NARRA CAMILA
—¿La señora Lara, supongo?
Ni me miró. Se sentó como si el asiento fuera suyo y dejó mi mano en el aire.
—Soy yo. Me gustaría saber más sobre usted y qué la hace exactamente cualificada para este puesto.
Y ahí supe que esto no era una entrevista normal. Era un duelo.
Aun así, no bajé la guardia.
—Estoy a punto de graduarme. También he dirigido varias campañas de marketing como parte de mis estudios, que el Sr. Beltrán y el Sr. Montero consideraron impresionantes.
Mentira piadosa. Me fue de lo peor en la entrevista, pero Lara no lo sabía. Ella solo se burló, con ese gesto que tienen los que creen que están por encima de ti.
—Casi todas las personas que están aquí son graduadas de una universidad. ¿Qué te hace tan especial?
Y ahí me di cuenta de que si me dejaba llevar por sus juegos, perdía. Así que respiré, le sonreí apenas, y solté:
—Estoy segura de que mi actitud amistosa y mis habilidades de comunicación son lo que me han convertido en la mejor opción frente a los demás candidatos.
Sabía que sonaba trillado, pero funcionó. Porque detrás de su desprecio, sentí algo moverse. Se inclinó hacia mí rabiosa.
—He entregado mi corazón y mi alma a esta empresa. Conozco todos los entresijos de todos los proyectos en los que está trabajando cada persona de esta oficina... y mi hermano te dio MI puesto.
Eso dolía. En ella. No en mí. La entendí. No le quité razón.
—Parece que estás más enfadada con tu hermano que conmigo. Yo también estaría enfadada —le dije. Sin sarcasmo. La miré a los ojos y le hablé sinceridad —. No sé cómo es tu relación familiar, pero yo no soy parte de eso. Solo vine a hacer mi trabajo. Solo te pido una cosa: que me des una oportunidad antes de que me cuelgues en la plaza de los desempleados.
Se levantó con actitud seria.
—Si la cagas una sola vez, me aseguraré de que Adrián hable con sus contactos para que jamas en la vida trabajes en una empresa importante.
Y se fue. Sin mirar atrás.
Yo me desplomé en la silla como si hubiera aguantado la respiración por horas. Escuché a Renata en mi cabeza diciéndome que no dejara que Lara me pasara por encima, pero después de lidiar con Leo, esta mujer era pan comido.
Lara me recordaba un poco a Renata cuando se enojaba. Si pude sobrevivir a ella, tal vez también podría ganarme a Lara. Todo a su tiempo.
Las próximas dos horas eran mías. El infierno de la entrevista había pasado, la fiesta venía después, y yo solo pensaba en estudiar. Tenía tanto atraso que hasta mi bandeja de entrada parecía gritarme. Profesores preocupados, tareas vencidas, todo acumulado.
Les respondí con honestidad: que había tenido un mes difícil, que ahora estaba trabajando en Montero Inc. Esperaba que eso bastara para que no me reventaran.
En dos horas avancé todo lo que pude, no lo hice todo, pero al menos ya no me sentía tan ahogada.
Entonces tocaron la puerta.
No esperaba a nadie. Miré el reloj. Nada agendado.
—Está abierto —dije.
Y entró. Cabello n***o, ojos verdes. Por un segundo creí que era Lara de nuevo, pero no. El pelo era más corto. Los labios, rosa suave. Y ese aire... Adrián Montero. Otra vez él.
Me levanté.
—Hola, señor Montero, es un placer volver a verlo tan pronto —dije.
Se sentó como si estuviera de visita, no como el dueño de todo.
—Solo quería ver cómo estaba y cómo se estaba adaptando.
—Bastante bien, la verdad. He conocido a su equipo, incluida su hermana. Se nota que se preocupa por esta empresa.
Él rió.
—Sí, siempre ha sido muy impulsiva. Espero que no la haya hecho sentir incómoda.
Me encogí de hombros.
—Lo intentó. Pero tengo cosas más importantes que hacer que preocuparme por lo que pasa en la familia Montero.
Él arqueó una ceja.
—¿Como qué?
Tragué saliva. Casi se me escapó la mano al vientre. Pero no. Me controlé.
—Graduarme. Tener un techo. Hacer bien este trabajo.
Me miró de una forma que no supe adivinar. ¿Divertido? ¿Impresionado? Lo odié por eso. Por hacerme sentir nerviosa. Por no poder olvidar aquella noche.
—Lo respeto —dijo.
Ya se iba cuando no pude evitarlo.
—Disculpe, señor...
—¿Sí, señorita Reyes?
Ay, qué vergüenza. Pero ya estaba en eso.
—Gracias. Por darme esta oportunidad. Por entender que necesito tiempo para estudiar. De verdad.
Él me sonrió con esa cara que no le había visto desde aquella noche desgraciada.
—Por supuesto. Sé reconocer lo bueno cuando lo veo.
Y se fue.
Yo me quedé mirando la puerta, enojada conmigo, con él, con todos. Por su sonrisa, por lo que insinuó, por hacerme temblar. Pero también porque, aunque quería odiarlo, no podía evitar querer escuchar su voz un poco más.
"¿Lo bueno?", repetía mi cabeza.
No, Camila. No hay príncipes. No hay cuentos. Solo trabajo. Y al menos este sí te lo pagan bien.
*
Sergio apareció de la nada.
—¡Sí, has venido! Estamos felices de tenerte aquí —me dice, con esa sonrisa y me extiende una copa.
—Gracias, pero paso —le respondí.
—Tranquila, tenemos sidra también —me susurra animándome.
Brindamos. "Por nuevos comienzos". Una frase que sonaba bonita, pero que me daba miedo decir muy fuerte, no fuera que el universo escuchara y se riera en mi cara.
Ya en casa, me quité los zapatos. Me dolia la espalda, las piernas, la cabeza... pero el corazón estaba tranquilo. Eso no me pasaba seguido. Me senté en la cama y justo sonó el teléfono. Renata.
—¿Qué tal te fue? —preguntó.
—Bien... Conocí al equipo. Incluida la hermana de Adrián —le dije.
—Hmm. Bueno, pudo haber sido peor —respondió, con ese tono de que algo anda mal pero no lo quiere decir.
Y sí, algo pasaba. Se notaba en su voz. Y Renata no es de las que se anda con rodeos, así que si no me lo decía, es porque de verdad estaba pasandola mal.
Colgamos, y lo primero que hice fue revisar la cuenta. Diez mil dólares. Ahí estaban. Alivio inmediato. Pagué todo. Casi sentí que podía volver a respirar.
Me metí a la ducha con la intención de no salir hasta que el agua se acabara o hasta que me olvidara de Adrián, lo que pasara primero. Me senté en el piso, y dejé que el agua me cayera como si fuera lluvia tratando de calmar mi mente. Ahora que lo volvia a ver, despertaba en mi, sentimientos que crei que estaban muertos y eso es lo que mas me enoja. Debo de ser fuerte.
Miré mi panza. Le hablé y le dije bajito:
—Si eres niño, te voy a enseñar a ser un hombre de verdad. Uno que ama a una sola mujer. Nada que ver con tu papá.
Salí, me tiré en la cama, mojada y todo, y antes de cerrar los ojos, le dije:
—Buenas noches, amor. Ojalá sepas cuánto te amo, aunque la esté pasando muy mal, tu mamá nunca te va a defraudar.