Marco quería que la reunión con su ministro de hacienda, consejeros y algunos miembros de la nobleza terminara rápido. Si bien era medio día y quedaban muchas horas de trabajo, el rey de Emrystiel quería estar con su esposa y su hija. La pequeña Eirwen, que ya iba a cumplir un mes de nacida, era su obsesión. No quería estar separado de ella por mucho tiempo, y aunque se había tomado una semana de descanso de sus labores apenas la nena nació, en esa semana se había acumulado más el trabajo y ahora él debía trabajar de más y arreglar el desorden causado en esa semana que estuvo ausente. Si bien el reino parecía estar bien a los ojos del pueblo, la verdad es que política y económicamente estaba tambaleando. Las minas ya se estaban quedando sin oro, y era el oro lo que había hecho a Emrystiel

