La conversación fluye con una naturalidad inesperada. Elara escucha con atención, sus ojos clavados en los gestos de Yudith mientras esta narra pequeños retazos de su vida: el entrenamiento en la frontera sur, los días de lluvia en los campos de Azonas, las historias que su abuela le contaba sobre Elizabeth Lotche, la SuperLuna que, además de desafiar un trono entero, había convertido el palacio en un tablero de juegos amorosos. Según decía la leyenda, puso precio a las citas con ella: cada pretendiente debía ganar puntos cumpliendo retos absurdos como recitar poemas en ropa interior o ganar duelos de cocina a medianoche. Y aun así, Matías la amó.
Elara se sorprende a sí misma riendo. La risa le sale ligera, casi juvenil, como si por un instante pudiera olvidarse de todo el peso que lleva en el pecho. Hay algo reconfortante en la forma en que Yudith habla, en su claridad, en su sinceridad sin dobleces. Le recuerda a una época que no vivió, pero que siente suya. Quizá porque, en el fondo, también lo es.
El tiempo se les escapa. El sol se ha elevado por completo sobre los jardines frontales, derramando su luz sobre las flores que bailan con la brisa. Y entonces, una figura femenina aparece junto al portón que da hacia el vestíbulo: una sirvienta del palacio. Su andar es silencioso, casi etéreo, y su rostro permanece sereno mientras hace una reverencia profunda frente a Elara.
—Mi SuperLuna —dice con respeto—, todo está servido en el comedor. Varios aguardan por usted para comenzar el almuerzo.
Yudith se pone de pie enseguida. Con una elegancia natural, se inclina también, su cabello cayendo hacia adelante en una suave cascada.
—Ha sido un honor hablar con usted —dice con una sonrisa genuina—. Espero podamos continuar en otra ocasión.
Elara asiente, aún con la mente ocupada en todo lo que ha escuchado. No sabe qué la ha tocado más: si la historia de Elizabeth o la convicción con la que esta joven guerrera defiende un linaje que ella apenas empieza a recordar como suyo.
Sin decir una palabra más, Elara se gira y camina hacia el interior del palacio, dejando atrás el murmullo de las flores, el perfume del jardín… y a Yudith Valverde, que se queda de pie junto al sendero, observando cómo se aleja la SuperLuna.
Elara y la sirvienta cruzan los arcos del jardín frontal, siguiendo el sendero de piedra que bordea los rosales hasta una de las puertas laterales del palacio. Al entrar, la luz del mediodía queda atrás, reemplazada por la frescura del mármol y el aroma a pan horneado y hierbas que inunda el aire. Recorren el pasillo principal hasta el comedor; la sirvienta le abre la puerta con cortesía, invitándola a pasar. La escena que encuentra la obliga a enderezar la espalda.
El rey Aleron está sentado en el centro de la mesa larga, imponente y sereno, con la autoridad reflejada en cada gesto. A su derecha, la Madre Luna, elegante como una estatua viviente. A su izquierda, Matías y Badru con miradas que parecen medir cada paso de ella.
Una silla vacía la invita justo a un lado de la Madre Luna. Elara avanza y toma asiento. Sin perder tiempo, Aleron asiente y dice con voz firme:
—Podemos empezar.
Los cubiertos tintinean, el sonido del vino llenando copas da inicio a la comida. Mientras las primeras cucharadas de caldo son servidas, Elara se inclina un poco hacia Aleron.
—¿Y los otros dos SuperAlfas? —pregunta, recorriendo la mesa con la mirada.
—Están en el palacio del rey Caín —responde él—. Colaborando con los vampiros para establecer la estrategia de guardia. Su seguridad es prioridad.
Elara asiente, aunque algo en su interior se revuelve.
En el corazón de un palacio más sombrío y gótico, donde los muros parecen susurrar antiguas memorias y las sombras se aferran a cada rincón, Damián, uno de los hijos de Caín, reposa con aire indolente en un sillón de terciopelo n***o. Frente a él, en un sofá de cuero oscuro, Haruki y Patric mantienen la compostura. Damián alza su copa con una elegancia casi teatral; la sangre en su interior reluce con un brillo espeso bajo la luz mortecina. Haruki y Patric, aunque sostienen copas gemelas, beben vino tinto. El color engañaría a cualquiera, pero no a sus sentidos de licántropos. No es sangre, y eso, aunque sea un detalle menor, les ofrece un leve y pasajero alivio.
Haruki observa con recelo a Damián. Es pálido como la luna en invierno, el cabello n***o le cae sobre los hombros como una cortina líquida, brillando con una vitalidad inquietante. Sus ojos, rojos como rubíes sumergidos en vino, están fijos en él.
—Se nota que sabes muchas cosas de Elara —dice Haruki, girando su copa lentamente—. Demasiadas.
—¿Estás insinuando algo? —pregunta Damián sin moverse.
—No —responde Haruki—. Estoy preguntando. ¿Ella… ha conocido el amor?
Damián se lleva la copa a los labios, saborea el contenido y responde con frialdad:
—Si estás buscando saber si ha tenido encuentros sexuales, no te lo voy a responder. No me corresponde. Y no soy un chismoso.
—No es eso —se apresura Haruki—. Solo me preguntaba si ha amado… de verdad.
Damián lo observa en silencio unos segundos. Luego niega con una sonrisa ladeada, como quien sabe más de lo que dice.
—Tampoco te responderé eso. Es asunto suyo. Si quieres conocerla, haz el esfuerzo. Pregúntaselo tú. No te daré ventaja alguna.
Haruki se ríe con una mezcla de incomodidad y picardía.
—Vamos… ¿ni un tip para conquistarla? Algo que le guste, no sé... ¿flores raras, canciones con laúd?
Damián entrecierra los ojos, divertido y malicioso.
—No. Yo solo la cuido por las noches. El resto es problema de ustedes.
Sus ojos se deslizan entonces hacia Patric, que se ha mantenido en silencio. Lo observa largo rato, con esa mirada que los vampiros clavan como si escarbaran recuerdos.
—Tú... no pareces interesado en ella.
Patric sostiene la mirada. Sus ojos, grises como acero frío, no parpadean.
—Me interesa su seguridad. La necesitamos viva para vencer a las brujas.
Damián ladea un poco la cabeza, su sonrisa se desvanece.
—No me refería a eso. Hablaba de interés sentimental.
Patric entonces responde, tajante:
—Nunca he sentido nada por una SuperLuna. Y esta vez no es diferente.
El silencio se instala en la sala, denso como la niebla de un cementerio. Damián da un sorbo lento a su copa.
—Curioso. Eso podría volverse tu mayor ventaja... o tu perdición.
La noche cae espesa sobre el palacio licántropo. Las nubes tapan la luna menguante, pero la brisa sigue cargada de su presencia. Entre las sombras que cubren el jardín, una figura se desliza sin esfuerzo hasta el balcón del ala oeste.
Damián aterriza con la elegancia de un depredador entrenado. Se queda de pie sobre la baranda de piedra, como si formara parte de ella. Mira hacia la puerta de cristal entreabierta. Dentro, las luces están bajas y el silencio es profundo.
La atraviesa sin vacilar.
Sus botas pisan el suelo de mármol con sigilo. Da solo un par de pasos y se detiene justo bajo la puerta. Desde allí, observa la silueta de Elara sobre la cama, acostada entre sábanas blancas. Respira profundo, aliviado. Verla dormir lo reconforta. Le recuerda las noches en las que la vigilaba desde los árboles cuando vivía en la cabaña, más joven, más pequeña…, más frágil.
Pero ahora…
Hay algo diferente. Elara no parece tan alta como él la recordaba.
«¿Será que la forma en la que está acostada la hace parecer más pequeña?». Damián frunce el ceño, desconcertado por ese detalle sutil pero inquietante.
—¿Cuánto tiempo pensabas quedarte ahí, mirándome dormir?
Damián se sobresalta.
La voz no proviene de la cama.
Gira bruscamente hacia la izquierda.
Allí, justo al lado de la puerta por la que entró, sentada en un diván junto a la pared, está Elara. Vestida con una bata de satén claro, piernas cruzadas y expresión serena, lo observa con una media sonrisa.
—¿Qué…? —murmura Damián, parpadeando.
—Tranquilo —dice ella, divertida por su reacción—. La que está en la cama es la mucama.
Como si su mención activara un resorte, la mujer sobre la cama se incorpora lentamente, revelando el rostro amable y tranquilo de una sirvienta.
—Gracias, puedes retirarte —le dice Elara con suavidad.
La mujer asiente con una inclinación leve y se marcha sin decir palabra, deslizándose fuera de la habitación con la discreción de quien sabe más de lo que parece.
Damián vuelve a mirar a Elara, ahora con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Me estabas esperando?
—Claro —responde ella, y su sonrisa se ensancha—. El rey me dijo que vendrías. Que lo harás cada noche. Esta vez decidí no dormir antes de verte.
Damián no responde. De pronto, la noche lo empieza a cubrir como una capa, pero sus ojos brillan bajo la penumbra.
—Solo estoy aquí para cuidarte, no quiero que sientas miedo —dice, casi en un susurro.
—No te tengo miedo. Nunca lo he tenido.
Damián permanece en la puerta, todavía con el cuerpo rígido, pero la mirada se suaviza. Está dentro. Esta vez, no se esconde.
Y ella lo deja.