NARRA CAMILA En cuanto salí de la limusina, el destello constante de las cámaras me cegó. Instintivamente, me llevé las manos a los ojos y, tras unos segundos, me acostumbré lo suficiente como para poder ver a mi alrededor. Delante de mí había una enorme alfombra roja que se extendía a lo largo de cientos de metros. Había pequeñas barreras que separaban la zona de la alfombra de la zona de los fotógrafos. Varias personas estaban delante, algunas con vestidos extravagantes y hermosos que lucían ante las cámaras. Adrián salió y se colocó a mi lado, tomándome del brazo una vez más. Me sonrió. —Puedes hacerlo—, me susurró inclinándose hacia mí. Asentí, esbocé mi mejor sonrisa y comenzamos a caminar por la alfombra. Varias veces nos pidieron que nos detuviéramos para hacer fotos, pero Adr

