NARRA CAMILA Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, sentí alivio al ver que era una hora razonable: las nueve y que no había ningún maquillador impaciente llamando a la puerta. Revisé mi teléfono: los veinte mensajes de Vera preguntando si Adrián me había seducido de nuevo, uno solo de Renata deseándome que me divirtiera, y uno inesperado… de Adrián. —Reúnete conmigo abajo. Ponte algo ligero. Hace calor fuera—, escribió. Claro, incluso por mensaje sonaba mandón. Rebusqué en el bolso y saqué una camiseta negra y una falda a cuadros que me llegaba hasta las rodillas. La tela era ligera. Estaba bastante segura de que con eso encajaría un poco mejor entre tanta gente elegante que rondaba por la ciudad. Volví al vestíbulo, mucho más cómoda ahora que había menos miradas encima. Adrián e

