Capítulo 1

1021 Palabras
El expediente tenía una mancha de café en la esquina. Llevaba tres años abriéndolo cada noche. _Asunto: Ivan Volkovich. Estado: Fallecido. 14 de Junio, 2023. Causa: Caída accidental desde yate privado, Costa Azul. Cuerpo no recuperado. Caso cerrado. —Caso cerrado. ¡Un carajo! —exclamó molesta Porque hace 72 horas, en una sala de inteligencia en Washington, Stephanie vio su rostro en vivo. Piso 50, Torre Volkov, Ciudad de Panamá. Traje sastre. Cabello más corto. Una cicatriz nueva cruzándole la ceja izquierda. Y esos mismos ojos grises que no parpadeaban nunca. Ivan Volkovich estaba vivo. Y era más peligroso que antes. — ¿Confirmado? —preguntó la directora Lane, sin levantar la vista. —Confirmado— dijo. Su voz no tembló. Había practicado. —Es él—confirmó. Mi nombre es Stephenie Carter. Tengo 29 años. Hablo cuatro idiomas, sé desarmar un arma en 11 segundos, y mi especialidad es desaparecer entre la gente. Soy Agente 7. Fantasma. Y su nueva orden era suicida: Infiltrarse en Volkov Industries. Como nadie. Sin respaldo. Sin extracción si algo salía mal. Escalar desde cero hasta que el CEO le viera. Y averiguar qué estaba construyendo ahora que todos lo daban por muerto. —Es tráfico de armas, biotecnología ilegal, de personas y probablemente una lista de gente a la que quiere borrar— dijo Lane. Deslizó un folder hacia ella. —Tu cubierta: Steph Carter. 26 años. Expediente limpio. Graduada de administración. Necesita trabajo. Nada sospechoso—dijo. Abrió el folder. Su nueva vida cabía en 8 hojas. — ¿Por qué yo? —Porque lo odias lo suficiente para no enamorarte, — dijo Lane, seca. —Y porque eres la única que puede pasar desapercibida en una sala llena de tiburones—sonrió. Ella no sabía lo peor: Stephanie ya lo había visto una vez antes. Hace tres años. En Mónaco. Ella era parte del equipo que debía vigilarlo esa noche en el yate. La noche que “murió”. Nunca dijo que lo vio saltar por su cuenta. Tres semanas después estaba en Panamá. Con un CV falso, un apartamento de 400 dólares al mes, y tacones que le hacían ampollas. Volkov Industries era un monolito de vidrio n***o. 60 pisos. Sin logotipo en la entrada. No lo necesitaba. Todo el mundo sabía a quién pertenecía. La entrevista fue una farsa. 40 personas para 3 puestos de Asistente Administrativa Nivel 1. Sueldo mínimo. Horas extra no pagadas. Café, fotocopias, humillación. — ¿Experiencia? — preguntó la reclutadora sin mirarme. —Ninguna relevante—dijo, bajando la vista. Invisible. Sumisa. Inofensiva. —Contratada. Empiezas lunes 7:00 a.m. No llegues tarde—le advirtió la reclutadora Salió y respiró por primera vez en horas. Fase 1: completa. Era una más entre 3,000 empleados. Esa noche, desde su apartamento, apuntó con binoculares al piso 50. Las luces estaban encendidas. Una silueta detrás del vidrio. Se observaba la ciudad. O me observaba a mí. Levantó su copa de vino barato en un brindis silencioso. —Juego iniciado, señor Volkovich—dijo triunfante. No sabía que él ya había movido la primera pieza. La regla número uno del encubierto: sé competente, pero no brillante. La había roto a las dos horas y siete minutos. La Directora de RRHH, una mujer llamada Mrs. Delgado con un corte bob y alma de carcelera, le pidió café. “n***o. Sin azúcar. Como mi paciencia.” El café estaba hirviendo. El pasillo estaba lleno. Y sus tacones nuevos no ayudaron. Tropezó. La taza voló. El café aterrizó perfecto. Sobre los zapatos Louboutin rojos de Mrs. Delgado. El silencio fue ensordecedor. Veinte empleados dejaron de teclear para verla morir. — ¡Inútil! — siseó ella. — ¡A Archivos! ¡Ya! Que te pudras en el sótano con el resto de la basura—vociferó Archivos. Nivel -3. Sin ventanas. Sin señal. Donde mandan a la gente para que renuncie sola. Perfecto. Nadie vigilaba el sótano. Le dieron un uniforme gris y un carrito. Su trabajo: digitalizar 30 años de registros en papel. Aburrido. Monótono. Invisible. Exactamente lo que se necesitaba. Las primeras 48 horas fueron un infierno de polvo y papel. Pero el día tres, encontró algo. Una caja mal etiquetada: “V-2023 a V-2026. Confidencial”. Dentro: albaranes de envío. Contenedores. Fechas. Firmas. Todo con una V mayúscula. Y las fechas empezaban dos semanas después de su “muerte”. Estaba fotografiando el tercer documento cuando lo sintió. Ese cambio en el aire. Como si el oxígeno se volviera más denso. — ¿Te perdiste, nueva? —escuchó decir. La voz era grave. Baja. Sin emoción. La había escuchado en grabaciones por tres años. Se giró tan lento que le dolió el cuello. Ivan Volkovich. En persona era peor. Más alto. Más ancho de hombros. El traje n***o le quedaba como una segunda piel. No llevaba corbata. Las dos primeras botones abiertos. Y esa cicatriz… fresca. Rosada. La miró. De arriba a abajo. Como si pesara su utilidad. Luego volvió a sus ojos. Y se quedó ahí. Demasiado tiempo. —No, señor Volkovich—respondió. Su voz salió estable. —Solo archivando—añadió. —Archiva mejor—dijo. Dio un paso. Olía a cedro y a algo metálico. Peligro. —Este sótano se traga a la gente, señorita Carter. Y no siempre la escupe—dijo sonriendo. Dijo su apellido. No estaba en su placa. No contestó. No podía. Su corazón golpeaba contra las costillas. Se dio la vuelta y se fue. Sin despedida. Como si ella fuera aire. Pero cuando llegó a la puerta, se detuvo. Sin voltear. —Termina esa caja hoy—ordenó. —Quiero este sótano limpio mañana. La puerta se cerró. Y ella exhaló. No sabía que había estado conteniendo la respiración. Esa noche, en su casillero, había un sobre. Sin remitente. Dentro: una foto suya. De hace tres años. En Mónaco. Con un abrigo n***o, mirando al mar. Alguien le había tachado la cara con un marcador rojo. Una X perfecta. Sabía lo que aquello significaba, era la siguiente en la lista, terminaría como desaparecida o algo aún peor.
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