Daniel

866 Palabras
Daniel entró en su habitación y fue directamente al baño. La bañera ya estaba preparada, como si alguien hubiera previsto su cansancio. Se sumergió en el agua caliente y cerró los ojos, dejando que el calor aflojara la tensión acumulada en su cuerpo. Por un momento, el mundo exterior dejó de existir. Cuando salió, aún con el vapor rodeándolo, se puso una bata que colgaba de la pared y regresó a la habitación. Apenas había dado unos pasos cuando alguien llamó a la puerta. Al abrir, se encontró con la mujer que los había guiado hasta allí. Llevaba en brazos la ropa que había pedido. —Señor, le he traído lo que solicitó a mi marido —dijo con amabilidad. —Muchas gracias. —¿Necesita algo más? —No, gracias. Ya puede retirarse. Ella le entregó la ropa y se marchó. Daniel la examinó con atención: pantalones azules y una camisa blanca. Al ponérselos, notó que le quedaban grandes; no le costó imaginar que habían pertenecido al posadero. Entre las prendas también había un vestido verde para Katherine. Sonrió levemente al pensar que debía de haber sido de la hija del matrimonio; en un pueblo tan pequeño no había lugar donde comprar nada nuevo. Se vistió con rapidez, pero su mente ya estaba en otra parte. Tomó el vestido, las vendas y la pomada, y se dirigió a la habitación de Katherine. Golpeó suavemente la puerta con los nudillos. Esperó. Antes de abrir, escuchó su voz preguntando quién era. Al responderle, la puerta se abrió y Katherine apareció ante él con la bata puesta. Daniel se quedó sin aliento por un instante. Ahora que estaba limpia, su belleza era aún más evidente. Su cabello castaño oscuro caía suelto por su espalda, todavía húmedo, brillando como una cascada bajo la luz. La bata apenas lograba ocultar su figura, y Daniel tuvo que recordarse a sí mismo respirar. —Te traje ropa... y las vendas para tus heridas —dijo, procurando que su voz no delatara lo que sentía. Katherine le agradeció, pero luego se quedó mirándolo en silencio. Daniel notó cómo lo observaba, cómo dudaba. Al ver que no parecía pensar en dejarlo pasar, levantó una ceja, divertido. —¿No vas a invitarme a entrar? Ella se sonrojó de inmediato y se hizo a un lado para permitirle el paso. La habitación era sencilla y no había ninguna silla, así que Daniel se sentó en la cama y dejó la ropa junto a él. Katherine permaneció de pie, nerviosa, sin saber qué hacer. Él la observó unos segundos antes de preguntar si no pensaba sentarse. Ella se acercó con cierto temor. —Quítate la bata —dijo. La reacción fue inmediata. —¡¿Qué?! —exclamó ella, con los ojos muy abiertos. Daniel tuvo que contener una sonrisa. Aquella expresión, tan sincera y vulnerable, lo cautivó aún más. —Si no lo haces, no podré ponerte las vendas —añadió con calma. El rubor de Katherine se intensificó. Finalmente, se sentó en la cama y comenzó a quitarse la bata, dejando al descubierto su espalda y su pecho. Intentaba cubrirse torpemente con las manos, como si pudiera esconderse de su mirada. Daniel no apartó los ojos; al contrario, cada uno de sus movimientos se le grabó en la mente. Ella no lo sabía, pero aquella inocente desesperación solo conseguía provocarlo más. Aplicó la pomada con extremo cuidado. Sus dedos se deslizaron suavemente sobre la piel de Katherine, y él sintió cómo ella temblaba con cada roce. Esa reacción lo atrapó por completo. En ese instante, le pareció frágil, delicada... como una criatura que no sabía cuán peligrosa podía ser la cercanía. Cuando terminó de colocar las vendas, Katherine suspiró, visiblemente aliviada. Daniel la observó unos segundos más. Había algo en ella que despertaba un deseo profundo, casi primitivo. Quiso poseerla, marcarla como suya, arrancarle esa inocencia que tanto lo atraía. Sin embargo, recordó sus heridas y, con esfuerzo, contuvo sus impulsos. Aun así, la tentación era fuerte. Se inclinó apenas, lo suficiente para rozar su cuello con los labios, dejando una marca suave, íntima, como una promesa silenciosa. Pero no alcanzó a disfrutarla. De pronto, Katherine se giró con rapidez y le dio una bofetada con todas sus fuerzas. Daniel quedó completamente atónito. No había esperado aquella reacción. Durante un segundo la miró en silencio... y luego comenzó a reír. Aquella risa solo consiguió enfurecerla más. Katherine lo empujó sin miramientos fuera de la habitación y le cerró la puerta de golpe en la cara. Daniel siguió riendo incluso mientras regresaba a su habitación. Al entrar, pensó que Katherine no era en absoluto un conejo asustado. No. Era más bien un gato: hermoso, impredecible, con garras afiladas que sabía usar cuando se sentía acorralado. Y eso solo hacía que le gustara más. Había algo en ella que lo atraía con fuerza, algo que lo desafiaba y lo mantenía alerta. Katherine siempre lograba sorprenderlo, y ese misterio lo hacía desear conocerla más. El cansancio finalmente se impuso. Mientras su mente aún giraba en torno a ella, Daniel se quedó dormido, agradeciendo poder disfrutar, por fin, de una noche de descanso tras tantos días de agotamiento.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR