Elara recuerda. No como quien repasa un sueño, sino como quien atraviesa un umbral.
La escena le llega nítida, cargada de un perfume que no pertenece al presente: jazmines nocturnos y hierba húmeda, mezclados con la vibración grave del mundo antiguo. El campo está cubierto de flores blancas, pero el cielo ha cambiado su curso, tiñendo los pétalos de un rosa etéreo. Una luna de sangre se alza, redonda y cruel, iluminando el mundo con una claridad encantada.
Frente a ella —o más bien, frente a Elizabeth—, está Matías. Solo los dos, bajo ese fenómeno que obliga a los licántropos a despojarse de toda mentira. Bajo la luna de sangre, ningún corazón puede ocultar su verdad. Por eso él la ha llevado allí. Para hacerle una petición. Para que ella pudiera preguntarlo todo… antes de decir que sí.
—Quiero que seas mi reina —dice Matías, con la voz más serena que ella haya escuchado nunca—. Pero más que eso, quiero que me permitas ser tu rey. No por título, no por rango…, sino por amor.
Elizabeth no responde enseguida. El peso de las palabras flota entre ellos, tenso y dulce. Y sin embargo, Elara —quien ahora observa ese recuerdo desde la g****a del tiempo— sabe que esa noche no fue un impulso. Matías lo había dicho desde el principio. Desde el primer momento en que la vio, entre la corte de los Superalfas, se lo anunció al mundo como quien declara la llegada de un eclipse:
—Ella será mi reina.
A Elizabeth no le gustaba. Le molestaba la forma posesiva, esa determinación que sonaba más a propiedad que a promesa. Ella no era de nadie. No una presa, no un trofeo. Matías lo supo. Por eso, mucho antes de esa luna escarlata, le propuso un trato:
—Si logro que te enamores de mí…, entonces me permitirás llamarte «mi reina».
Y cumplió. No con autoridad, sino con arte.
Fue detallista, romántico hasta en los silencios, con gestos que desarmaban sus defensas: una rosa en su ventana antes del amanecer, poemas recitados en voz baja cuando creía que ella dormía, y largas caminatas entre jardines salvajes, donde hablaban de raíces y clorofila, de árboles que parecían tener memoria, de flores que solo abrían sus pétalos bajo ciertas fases lunares. Para Matías, la naturaleza era más que un paisaje: era un idioma antiguo que él comprendía con una devoción casi sagrada. Ese mundo vegetal era su fuerte, su refugio, y al compartirlo con Elizabeth, la envolvía también en su manera de ver el mundo: sin prisa, sin ornamentos, pero con una belleza profunda y real.
Elizabeth —la mujer fuerte, indomable— cayó. No porque él la domara, sino porque él la honró.
Y cuando por fin lo amó, él se ganó el derecho de llamarla así. Mi reina.
El recuerdo se apaga tan súbitamente como llegó. Pero su pecho aún vibra con la resonancia de aquella promesa, con la luna de sangre que transformó flores blancas en rosadas, y con el eco de una verdad que no puede seguir negando: Matías no solo fue el amor de Elizabeth…, también siente que llegó a serlo para ella.
Cuando vuelve en sí, Elara se encuentra rodeada de cuerpos sudorosos y respiraciones agitadas. Parpadea, desorientada, viendo rostros preocupados inclinados hacia ella. Y frente a todos, allí, como un faro entre el mar de figuras masculinas, está la joven que asegura ser tataranieta de Elizabeth Lotche.
Elara enfoca su atención en ella. Mira sus ojos… y algo en su pecho se detiene. Son idénticos. La misma profundidad líquida, la misma intensidad serena que ella ha visto en su propio reflejo. ¿Será posible que, de algún modo, aquella muchacha sea también pariente suya?
La ayudan a incorporarse del suelo con cuidado, manos firmes pero respetuosas. Se da cuenta de que había perdido el conocimiento apenas por unos segundos.
—¿Se siente bien, mi superluna? —pregunta la joven, con voz suave.
Elara asiente, un poco avergonzada.
—Sí…, solo… recordé algo —murmura, aún con el eco del recuerdo latiendo tras sus ojos.
La joven sonríe, como si entendiera más de lo que Elara está dispuesta a admitir en voz alta.
—Será mejor que se siente, mi Superluna —dice con ternura—. Esperemos a que los médicos del palacio vengan a revisarla.
—Estoy bien —insiste Elara, incorporándose con algo más de firmeza.
La joven no discute, pero se vuelve hacia los hombres detrás de ella y con voz clara, que no admite réplica, ordena:
—Continúen con las prácticas. Llevaré a la Superluna al jardín para que tome aire.
Luego se dirige a un muchacho de cabello oscuro y complexión más delgada:
—Ve a buscar a las enfermeras. Que nos encuentren en el jardín frontal.
El chico asiente nervioso, apurándose a obedecer. Para Elara, ese detalle no pasa desapercibido: la joven tiene un rango dentro del palacio, una autoridad real que va más allá de su gentileza.
Caminar juntas por el pasillo del ala este, bajo los altos ventanales, le da a Elara un momento para recomponerse. No puede evitar preguntarle:
—Perdona… ¿puedes repetir tu nombre? —pregunta, sincera, aunque un leve rubor le sube a las mejillas.
La joven suelta una risa cálida, como campanillas movidas por el viento.
—Claro, mi señora. Soy Yudith Valverde —dice con una sonrisa amplia—. Beta de la manada Azonas. —Luego, con más formalidad, agrega—. Segunda al mando después de nuestro líder. Fui convocada personalmente por el rey Aleron para dirigir el entrenamiento físico de los Deltas de varias manadas. Nos estamos preparando para lo inevitable: la guerra contra las brujas.
Elara arquea una ceja.
—¿Deltas?... ¿Entrenamiento físico?
Yudith asiente.
—Sí. Necesitamos cuerpos ágiles, resistentes. Debemos ser capaces de luchar a la par de los vampiros. Aunque sabemos que contra la magia de las brujas no tenemos defensa real, si estamos lo suficientemente preparados, podríamos resistir más batallas en lugar de caer en la primera línea.
Salen al vestíbulo principal, donde los techos altos y los vitrales proyectan colores sobre las baldosas de mármol. Cruzan el gran portón y el aire fresco del exterior acaricia la piel de Elara como un bálsamo.
Frente a ellas se extiende un vasto jardín lleno de sembradíos de flores coloridas, vibrantes bajo el cielo claro. Encuentran una banca de hierro forjado y se sientan.
Después de un instante de silencio, Elara no puede evitar preguntar:
—¿Tú también irás a la guerra?
Yudith, sin dudarlo, responde:
—Es mi obligación. No solo como Beta, sino por mi linaje. Desciendo de la Superluna anterior… —Hace una pausa breve, como si midiera sus palabras—. Hay rumores, mi señora, de que los descendientes de la Superluna pueden heredar ciertos dones. No tan poderosos como los suyos…, pero sí habilidades que podrían marcar la diferencia en una batalla.
Elara siente que una garra invisible le aprieta la mandíbula. Por fin empieza a ver con claridad lo que su instinto ya le había susurrado: aquí, el amor, la historia, el romance de cuentos…, todo eso existía, sí, pero entrelazado con intereses más antiguos, más estratégicos.
No la ven solo como un símbolo de esperanza. La ven como un recurso.
Aprieta los dientes, rabiosa, mientras observa las flores del jardín danzar bajo la brisa.
Se siente más utilizada que nunca.