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Hay un sexy demonio durmiendo en mi sofá

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Descripción

La vida de Alexander Corvus, un experimentado y escurridizo ladrón, está a punto de tener un vertiginoso giro tras la llegada de un particular asesino de cabellos dorados que busca capturarle, hasta el momento nadie ha podido ni siquiera tocarlo, nadie humano.

¿Podrá ser este el fin de su peligrosa profesión? La curiosidad puede llegar a ser muy peligrosa cuando se mezcla con la codicia, y aquel pecado se paga caro.

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Escurridizo como un ratón.
Apoyado contra aquella pared, miró el conteo en su reloj, pronto llegaría a cero. Llevó ambas manos a su cabeza para cubrir sus oídos. Entonces el sonido de la explosión se hizo escuchar, fuerte y claro, expandiendo sus ondas con potencia, haciendo temblar el suelo a sus pies y destrozando las ventanas cercanas. La alarma de emergencia sonó, sonrió. Los trabajadores del lugar comenzaron a correr con desesperación, empujándose unos a otros, para salir del edificio, mientras el humo n***o llenaba el primer piso. - Dulce sonido- Murmuró saliendo de su escondite, solo tendría unos minutos antes de que los policías llegaran, pero unos minutos eran suficientes para él. Quince minutos antes había instalado una pequeña bomba en el baño de damas con un rango de explosión controlable, para crear una distracción y asegurar una brecha de tiempo lo suficientemente extendida para actuar con tranquilidad. Espero el ascensor con calma, divertido, mientras los demás huían por las escaleras de emergencia. Observando los empujones y tropezones de las personas aterradas, mientras las puertas automáticas se cerraban. Sus ojos chocolates se reflejaron en los espejos del elevador, al igual que su ondulado y castaño cabello. Sonrió, mientras marcaba el piso que le interesaba, para después acomodar los guantes negros en sus manos, un gesto innecesario pero que se había vuelto un hábito de trabajo. Tardó un minuto y medio en llegar a la cima, menos en llegar a la oficina que necesitaba. Se sentó en la cómoda silla giratoria y tecleó la contraseña requerida en la laptop de aquel escritorio, su sonrisa se ensanchó, avariciosa, cuando el código funcionó, su contacto nunca fallaba. Buscó rápidamente la información que necesitaba y conectó la memoria, la carga del traspaso de datos apareció en la pantalla. Estiró sus brazos, permitiéndose unos segundos de relajo mientras esperaba, llevaba años en la industria clandestina del robo de información, al igual que el hurto físico. Mientras hubiera dinero de por medio, cualquier cosa que fuera quitarle el exceso a alguien más, era su fuerte. Detuvo su estiramiento, cuando algo frío tocó su nuca. - Mierda- Murmuró. Era el fin de su día de suerte. - Manos alejadas del teclado- Le ordenó una voz que desconoció, con monotonía. Se oía joven. El castaño levantó las manos, no había mucho que podía hacer con un arma apuntando a su cabeza, por ahora. - Sea quien sea quién te haya contratado, puedo pagarte el doble o el triple- Trató de negociar. - El dinero no me interesa- Contestó el sujeto, capturando sus manos, para luego empujarlo contra el escritorio con brusquedad. Pudo sentir con claridad el hierro de las esposas en sus muñecas ¿Un policía? Se preguntó, no, era imposible, él siempre iba un paso delante de esos ineptos, y el tipo era muy listo si había encontrado la forma de llegar a él, solo una persona sabia su ubicación en ese momento y era incapaz de traicionarle, por lo que su captor había sido capaz de rastrearlo. ¿Entonces? Quizás un mercenario, contratado para atraparle, era la idea más probable y acertada que pasaba por su mente en ese momento, recordaba haber hecho enojar a personas muy poderosas esos últimos meses, en especial a un narcotraficante, Frank de Luciano, el sujeto había jurado que no descansaría hasta verlo ahogarse en su propia sangre. Si era como se lo imaginaba, la persona enviada debía ser muy peligrosa, debía tener cuidado si en un principio no había notado su presencia en la habitación, pensó, mientras se inclinaba un poco, curioso de ver a su atacante y confirmar sus teorías. Cabellos dorados como el oro y parte de una mirada azul profunda cubierta por un rebelde flequillo le recibieron, un chico de no más de veinte años, de contextura delgada y piel pálida, era su apresador. Soltó un bufido, divertido ¿Esto era lo mejor que habían conseguido? Era solo un crío, se aseguraría de burlarse de Frank cuando todo terminara. Tuvo su oportunidad cuando el chico se acercó a revisar si cargaba algún tipo de arma que entorpeciera su misión. Sus manos se movieron rápidas, el rubio no notó nada. - Limpio- Le escuchó murmurar, mientras lo soltaba y marcaba un número en su celular, grave error- Lo tengo... si... piso ochenta... pueden venir- Indicó monótono. Abajo, en los primeros pisos de aquel edificio, los hombres de Luciano esperaban vestidos de bomberos la señal reciente. El rubio miró al hombre apoyado sobre el escritorio unos momentos, llevaba días siguiendo a aquel ladrón, planeando la forma y el momento perfecto para capturarle. Sabía que no era cualquier delincuente, le había investigado, su nombre era Alexander corvus, y era un profesional en lo que hacía, especialista en infiltración y el robo informático, un escapista experto y un cleptómano de primera. Muchas veces habían tratado de atraparlo, pero el resultado era siempre el mismo, lograba su cometido, el objeto desaparecía al igual que su rastro. Frunció el ceño, esto estaba resultando demasiado fácil, llevó las manos a su abrigo, entonces notó la falta del objeto ¿Cuándo? - Devuélvelas- Pidió con seriedad. - ¿Devolver qué, niño? - El ladrón se levantó, las esposas cayeron al suelo, provocando un sonido metálico- Debes ser más cuidadoso con tus cosas- Jugó con la pequeña llave en sus manos, divertido. - Quieto o disparare- El rubio levantó su arma, en una postura amenazante. Pero no contó con lo que haría Alexander, ignorando la advertencia, en cosa de segundos ya lo tenía encima. Una patada certera en su tobillo derecho le desestabilizó, mientras una mano sobre la suya luchaba por el control de la pistola, retrocedió cuando divisó otra patada dirigida a su persona, ganando la disputa sobre el arma gracias a su fuerza y apretando de inmediato el gatillo por instinto. El disparó hizo eco en la habitación, pero no hubo sangre o herido alguno, solo el ruido del vidrio impactando contra el suelo. Un ventanal roto. - Vaya, era verdad que dispararías, niño- Dijo el ladrón, tocando su mejilla, donde un pequeño corte se ubicaba, tras el impacto de un pequeño cristal. - Yo no miento- Susurró el chico, mientras sus ojos centelleaban con un brillo extraño, emoción que antes no residía en su mirada azulada. Alexander pensó con rapidez su siguiente pasó al haber fracasado en su plan de robarle la pistola al rubio, tendría que buscar otra forma de escapar sin comerse una bala de plomo en el proceso. Fue en ese momento que los hombres de Luciano decidieron aparecer, abriendo la puerta de la oficina de golpe. Maldición, debería jugar su última carta, efectiva, pero no por ello más fácil. - Gracias por abrir un salida- Le dijo al mercenario, despidiéndose con un saludo militar. El rubio no entendió la razón hasta que el castaño corrió hacia la ventana rota, lanzándose en el proceso. Alexander cayó al vacío.

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