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CENIZAS DEL TRONO ROTO

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Descripción

En un reino donde la magia fue desterrada y los dioses callaron, Kael Dren, antiguo capitán de la guardia real, carga con un juramento imposible: rescatar a su reina, Elyra, encadenada en la Torre de los Ecos tras una traición que quebró al mundo.

Durante años, Kael sobrevivió como sombra y leyenda, temido por los reinos que una vez juró proteger. Pero cuando las antiguas cadenas comienzan a romperse, la frontera entre el pasado y la redención se vuelve mortal. A su lado, Nira, una joven marcada por el poder prohibido, le recuerda que incluso los condenados pueden volver a sentir.

Mientras las ruinas del viejo Therya despiertan y los ecos de los dioses caídos emergen de la oscuridad, Kael deberá decidir qué pesa más: su amor, su fe o su propia alma.

Porque cada promesa tiene un precio.

Y la suya fue escrita con sangre y ceniza.

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Capítulo 1 – El Hombre Que Volvió del Fuego
Kael Dren olía a humo y a pecado.La taberna se quedó en silencio apenas cruzó el umbral, como si el fuego que alguna vez devoró ciudades caminara con él. Su capa, ennegrecida por la ceniza, arrastraba recuerdos que nadie quería volver a vivir.—No aceptamos espectros aquí —gruñó el tabernero sin levantar la vista.Kael dejó caer una moneda sobre la barra. Era de obsidiana: un pago que ningún hombre cuerdo aceptaría.—No soy un espectro —dijo—. Aún no.En su mirada ardía un propósito. No venganza, no justicia. Algo peor: esperanza.Porque su reina seguía viva.Y él pensaba quemar el mundo para devolvérsela.Un murmullo corrió entre los parroquianos como una ráfaga de viento frío. Algunos lo miraban con temor, otros con odio mal disimulado. Todos sabían su nombre, aunque ninguno se atrevía a pronunciarlo. El Incendiario de Therya, decían. El traidor del Asedio Carmesí. El perro de la Reina Maldita.Kael se sentó en una mesa junto al fuego. El calor no lo incomodaba. Al contrario, parecía reconfortarlo, como si las llamas fueran viejas amigas.Una niña, no más de diez inviernos, se le acercó sin miedo. Le ofreció un cuenco de agua.—¿Estás triste, señor? —preguntó con la voz temblorosa pero firme.Kael bajó la mirada. Sus ojos, de un gris casi blanco, eran como cenizas tras una tormenta.—Estoy ardiendo por dentro —respondió.La niña lo observó en silencio, y luego se alejó sin decir más. Había visto algo que los adultos habían olvidado: no todos los monstruos desean serlo.El tabernero se le acercó, arrastrando los pies.—¿Qué buscas aquí, Dren? Nadie sobrevive a la Costa Quebrada… y tú llevas tres años muerto.Kael sacó de su cinturón un pergamino sellado con lacre n***o. Lo arrojó sobre la mesa.—¿Reconoces este símbolo?El tabernero palideció. Era una flor de lirio invertida, rodeada por un anillo de espinas: el sello real de la Reina Elyra, desaparecida el día en que cayó la Ciudad Blanca.—Eso está prohibido… —susurró.Kael se inclinó hacia él.—Ella me llama. Está viva. Y tú vas a decirme quién vende sueños de sangre en esta ciudad.El silencio se volvió plomo. La mención de los “sueños de sangre” heló la taberna más que cualquier hechizo. Solo los muy desesperados, o los muy rotos, usaban esas visiones. Eran fragmentos de magia prohibida, capaces de mostrar lo que nadie debía ver. O lo que quedaba de los que ya no eran del todo humanos.Un hombre encapuchado se levantó del rincón más oscuro del local.—Si buscas respuestas, camina conmigoKael se puso de pie sin dudar.Antes de salir, miró atrás. A nadie en la taberna parecía quedarle coraje para levantar la vista.Solo la niña lo observaba aún, escondida tras un barril.Kael le hizo un gesto breve con la mano, casi humano.Y luego se adentró de nuevo en la oscuridad.La noche había tragado las calles de Hollowrest. Solo quedaban faroles medio fundidos y ratas tan grandes como gatos. El encapuchado caminaba rápido, sin mirar atrás. Kael lo seguía en silencio.—Tú no deberías estar vivo —dijo el encapuchado al fin—. Te vi caer con mis propios ojos en la Torre del Altar. Vi cómo te arrastraban esas criaturas...Kael no respondió. Solo se llevó una mano al pecho, donde bajo la piel tenía cicatrices en forma de marcas rúnicas. Tatuajes de quemadura, vivos aún, como si cada letra ardiera al pronunciar su nombre.—Entonces dime —continuó el encapuchado—. ¿Qué te trajo de vuelta? ¿Una promesa? ¿Una venganza?—Un juramento —respondió Kael con voz baja—. Uno que no ha muerto. Igual que ella.Giraron por un callejón estrecho, y el mundo pareció cambiar.Allí el aire olía diferente. A mirra, hierro viejo y algo más... como miel podrida. A lo lejos, el retumbar de un tambor marcaba un ritmo que ningún hombre cuerdo debería escuchar.—Llegamos —anunció el encapuchado.Delante de ellos se alzaba un edificio en ruinas, cubierto de hiedra negra. No tenía ventanas, solo una puerta de madera corroída, marcada con símbolos escritos en sangre seca.Kael alzó una ceja.—¿Quieres que entre ahí sin preguntar por qué?El encapuchado soltó una risa hueca.—Tú ya entraste al infierno, Dren. Esto es solo la antesala.Empujaron la puerta.Dentro, el espacio no correspondía con el exterior. Era vasto, casi imposible. Una sala circular iluminada por cientos de velas rojas, todas flotando en el aire, todas llorando cera que nunca tocaba el suelo.Al centro, sobre una plataforma de hueso, una mujer esperaba. Estaba cubierta con un velo n***o que se movía aunque no hubiera viento. Su voz llegó antes que su aliento:—Kael Dren… el que cruzó las brasas con los pies desnudos.Kael tensó la mandíbula.—Tú vendes sueños de sangre. Necesito uno.La mujer rio.—¿Sabes lo que cuestan?Kael sacó una pequeña bolsa y la arrojó a sus pies. Dentro, no había monedas. Solo un diente, una hebra de cabello plateado y una lágrima cristalizada.—Te daré eso... y mi alma si hace falta. Pero muéstrame dónde

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