La cabeza me da vueltas apenas abro los ojos. Es como si un bloque de concreto me hubiese caído encima comprimiéndome hasta las ideas. Me froto los párpados y despabilándome lentamente observo a mi alrededor. Estoy en mi dormitorio, con Ámbar acostada a mi lado. Los rayos del sol llenan el cuarto con su resplandor; resplandor que únicamente aumentan mi malestar y malhumor. Me remuevo en la cama y quitándome las sábanas de encima consigo sentarme para así cumplir con la primer labor del día: llevar ambas manos a mis sienes, presionarlas y rogar porque la jaqueca se calme. ¡Dios, menuda resaca! —¡Uf! —resoplo en un bajo alarido, mientras mi amiga se da la vuelta y me enseña su espalda—. A joderse, Charlotte —me sermoneo cuándo dificultuosamente logro poner un pie en el piso. La sed

