalla de inicio y me sumerjo en el mundo de las r************* . Nunca fue de mi preferencia ese tipo de vínculo cibernético, pero hace cuestión de un par de semanas atrás y, gracias al ímpetu de Reggins, f*******: e i********: ahora forman parte de mi distracción diaria. —A ver, a ver —me digo al ingresar mi dirección de e-mail para iniciar la sesión—, qué es lo que tenemos por aquí —murmuro al tiempo que ojeo las notificaciones, encontrando únicamente solicitudes de juegos, y eventos. Salgo de la lista extensa de sugerencias, y mi dedo índice se dirige al pequeño ícono de lupa ubicado en

