Capítulo 20

1522 Palabras
Nicola —Quiero que lleven a mi mujer y mi hija a los destinos seguros —dije al teléfono, sin apartar la mirada de la calle desde la ventana de mi oficina. Esto era parte del protocolo: en cuestión de minutos, cinco autos saldrían de mi casa, cada uno con una ruta que conocerían en el último momento. Uno llevaría a mi mujer, otro a principessa, y los demás serían señuelos. Si alguien nos estaba espiando, no sabría en cuál estaban. Escuché la afirmación al otro lado de la línea. Corté la llamada sin decir más, colocando el teléfono sobre el escritorio. Renzo y Lorenzo estaban en el sofá, mirándome en silencio. Ambos conocían la gravedad de la situación. Tener al enemigo en nuestro poder no era una victoria; era un movimiento calculado, y no por nosotros. Lo sabían tan bien como yo. —¿Qué tan grande crees que es la red? —preguntó Lorenzo inclinándose hacia adelante con las manos juntas. Mi mente estaba en las posibilidades, en los nombres que habían cruzado por mi escritorio los últimos meses, en los rostros que se habían mostrado leales mientras sus manos firmaban traiciones a mis espaldas. —Grande —respondí, mi voz más baja de lo habitual. Renzo soltó un resoplido desde su lugar en el sofá. —Pues qué bien. Ahora tenemos que lidiar con la serpiente y con sus malditas crías —dijo, cruzándose de brazos. Me giré hacia ellos, dejando mi lugar en la ventana. —Esto no puede fallar —dije dejando escapar un suspiro preocupado. No por la situación, si no por mis mujeres. No dije más, porque no necesitaba hacerlo. Los dos sabían lo que estaba en juego. No era solo el maldito perro o la traición: era la seguridad de nuestras familias, el legado que estaba construyendo para nuestros hijos. —Voy a encargarme de que lo traigan con vida, pero no prometo que llegue entero —dijo Renzo, levantándose de su asiento. Sabía que él haría su trabajo como siempre, pero también era consciente que tendría que recordarle dónde estaba el límite. Lorenzo se levantó detrás de él, su expresión más controlada, pero no menos tensa. —Voy a empezar a revisar los movimientos de los hombres que estuvieron cerca de las operaciones. Si si el maldito perro no quiere hablar, encontraré a sus posibles mascotas. Asentí, observándolos mientras se preparaban para salir. Eran más que mis hombres de confianza; eran mi familia, pero incluso eso no era suficiente para darme paz. Mientras ellos se dirigían a la puerta, mi mente seguía trabajando. Sabía que el malnacido no había llegado a nosotros por error. Se había dejado atrapar, y eso solo podía significar una cosa: tenía algo preparado, algo que aún no habíamos visto venir. Mis pensamientos se dirigieron a mis mujeres, a los autos que ya debían estar en camino a la casa de seguridad. ¿Eran suficientes las precauciones? ¿Había algo que no había anticipado? ¿O sí… un nuevo señuelo? Renzo se giró antes de salir, con esa sonrisa torcida que siempre lo acompañaba cuando iba directo al peligro. —Si le rompo un brazo, ¿te vas a enojar mucho? —preguntó. —No me importa si pierde todas las extremidades, mientras le dejes la lengua y pueda hablar —respondí, mi tono era seco, pero con un atisbo de humor que parecía tranquilizarlo. Lorenzo negó con la cabeza, empujándolo hacia la puerta. —Ya escuchaste al jefe. Haz tu trabajo y déjanos algo para interrogar. Los dos salieron, dejándome solo en la oficina. Caminé de regreso a la ventana, mirando la ciudad una vez más. No era paranoia lo que sentía. Era estrategia y control. Todo estaba en movimiento, y sabía que el muy desgraciado estaba jugando su parte a la perfección. *** El mensaje de Renzo apareció en la pantalla de mi teléfono con una precisión militar Renzo: "Está en posición." Sonreí para mis adentros, dejando el dispositivo sobre el escritorio con un movimiento tranquilo. Abrí el primer cajón y saqué mis guantes de cuero n***o, colocándomelos con lentitud mientras me dirigía hacia la puerta. La sala de torturas estaba en el subsótano del edificio, oculta detrás de varias puertas con códigos y vigilada las 24 horas. Cuando entré, lo primero que vi fue al maldito infeliz que me había tocado los huevos todo el día. Estaba sentado en una silla de metal reforzada, con las muñecas y tobillos atados. Su camisa estaba empapada de sudor, sangre y suciedad, y su rostro desfigurado mostraba las marcas claras del trabajo previo de Renzo. Sin embargo, lo que más destacaba era su sonrisa. La estúpida sonrisa que no se le había borrado desde la última vez que lo ví en el colegio. Y que ahora parecía más burlona. Renzo estaba detrás de él, con las mangas de la camisa remangadas y los nudillos ensangrentados. Se giró hacia mí al escuchar mis pasos, su rostro iluminado con lo que podría decir era diversión. —¿Te divertiste? —le pregunté mientras cerraba la puerta detrás de mí. Renzo soltó una carcajada y asintió, golpeando al idiota en la cabeza con el dorso de la mano, con tanta fuerza que se la dió vuelta. —Cómo no te haces una idea. Es resistente, eso sí. Pero todos caen al final. El perro soltó un jadeo, levantando la cabeza con esfuerzo para mirarme. Su sonrisa seguía allí, aunque su labio inferior no paraba de sangrar. —Ah, el gran Don inquebrantable… Nicola Moretti —dijo con la voz rasposa, sin importarle su posición en ese momento—. ¡Qué honor! Me acerqué a él despacio, midiendo cada paso. Cuando estuve a su lado, me acerqué hacia adelante, dejando que nuestras miradas se encontraran. —No está aquí por honor, Esposito —le dije, mi tono bajo y controlado. —Está aquí porque tengo preguntas, y usted tiene respuestas. Él soltó una carcajada, aunque le costó trabajo respirar. —¿Y qué te hace pensar que voy a responder? Levanté una ceja, enderezándome mientras me quitaba la chaqueta y la colocaba sobre una silla. Me giré hacia la mesa de herramientas que estaba al lado. Cada instrumento estaba perfectamente alineado: cuchillos, pinzas, bisturí, y otros artefactos diseñados para arrancar verdades de los hombres más tercos. Elegí un cuchillo pequeño, pero tan afilado que cortaría una piedra. Lo sostuve entre los dedos, sintiendo su peso, antes de girarme de nuevo hacia él. —Porque conozco los tipejos como tú —respondí, con calma. —Es el tipo de hombre que cree que siempre tiene la ventaja. Y eso, eventualmente, será su perdición. Renzo sonrió detrás de él, cruzándose de brazos. Observaba y controlaba todo desde su lugar. —Dígame, Esposito. ¿Quién está trabajando para usted? —pregunté, dejando que la punta del cuchillo trazara una línea suave sobre su mejilla ya herida. No dijo nada. Me miró con esa sonrisa cínica que me decía que estaba más que dispuesto a jugar el juego hasta el final. —Está bien —dije soltando un suspiro—. Lo haremos a su manera... —¿Sabe qué es lo que me gusta de las manos? —pregunté, colocando la punta del cuchillo sobre la falange de su dedo anular—. Que son increíblemente sensibles y faciles de cortar. Sin más advertencia, presioné la hoja contra su piel, perforándola lentamente. Él jadeó, su cuerpo convulsionándose mientras intentaba apartar la mano, pero su dedo ya estaba en el suelo. —Ah, no tan rápido —murmuró Renzo, asegurando su brazo con más fuerza. —Ahora, intentemos de nuevo —dije, mi voz tranquila a pesar de sus gritos ahogados—. ¿Quién está trabajando para usted? —No tienes idea... de con quién... —espetó tartamudeando—... te estás metiendo. —¿Con quién estoy jugando? —repetí, inclinándome para acercar mi rostro al suyo—. Usted es el que se dejó atrapar, ¿recuerda? No respondió, pero la sonrisa en su rostro comenzó a desvanecerse. —Lo ve —continué, retirando el cuchillo y limpiando la sangre en su camisa—. Su error fue subestimarme. Pensó que podía usarme como parte de su plan. Pero lo que no entiende es que yo ya estoy dos pasos adelante. Él se quedó en silencio, respirando con dificultad mientras la sangre goteaba de su mano. Odiaba manchar mi ropa. Tomé una tina con agua, sal y vinagre que había preparado anteriormente y lo obligué a meter la mano. No pudo evitar retorcerse del dolor, pero era solo el principio. —Shadow, tráeme la silla de electroshock —ordené sin siquiera mirarlo. Renzo asintió, moviéndose hacia una esquina de la sala. Mientras tanto, me incliné sobre el prisionero una vez más, dejando que mi voz bajara a un susurro. —Podemos hacer esto todo el tiempo que quiera, Esposito. Pero le aseguro que al final, usted hablará. Él levantó la cabeza lentamente, sus ojos fijos en los míos. —Es que... —jadeó sonriendo—. El que no tiene tiempo eres tú.
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