Capítulo 2

1026 Palabras
Steph durmió. Se quedó sentada en el suelo de su departamento, la pistola en una mano, la foto de ella tachada en la otra. ¿Quién? ¿Ivan? ¿Su seguridad? ¿Su propia agencia probándola? A las 6:00 a.m. su teléfono sonó. Era Lane. —Carter, reporta—escuchó decir al otro lado de la línea. —Recibí una amenaza—dijo finalmente. Silencio. — ¿De quién? —cuestionó Lane. —No lo sé, pero sabe quién soy—comentó. —Entonces, muévete más rápido —dijo y colgó. Más rápido sería ir directo a la muerte. Llegó a la oficina y el mundo cambio. En el tablón digital, una notificación: “Reasignación de personal. Stephanie Carter, de Archivos N-3 a Asistente del Jefe de Operaciones. Efectivo inmediato.” El jefe de Operaciones era el segundo al mando, su oficina estaba en el piso 48, tan solo a dos pisos del mismo infierno. Todos los que estaban en el piso la miraron al entrar con su caja. Susurros, celos, aborrecimiento. —Felicidades—dijo una chica de Contabilidad con veneno en la voz. — ¿A quién tuviste que mamarle para eso? —añadió. No respondió. Porque en ese preciso instante se abrieron las puertas del ascensor ejecutivo. Él. Ivan salió rodeado de tres guardaespaldas. El piso entero se calló. Caminó en dirección hacia ella. No parpadeó. No sonrió. —Usted debe de ser el error administrativo del día—dijo. —No, señor-dije—, soy Stephanie Carter. La nueva asistente del Jefe de Operaciones—respondió. —Lo sé—dijo. Por primera vez sonrió. No fue amable. Era un depredador que había encontrado un juguete nuevo. -por eso la contrate-añadió. El silencio fue absoluto. —Yo… ¿usted? —Necesito nuevos ojos—dijo dándole la espalda—. Alguien que no le deba lealtad a nadie aquí. Empieza hoy. Mi oficina 9:00 a.m. en punto, no me gusta esperar. Entró al ascensor. Las puertas se cerraron. Stephanie se quedó allí, con 200 personas detestándola y un CEO que acababa de marcarla como su propiedad. Las siguientes ocho horas fueron un completo infierno. Informes. Cifras. Reuniones a las que no debía estar. Ivan la ponía a prueba cada 20 minutos. La interrumpía. Les recogía frente a todos. Esperaba a que ella se quebrara. No lo hizo. A las 9:02 p.m., cuando todos se fueron, él continuaba en su oficina. Vidrio a techo. Vista a toda Panamá. — ¿Por qué no lloro? —preguntó sin titubear. — ¿perdón? —Las asistentes anteriores que puse aquí. Ambas renunciaron en una semana—se giró—, usted no, permaneció integra durante todo el tiempo sin dudar a todo lo que yo le pedía, sin rechistar. —Es de mala educación llorar en el trabajo, señor Volkovich—respondió. —Interesante—se acercó a su escritorio. Tomo una carpeta. —Váyase a casa señorita Carter—ordenó. Salió. Pero cuando llegó a su apartamento la puerta estaba entreabierta. Adentro: todo estaba intacto. Excepto por una única cosa. La foto tachada. Yacía sobre el centro de su almohada puesta de manera meticulosa. Trabajar para Ivan Volkovich es como bailar sobre cristales rotos y descalza. En dos semanas aprendió sus reglas. No sonreír. No perder. No repetir preguntas. Y detesta la incompetencia más que la traición. Ella era incompetente a propósito. 7% del tiempo. Lo cual era lo suficiente para que él la regañara, pero no para despedirla. Y él...él la salvaba a veces. —Señorita Carter, este informe tiene tres errores—dijo un martes frente a toda la junta directiva. Proyecto su hoja. Círculos rojos por todos lados. Una humillación pública. Tragó saliva. —Lo corregiré enseguida, señor. —NO—dijo. —Lo corrijo yo-tomó el control remoto. Borró sus errores. Puso los datos correctos. —Aprenda—dijo. Le salvó la cara y la dejó confundida. A las 11:40 p.m. de ese mismo día seguía en su oficina y ella también. —Castigo por los errores. —¿Por qué me mantiene cerca si soy tan incompetente? —soltó sin pensar. El cansancio la traicionó. Él dejó la pluma y la miró por encima de los lentes. —Porque me aburre la gente perfecta, Carter-dijo—. Y usted miente mal. El aire se volvió hielo. —No sé de qué habla—se limitó a decir. —Suspira—dijo. Se levantó. Rodeó el escritorio. —0.3segundos. Siempre antes de mentir. Es casi imperceptible—se detuvo a un metro de ella. — ¿Para quién trabaja? —preguntó finalmente. Su sangre se congeló. —Para usted. Desde hace dos semanas—respondió. Él la estudió. Buscando la grieta. No la encontró. —Hmm—se acercó más. Tomó su muñeca. Puso su pulgar en su pulso. Estaba disparado. — ¿Tiene miedo? —Si—admitió. Después de todo era verdad. —Bien—susurró. Soltó su muñeca—. El miedo la mantiene viva. No lo pierda. Caminó a la ventana. —Váyase, la llevo—le informó. En el coche el silencio era denso. Cuando freno frente a su edificio. Steph no se fue. —Señor Volkovich...gracias—dijo. —Por qué—dijo sin mirarla. —Por no despedirme. Por no dejarme caer—habló. —Porque aún no he terminado de jugar con usted—respondió él. Aquella fue la frase más peligrosa que escuchó en su vida. Bajó. Subió corriendo. Y solo cuando cerró la puerta se dio cuenta que temblaba. No de miedo. Esa noche. Hackeó el servidor restringido. Algo que no debía de hacer. Pero tenía que saber. Buscó: Ivan Volkovich. Expediente. Encontró uno. Clasificado. Nivel 10. su nivel de acceso no era suficiente. Pero lo vio en miniatura. Una foto. La de Mónaco. Y debajo, en rojo: Objetivo: Eliminar si compromete la operación. Él también la estaba cazando. Le pidió a su jefe que borrara toda la información real del sistema y que tan solo dejara la falsa. Aunque quizás él ya lo sabía todo. Debía de jugar bien, de lo contrario saldría de la empresa y no viva.
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