Capítulo 21

1529 Palabras
Valentina Estábamos en la cocina, Vittoria y yo, cenando juntas. El sonido de pasos firmes interrumpió nuestra pequeña burbuja de normalidad. Un guardia entró en la cocina, su rostro tenso y sin rastro de la habitual neutralidad que mantenían frente a mí. —Código n***o, señora —dijo manteniendo la calma a pesar de la urgencia—. Cinco minutos. Mi corazón se aceleró, pero mi rostro no mostró nada. No podía entrar en pánico frente a mi niña. —Entendido —respondí con un simple asentimiento. El guardia salió, y yo respiré hondo, obligándome a mantener la mente clara. Me giré hacia Vitto, que había dejado su tenedor en el plato. —Vamos a tu habitación, principessa —le dije con suavidad, tomando su mano. La llevé escaleras arriba, sin prisa, aunque por dentro cada segundo se sentía eterno. Al llegar a su habitación, abrí el armario y saqué la mochila que siempre tenía lista para este tipo de emergencias. Mientras revisaba que estuviera todo; agua, ropa, un arma pequeña que Nicola nunca debía saber que estaba ahí, me agaché para estar a su altura. —Escucha con atención, Vittoria —le dije, sosteniendo sus manos entre las mías. Ella debía sentir que esto era serio, pero no aterrador—. Nos vamos a separar por un par de horas. Greta irá contigo. Ella asintió sin decir nada, sus ojos fijos en los míos, sin perderse ni una palabra que le decía. —Si, bajo alguna circunstancia, te atrapan —continué, apretando sus manos para reforzar la importancia de mis palabras—, toca dos veces el chip para que comience la transmisión de tu ubicación. Ella asintió de nuevo. —Recuerda que debes observar cada detalle de dónde estás —le dije, soltándole las manos para tocar su muñeca, donde estaba implantado el chip—. Si te llevan bajo tierra, la señal no podrá ser rastreada. En ese caso, toma el arma e intenta llegar a la superficie y mantente oculta. Mi voz tembló al imaginarla en esa situación, pero me obligué a seguir. —Cuando lo hagas, vuelve a activar el dispositivo. Pero no te enfrentes a ellos, principessa. —La miré a los ojos, dejando que viera la seriedad en los míos—. Aún no estás lista para eso. —Lo sé, mami —respondió con seguridad. Guardé la mochila y me puse de pie, extendiéndole la mano. —Ven, es hora de irnos. Bajamos juntas las escaleras, con la mochila colgada de mi hombro. Afuera, el sonido de motores encendiéndose ya llenaba el aire. Todo estaba en marcha, tal como lo habíamos planeado para este tipo de situaciones. Cuando llegamos al vestíbulo, Greta ya nos esperaba. Ella era exactamente lo que Vittoria necesitaba en ese momento: calma, fuerza y lealtad absoluta. —¿Lista? —le pregunté la niñera, quien asintió con un leve movimiento de cabeza. —Lista, señora Moretti. Me agaché frente a mí pequeña una vez más, abrazándola con fuerza. —Recuerda que te amo, principessa —le dije, besando su frente. —También te amo, mami —respondió abrazándome con fuerza. Le entregué la mochila a su niñera y las vi caminar hacia el auto, su pequeña figura desapareciendo detrás de la puerta mientras Greta la ayudaba a subir. El guardia se giró hacia mí, señalándome el auto que estaba reservado para mí. Me enderecé, ajusté mi chaqueta y caminé hacia el vehículo. Cuando cerré la puerta detrás de mí, miré por la ventana, viendo cómo los otros autos comenzaban a moverse. Era un juego de distracción, pero la incertidumbre siempre era el peor enemigo. El auto arrancó, llevándome hacia otro destino mientras los demás seguían sus propias rutas. Cerré los ojos por un momento, intentando bloquear los pensamientos oscuros que querían filtrarse. No era momento para dudar. —Greta, ¿están todos en posición? —pregunté, manteniendo mi tono bajo pero seguro. La voz de Greta, la niñera y una de mis mejores soldados, entrenada personalmente por mí, llegó a través del auricular con precisión y firmeza. —Sí, señora. Las rutas están despejadas y los autos señuelos están siguiendo el plan. —Perfecto. Mantén la comunicación abierta. Quiero actualizaciones en tiempo real —ordené. La comunicación también estaba enlazada con Bianca, quien, desde su puesto remoto, monitoreaba el recorrido de los autos. A través de las cámaras de tránsito, nos alertaba de cualquier posible ataque. —Entendido. Todo parecía tranquilo... Aunque mi instinto gritaba que el peligro no estaba lejos, pero no sabía de dónde vendría. El conductor aceleró justo cuando iba a hablar con Greta de nuevo. No presté atención hasta que un impacto sacudió el auto. El sonido del metal contra metal resonó en mis oídos. Mi cuerpo fue lanzado hacia un lado cuando el auto comenzó a girar sobre sí mismo. El vehículo dió varias vueltas antes de detenerse de golpe. Luego... silencio. —¡Señora! —La voz distorsionada de Greta retumbó en mi auricular—. ¿Está bien? ¿Me copia? —Emboscada —logré decir, mi voz ronca mientras intentaba soltarme del cinturón. Mis dedos temblaban mientras buscaba el broche, y cuando logré liberarlo, caí contra la puerta. Miré alrededor; el conductor estaba inconsciente, y uno de los guardias gemía de dolor. —¡Greta, mantén a Vittoria segura! —grité en el auricular, aunque mi respiración era irregular. —B, cuento contigo —susurré, confiando en que ella sabía que hacer. Saqué mi arma y me moví hacia la ventana rota, obligándome a ignorar el dolor en mis costillas. Afuera, vi a tres enemigos acercándose, con sus armas listas. "Esto no va a ser fácil." Logré arrastrarme fuera del auto destrozado. El olor a gasolina era abrumador. Un foco de fuego ya empezaba a consumir el auto. Me puse en cuclillas, con la pistola en la mano, mientras mi vista se adaptaba al caos que me rodeaba. A mi izquierda, uno de los guardias yacía sin vida, su cuerpo colgando a medias del auto. Pero a mi derecha, otra se levantaba con dificultad, con sangre en la frente y su arma lista. —¡Señora! —me llamó, su voz cargada de adrenalina. Levanté la mano para indicarle que guardara silencio mientras evaluaba la situación. Los disparos comenzaron de repente, silbando a través de los árboles y golpeando el auto. Me tiré al suelo, cubriéndome detrás de la puerta rota. La mujer a mi lado disparaba en dirección al enemigo. —¿¡Cuántos son!? —le grité, sacando un cargador extra del bolsillo de mi chaqueta. —Al menos cinco, tal vez más —respondió mientras se movía hacia la parte trasera del auto para cubrirse. Asentí, apretando la mandíbula. Las balas seguían lloviendo sobre nosotros, pero conté tres direcciones distintas desde donde venían. "Planearon esto, nos están acorralando." —¡Necesitamos matarlos antes de que nos rodeen! —le grité. Me levanté lo suficiente para disparar a las sombras que se movían entre los árboles. Uno de mis disparos acertó. Vi cómo un hombre caía al suelo con un grito ahogado. Pero no tuve tiempo de celebrar. Dos más tomaron su lugar, disparando sin tregua. La guardia a mi lado lanzó un disparo certero que hizo que otro enemigo retrocediera, pero en cuanto levantó la cabeza para disparar de nuevo, una bala lo alcanzó en el cuello. Se desplomó a mi lado, su sangre salpicando mi rostro. —¡Mierda! —gruñí, arrastrándome hacia el costado del auto mientras los disparos se intensificaban. Mi mente corría, buscando una salida. Sabía que Nicola debía estar al tanto de lo que estaba pasando, pero no podía depender de que llegaran refuerzos a tiempo. Si no salía de esto por mi cuenta, no saldría en absoluto. Saqué el auricular de mi oído y lo reajusté, activando el canal que me conectaba con él. —¡Nicola! —dije, mi voz urgente mientras disparaba hacia los atacantes, obligándolos a retroceder. —¡Valentina! ¿Qué está pasando? —respondió de inmediato, su tono cargado de tensión. Sentí cómo los pasos de los enemigos se acercaban. Estaban rodeándome, avanzando como depredadores que sabían que su presa estaba acorralada. —Cuida a Vitto —le dije, mi voz quebrándose por un instante mientras cambiaba el cargador de mi arma. —Amore, no… —comenzó, pero lo interrumpí. —Te amo —dije con firmeza, sin permitir que mi voz mostrara miedo—. Nunca olvides lo que te dije en nuestra luna de miel en Sudamérica... Corté la conexión antes de que pudiera responder, arrojando el auricular al suelo. Me levanté lentamente, con la pistola en mano, mientras los atacantes salían de las sombras. Eran demasiados. Una docena al menos, todos apuntándome. —Tira el arma, señora Moretti —dijo con una voz grave, casi divertida. Lo miré a los ojos, levantando la pistola lentamente. Mi dedo descansó en el gatillo, considerando mis opciones. Si iba a caer, no lo haría sin llevarme a algunos más conmigo. —Vamos, hazlo fácil —continuó el hombre, dando otro paso hacia mí. Una sonrisa apareció en mis labios. No había nada fácil en mí.
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