Querido diario:
Han pasado doce semanas. Doce semanas desde la última vez que logré verla a solas, desde la última vez que pude mirarla a los ojos sin tener que fingir delante de nuestros maridos o de los niños.
Hoy, por fin, quedamos. Nos vimos en su casa, la que comparte con Iván, con una excusa tonta: “recoger unas frutas a su casa”. A estas alturas, las excusas nos importan un bledo. Lo que importa es el rato, el hueco, el cómo escapamos de la jaula. Y es que, aunque tengamos más de veinte años, hace ya mucho que nuestros comportamientos para con el mundo nos hacen sentir como si tuviéramos ochenta.
Cuando llegué, ella ya había preparado la mesa del comedor. Pan dulce, del que a mí me gusta, y café recién hecho. La niña, Martina, dormía en su cuna. Y mi niño, Mateo, se había quedado con mi madre una hora, el tiempo justo que tardaría en “recoger unos mangos de la huerta que cultiva Iván”.
Nos sentamos frente a frente, como cuando éramos niñas, pero ahora con ojeras y con nuestros respectivos cuerpos cambiados por los partos. Y hablamos. Al principio, de tonterías: que si Mateo ya dice “agua”, que si Martina ya gatea, que si las suegras están insoportables, que si los maridos siguen siendo tan idiotas como el primer día. Pero, antes de que nos diéramos cuenta, la conversación se torció y dejamos de hablar de ellos.
—Lo he intentado —dijo ella, con la voz quebrada—. He intentado querer a Iván, de verdad. He intentado ser una buena esposa, olvidarte. Pero luego viene la noche, y.… y yo me quedo mirando el techo pensando en tus manos.
Yo no pude responder. Tenía la garganta hecha un nudo. Llevo cinco años casada con Javier. Cinco años con un hombre que me da asco, y al que doy asco, que no me mira y que me usa como un trámite. Apenas me habla, y prefiere dormir en su estudio, el que parece oler a diferentes hombres, presumiblemente con los que se acuesta durante el día, cuando yo estoy en el campo y nuestro hijo en la guardería. Lo único bueno que puedo decir de él, es que nunca ha llegado a tocarme, ni para engendrar a nuestro hijo (para ello tuvimos la ayuda de un vaso y una pipeta). En definitiva: nuestro matrimonio podría ser disuelto fácilmente, pues es inválido. Tal vez algún día...
Carolina, entonces, se levantó de la silla y se acercó a mí. No dijo nada más. Me tendió la mano, como en el baile de quinceañeras, y esta vez no había nadie mirando.
La seguí al dormitorio. Su dormitorio. La cama donde duerme con él y él se aprovecha de ella. Por un momento pensé que no quería que fuera allí, pero ella cerró la puerta y me besó, pausando el mundo de la emoción.
No voy a describir lo que pasó después. No porque no quiera, sino porque algunas cosas son demasiado íntimas para dejarlas escritas en un papel que alguien podría leer. Solo diré que, durante una hora, no fuimos esposas ni madres. Fuimos nosotras. Fuimos las niñas del lago, las adolescentes de los vestidos de tul, las mujeres que nunca debieron casarse con otros.
Cuando terminó, me quedé mirando un momento el techo de su habitación. Todo olía a ella. Olía a nosotras. Y supe que, pase lo que pase, esto no terminará nunca.
Me vestí rápido. Recogí la fruta “que había ido a buscar” y besé a Carolina en la frente. Ya en la puerta, ella me besó en la mejilla, un beso rápido, de esos que parecen inocentes, pero que no lo son, pues se dan peligrosamente cerca de la comisura de los labios.
—¿Cuándo volvemos a vernos? —preguntó.
—En cuanto pueda —mentí.
Porque ya no sé cuándo voy a poder. Porque nuestros maridos empiezan a sospechar. Porque mi suegra me mira mal. Porque el pueblo es un ojo que todo lo ve.
Pero hoy, durante una hora, fui feliz.
PD: Sigo pensando que Javier tiene, al menos, un amante; me encantaría que así fuera, así podría llegar a un acuerdo con él en lo referente a Carolina.