Querido diario:
Hoy no he conseguido dormir nada. Esta mañana, mis padres me han sentado en el salón como si fuera la acusada en un juicio.
Mi madre habló primero. Me explicó que habían llamado a mi tía Elena, que habían hablado "las mujeres de la familia", y que habían tomado una decisión. Esa palabra, "decisión", me heló. Nadie me había preguntado nada.
—No se lo vamos a contar a tu tío Manolo —dijo mi madre, refiriéndose al padre de Carolina—. Tú sabes cómo es. Hombre de campo, de los de antes. Si se entera, la mata.
Dijo "la mata" como quien dice "se enfadará mucho". Y yo supe que no exageraba. Mi tío Manolo es de esos que aún creen que las bofetadas educan y que los maricones deberían ir a trabajar al campo para "enderezarse". Si se enterase de lo de Carolina, de lo nuestro, sería capaz de cualquier cosa.
Mi padre, que hasta entonces había estado en silencio, carraspeó. Y entonces soltó la bomba.
—Vas a casarte con Javier.
Javier. Mi primo. Mi chambelán. El chico afeminado que me había mirado raro durante el baile, el que seguramente ya lo sabía todo porque los que sufren la misma cruz la reconocen en los demás.
—¿Qué? —atiné a decir.
—Es de buena familia —continuó mi padre, como si estuviera hablando de una transacción comercial—. Y sus padres creen que le hace falta una buena mujer para... Bueno, ya está todo está hablado, y es la única manera de que se os pase esa... esa... —buscó la palabra, pero no la encontró— bueno, esa “cosa”.
—No es justo... —susurré, con la voz rota.
—¡No me discutas! —gritó de un modo en que nunca lo había hecho.
Mi madre tomó el relevo con voz más suave, pero igual de letal:
—Carolina se casará con Iván. Ya hemos hablado con sus padres. Las bodas se celebrarán antes de que cumpláis los 18. Tu padre y yo firmaremos todos los documentos necesarios, y tú también. Mañana mismo, las dos pediremos la cita en el juzgado para la tuya e iremos a comprarte un vestido.
Sé que la fecha es irrelevante, en mi situación (dependiente de ellos) me obligarán igual. Con diecisiete, con dieciocho o con los que sea. Por algo tan primario como el miedo, miedo a lo que dirán, a la vergüenza y a que el pueblo entero sepa que Carolina y yo somos "marimachos", "bolleras" o cualquier apelativo que nos quieran imponer.
Ella se casará con Iván. Yo con Javier. Y nosotras, nuestro amor, nuestro secreto, todo lo que construimos durante años, será enterrado bajo dos vestidos blancos y sendos ramos de flores.
Intenté llamarla esta tarde, pero no contestó, ninguna de las veces... Su madre le habrá quitado el móvil. Estará encerrada en su habitación, igual que yo, llorando en la almohada, preguntándose cómo hemos llegado hasta aquí. Sin saber qué hacer, o siquiera si podemos hacer algo.
Lo que sí sé que en menos de dos meses me pondré un vestido blanco ante un juez. Y que la única persona con la que querría casarme estará esperando su turno junto a otra persona. Con los adultos en la sala, sonrientes, mirándonos primero a una y luego a la otra, orgullosos de haber "arreglado" el problema.
Qué decepción de mundo...
PD: He estado mirando billetes de avión, de tren, e incluso de autobús en el ordenador de mi padre mientras él dormía la siesta, pero no tengo dinero, ni adónde ir, y hasta los dieciocho años no podré trabajar sin el permiso de mis padres, aunque entonces ya será tarde.