**GABRIEL** Mi existencia en aquel sanatorio privado era una tortura constante, un limbo de pasillos blancos y un silencio estéril. La paz parecía un concepto ajeno, un recuerdo distante que se desvanecía con cada día que pasaba. El aire acondicionado zumbaba monótono, pero dentro de mí, el ruido era ensordecedor: la urgencia del papel de mi padre, la preocupación por Sienna y, ahora, esta nueva y opresiva realidad que me envolvía como una niebla densa. Intenté llamar a Sienna, una y otra vez, usando la línea del hospital y mi propio móvil, pero siempre chocaba contra el mismo muro de terciopelo. Cada intento se convertía en una frustración más profunda. —La señorita Sienna está descansando —era la respuesta invariablemente amable pero inamovible de las enfermeras. Pronto entendí qu

