Cuando Katherine llegó a su habitación, cerró la puerta con cuidado, como si temiera que alguien pudiera escuchar los latidos acelerados de su corazón. Se dejó caer sobre la cama y, sin darse cuenta, comenzó a dar vueltas entre las sábanas, llevando una mano a sus labios al recordar la manera en la que Daniel la había besado. Aquel había sido su primer beso. No torpe ni fugaz, como tantas veces había imaginado en secreto, sino firme y lleno de una calidez que le había recorrido todo el cuerpo. Jamás se había imaginado que un beso pudiera hacerla sentirse tan viva, tan consciente de sí misma, como si por primera vez alguien hubiera visto más allá del título que cargaba. Durante toda su vida había tenido que obedecer órdenes, medir cada palabra, cada gesto, cada sonrisa. Como princesa, su

