—¡Ah! ¡Kacchan!
Izuku pareció soltar vapor de su boca, sus mejillas se sonrojaron y sus ojos perdieron la compostura. De pronto, los dedos que acariciaban la garganta treparon hacia la boca y delinearon sus labios, que habían sidos besados esa mañana por su amo que durante el ataque había dicho:
"Te parece bien si limpio tu garganta con mi camisa o prefieres mi v***a".
—¡Kacchan, creo que el único loco soy yo! —exclamó metiéndose los dedos de manera grotesca a la boca.
Metió tres dedos y apretó su boca alrededor imaginando que Katsuki, en otras circunstancias, cumplía con la opción número dos y metía su v***a en lugar de esa camisa sucia. Sacó y metió los dedos con mayor rapidez embarrandose de su saliva cálida. Cerró los ojos dejándose llevar por la fantasía sádica de Katsuki usando su boca como un vertedero de semen.
Imaginó sus embestidas salvajes contra su cavidad bucal, el como su glande forzaba a sus labios a separarse y los abría hasta llegar muy profundo, a la vez, que le escupía palabras humillantes. Tuvo un estremecimiento y sintió un enorme cosquilleo en la entrepierna. Abrió los ojos de golpe y su mirada tímida descendió y confirmó su estado de perturbación.
La tela de su pantalón se estiró a su límite mostrando la curva de su pene marcándose como una serpiente palpitante queriendo salir de la prenda.
—Estoy duro… —comentó afligido como si esa no fuera la primera vez teniendo una erección por su amo.
Izuku miró el crucifijo colgado en una de las paredes, su educación había sido católica y la masturbación era un pecado al igual que la lujuria pero al contrario de sus valores de nacimiento, a su mano no le importó y ya descendía por sus pantalones sin su permiso.
Los dientes del cierre se abrieron como un tiburón, sus dedos prosiguieron a colarse por el hueco del pantalón y su mano al encontrar su carne fálica comenzó a acariciarlo como a un falso ídolo de oro.
—Kacchan jamás había hecho algo así… —gimió con una voz aguda al tironear su pene. —tirarme a la cama con esa fuerza bruta, montarse y enseñarme sus muslos abiertos mientras quería meter algo en mí… ¡Es enfermizo pero cómo podría reaccionar de otra manera al haber tenido un hombre trepado sobre mí!
Mientras se masturbaba repasaba lo sucedido hace minutos. Katsuki no asistió a la escuela fingiendo que estaba enfermo y durmió toda la mañana, a las diez se levantó con resaca y cuando abrió su armario descubriendo el vómito en su camisa favorita esperó furioso a Izuku hasta que llegara de las clases a la una de la tarde.
—¿Todo ese tiempo, estuvo pensando en lo que iba a hacerme? ¿No fue un sueño? ¿De verdad Katsuki quiso meter algo en mi boca y montarse sobre mí? —Izuku comentó con las mejillas coloradas distorsionando la realidad.
El pecoso disfrutó del calor de su mano, jadeó recordando el escalofrío que le causó su mirada iracunda cuando llegó a la habitación, la dominación de ese cuerpo salvaje, sobre todo, la forma de su boca vulgar gritándole a la cara, el aroma de la pasta dental, el brillo de sus labios…
Izuku rodeó su carne excitada y la apretó imaginando meter su pene en aquella boca fea que parecía tan acogedora y calentita.
—¿Por qué Kacchan tuvo que elegir un castigo tan sugestivo!? —reclamó en medio de un largo gemido que provocó que echara la cabeza hacia atrás. —¡Ah! ¡No aguanto!
El pene quería salir al exterior, chorreaba como un helado derretido entre sus dedos. El chico lujurioso caminó a la cama de Katsuki y se desplomó en el edredón púrpura como si cayera a un pozo llenó de vino tinto y se embriagara por completo. La espalda se acomodó sobre el edredón formando sensuales arrugas con el color púrpura. Estando boca arriba y con la mano libre agarró la almohada de su amo e inhaló el aroma a cítricos que dejaba su shampoo. Gimió y mordió la almohada a causa del dolor del pene llenó de sangre.
Desesperado se abrió por completo el pantalón y por fin su pene salió a la intemperie. El viento era fresco y sopló sobre su punta rosada y húmeda que chorreaba líquido preseminal. La dopamina y las hormonas se le subieron al cerebro, lo hizo seguir su instinto de hombre y sus venas hinchadas se marcaron en su pene.
—¡Ah! ¡Soy un torcido! —gimió al ver su órgano s****l tan predispuesto al sexo con un hombre.
Su mano se movió de arriba a abajo con mayor vigor y elevó su cadera. Su pene parecía un obelisco color rojizo entrando en el hueco de su mano.
Izuku se desparramó eufórico en el edredón. Sus cabellos verdes se alborotaron creando estática por el roce, sus muslos se abrieron sensuales, su frente sudaba y su boca abierta soltaba jadeos incitantes. Una arruga se marcó en su ceño reconociendo que moralmente estaba mal excitarse después de sufrir una posible muerte por asfixia. Ni siquiera debía tocarse pensando en el cuerpo de otro hombre. París siempre fue reconocida por una sociedad indecente pero a los ojos de los civilizados Izuku era un sodomita condenado al fuego. Y ese fuego era el mismo que recorría sus muslos gelatinosos y llenaba sus testículos de esperma.
—¡Kacchaaan! —gimió con un tono cariñoso e infantil que contrastaba con el acto.
A continuación su pene escupió un chorro gigante de semen que salpicó su vientre y parte del edredón. Se alzó por los codos y observó cómo su pene tiraba los últimos chorros para después caer a su cuerpo regresando a la normalidad. Volvió a echarse a la cama donde su cuerpo se relajó y su mente divagó.
¿Cuál era el motivo de su excitación tan intensa?
Izuku se cuestionó mirando al techo. Se debía a que ese cuerpo masculino le pertenecía a Katsuki o no importaba quien era el dueño del cuerpo siempre y cuando fuera atractivo. Cualquiera que fuera la respuesta, no iba a denunciar a su amo. Aizawa lo cambiaría de compañero y él quería embriagarse un poco más con su imagen varonil.
Después de calmarse, Izuku se limpió el vientre con la mano y esparció su semen espeso y blanco por el edredón hasta verse como una mancha de humedad. Entonces sonrió por su pequeña travesura, no pensó que si Katsuki identificará que ese olor a molusco era suyo lo jodería más, en cambio, se veía dulce, encantado con sus mejillas abochornadas como si untara miel.
—Kacchan, esta noche dormirás cubierto con mi semen —soltó una sonrisilla aceptando que estaba siendo un chico malo.
De nuevo extendió su cuerpo en la cama como una estrella. Y esperó a Katsuki como un vasallo que espera que lo coja su rey y continuó riendo mientras acariciaba el vientre sintiendo esa extraña semilla creciendo en sus entrañas.
—Si quieres denunciarme ante Aizawa, está bien para mí. No voy a cobrarme el castigo que me impongan… —Katsuki huyó de aquellos ojos verdes que nunca pararon de observarlo.
El rubio estaba perturbado, había percibido que los ojos de Izuku lo juzgaban como si fuera un monstruo, aunque la realidad era diametralmente opuesta. Creyó que esos ojos enormes y del color de un reptil lo despreciaban a tal punto que lo querían lejos, de pronto se sintió arrinconado, sabía que merecía el odio y realmente no le preocupaba el aprecio de su criado, pero su forma de mirarlo tan intensa y penetrante, capaz de perforarle la frente, le disparó un doloroso recuerdo.
Tras haber escapado como un cobarde sin ofrecer una disculpa a su criado, salió con un azote y apoyó su espalda desnuda contra la puerta. Tenía el rostro pálido.
La espalda desnuda se estremeció al sentir la gélida caricia de las molduras de la puerta. El tallado de las hojas de parra, las enredaderas y los racimos de uva evocaban la imagen de un viñedo prohibido al que negaba dándole la espalda, un paraíso sadomasoquista donde el dolor y el placer se fundían en uno solo sin alguna coherencia hasta la muerte.
De golpe, su corazón palpitó acelerado y el sonido del corazón retumbó en sus tímpanos. Sus manos temblaron por el placer de desvivir a Izuku. A Katsuki le parecía una locura y se plantó firme con los pies en el suelo porque sintió que estaba a punto de colapsar. Temía que si volvía a perder los estribos con Izuku, se convertiría nuevamente en un monstruo, tal como su abuela le había gritado un día.
Por un instante sus pupilas se hallaron perdidas mirando al pasillo y a la nada, intentando separarse de la culpa, del placer y del dolor, del trauma… Sin embargo, fue contraproducente porque lo llevó a recordar la vez que mató a un inocente:
—Lo siento… Yo no quería hacerlo… solo quería que se callara pero no pude detenerme —Un Katsuki de cinco años sollozó en la sala de música frente a su imponente abuela.
Katsuki agachó la cabeza y confesó su atroz crimen causado por sus iracundas rabietas. Abrió sus pequeñas manos y enseñó un canario timbrado de plumas verdes que yacía muerto sobre sus palmas, había sido estrangulado con tal fuerza que sus ojos se habían saltado.
La abuela de complexión robusta, tuvo una expresión dura que lo juzgaba como un asesino. Esa mirada roja de desprecio hirió a Katsuki. La mujer de 50 años lució fría y elegante con el cabello recogido, sus perlas adornando su cuello, su vestido n***o y un bastón en la mano. Su porte era digno de su título como la condesa Bakugou. En cambio su nieto había nacido mal y avergonzaba el linaje noble de la familia. Enfadada por el acto bestial, en un segundo, agarró la muñeca de su nieto y con fuerza bruta lo arrastró por las escaleras hasta subir al ático.
—¡No, por favor, abuela! ¡Me portare bien! —Katsuki se aferró a la faldas de la mujer. Tenía miedo al ático pues era oscuro, sucio, solitario y siendo un niño le parecía aterrador. —¡Lo juro! ¡No me encierres otra vez!
Madame Bakugou lo arrojó a dentro y con su cuerpo robusto bloqueó la puerta.
—Por favor, no me odies, abuela… ¿Dime que todavía me quieres? —El niño suplicó su gracia y estiró las faldas de la mujer arrepentido de lo sucedido, como en ocasiones anteriores no sabía porque se había irritado tanto por el canto del pájaro y había actuado de mala manera. Lloró para no perder el aprecio de su única cuidadora pues a sus padres les interesaba poco su existencia. Pero había cruzado un límite.
—Amaba ese canario —explicó la mujer con voz robusta y severa —me lo dio tu abuelo pocos días antes de su fallecimiento y tú sólo lo aplastaste como si fueras un monstruo. ¿Te preguntas si te quiero? —La condesa hizo una pausa para mirar a su nieto con dureza y usando su bastón lo alejó de sus faldas repudiándolo —¡Dispénsame por no amar a una aberración!
La mujer, antes de imponer su castigo, dio un vistazo final a su único nieto, se cuestionaba por qué el heredero de los condes Bakugou había nacido tan defectuoso.
—Vas a matarme un día, niño —Madame Bakugou renegó e ignorando su llanto con indiferencia cerró la puerta con un azote.
El rostro del pequeño Katsuki perdió la luz y las sombras del ático lo devoraron, el olor a ratas lo impregnó y las paredes negras parecieron comprimirse. El niño cayó de rodillas y comenzó a hiperventilar por la sensación de estrechez, a pesar que el ático de la mansión era amplio, se tocó la garganta y estiró una mano hacia la puerta rogándole a su abuela que abriera la puerta, que no lo dejara solo, que lo perdonara. El niño quería ser amado pero ella no volvió a amarlo como antes.
—¡POR DIOS! ¡VÍSTASE!
La voz severa del prefecto Aizawa lo devolvió al presente. El hombre se detuvo en el pasillo frente a él con una cara de pocos amigos.
—¡Estar sin camisa es una falta al código de vestimenta! No importa que sea un reformatorio para varones, está prohibido andar semidesnudo en los pasillos —Aizawa sacó del bolsillo interno de su saco una libreta de reporte y escribió su nombre en ella —¡Póngase una camisa y venga a mi oficina!
Katsuki vio al prefecto avanzar por el pasillo. El hombre tenía el cabello peinado hacia atrás bien encerado en vaselina y el traje n***o impecable, caminaba con la certeza que Katsuki lo seguiría de inmediato o si no con su reloj de bolsillo, contaría los minutos que tardara en llegar a la oficina y cada minuto de retraso hacía que su castigo fuera peor.
—¡Maldita sea! —chasqueó la boca.
El rubio se giró hacia el pomo dorado de la puerta para buscar una camisa, pero sus manos se aferraron a la perilla sin girarla. Si abría la puerta, se encontraría con aquellos ojos redondos, enormes y reptiles que no dejaban de observar y juzgar. Esos ojos verdes que gritaban “monstruo”, no importaba si fuera verdad o no, Katsuki sabía que si Izuku seguía mirándolo de manera penetrante le enfadaría e incitaría a tapar su ojos de mal agüero hasta sacarlos. Definitivamente, no entraría para cometer otro crimen.
Katsuki enchuecó la boca y huyó de ahí, bajó veloz al segundo piso de los dormitorios y se detuvo en la habitación 205. Tocó la puerta a patadas.
—¿Bakugo, qué sucede? —Un chico pelirrojo de aspecto agradable medio abrió la puerta.
—¡Dame tu camisa, Kirishima!
—¡Qué! —exclamó el pelirrojo teniendo la boca repleta de pequeños chocolates rellenos de vodka.
Kirishima era consumidor de vodka, no al whisky, ni al vino u otro alcohol, solo vodka porque decía que los verdaderos hombres debían ser fuertes y robustos como la cualidad del alcohol ruso. A pesar de su preferencia por beber no era un adicto como Katsuki.
—¡Dame tu maldita camisa, cabello de mierda! —ordenó y empujó la puerta con agresividad.
—¿Qué? —dijo pasándose una masilla de puro chocolate —¡No!
—¡Cállate y obedece, idiota!
Katsuki no tuvo opción. De un empujón abrió la puerta, tiró a Kirishima al suelo y forcejeó para quitarle la camisa de botones blanca que llevaba puesta y al conseguirlo de inmediato se la puso.
—¡Qué te ocurre! —El pelirrojo se levantó del suelo —¿Por qué no usas tu propia camisa? ¿Ahora se te dio por robar ropa? ¡Pensé que éramos socios!
—¡No te la estoy robando, retrasado! —Katsuki terminó de abrocharse y le dio un golpe con los dedos en la frente al pelirrojo que era otro criado suyo —¡No chilles! Te la devolveré.
El rubio se fue de un azote.
—¡No te va a salir gratis! —El pelirrojo asomó la cabeza desde su puerta y gritó hacia el corredor —Tendrás que conseguir más vodka.
Katsuki chasqueó la boca aceptando el trato y caminó tratando de triturar el piso del corredor.
—Eso fue raro —dijo Kaminari cuando Kirishima cerró la puerta del dormitorio que compartían.
—¿A qué te refieres?
—¡A Bakugou pidiendo favores! ¿Qué no lo oíste? ¡Dijo que hasta te devolvería la camisa! —comentó el chico de cabello rubio brillante qué también era otro criado bajo la tiranía de Katsuki —Solo le faltó decir "Por favor" para desconocerlo. Creo que ha bebido demasiado chardonnay. —dijo con una mano en la barbilla —Debe de estar enfermo.
—¿Enfermo de qué?
—¡De la decencia y las buenas costumbres! —exclamó indignado y robándose un chocolate de Kirishima lo arrojó al aire y lo atrapó con la boca —Está nueva caballerosidad debe ser un efecto de su nuevo criado. ¿No te has dado cuenta que nos insulta menos desde que ese tal Midoriya llegó? —Kaminari se relajó en la cama y suspiró —¡Ah! ¡Así son las cosas cuando el roto encuentra a su descosido! ¡Un día eres un apasionado francés consumidor de buen vino y al otro día terminas siendo un mojigato inglés bebedor de té!
—¿Cómo salen tantas estupideces sin sentido de tu boca? —Kirishima observó la cara tonta de Kaminari.
—Te quejas de lo que sale pero nunca de lo que metes a mi boca ¿verdad? —Kaminari sonrió coqueto.
Kirishima le devolvió la sonrisa.
—Eres un idiota.
—Pero sabes que lo de Bakugou es cierto…
Horas después, Katsuki se encontraba de pie frente a un pozo séptico; vestía con un overol azul, botas de caucho y un sombrero de paja. Se quitó el sombrero y ventiló el repugnante hedor proveniente de los residuos del antiguo sistema de drenaje que tenía el reformatorio.
—Maldita mierda.
Katsuki se quejó por su situación. El prefecto Aizawa no se le había escapado que había faltado a clases y el sospechoso aroma etílico que apestaba su habitación esa mañana. Así que lo castigó a sacar la porquería de las letrinas.
El rubio refunfuñó mientras se remangaba la camisa. Con un balde en mano, dio un salto al pozo séptico y armado con una pala, comenzó a sacar la mierda en múltiples baldes.
—¡QUÉ PUTA MIERDA! —gritó al sentir cómo el excremento salpicó al arrojarlo con la pala al balde, y unas gotas cayeron en sus brazos.
En ese instante, extrañó la tecnología de la capital con sus luces eléctricas iluminando los bulevares y las tuberías del drenaje pluvial. Sobre todo la opulencia de su mansión en París y los criados que tenía a disposición para hacer las tareas domésticas desagradables mientras que él podía comportarse como un príncipe.
Aunque Izuku creía que Katsuki era un burgués sin modales, un vago y un mal hablado. En realidad provenía de una familia aristócrata y noble que ostentaban el título de condes. La familia Bakugou era inmensamente rica, dueña de una compañía gigante de barcos trasatlánticos, de tierras en el nuevo continente y algunas mansiones más pequeñas por toda Francia que llamaban "casas de campo".
Y Katsuki era el único heredero.
De pie sobre la mierda, el rubio tomó un descanso y se apoyó en la pala, contempló las nubes aborregadas de color naranja y la vista del sol retirándose entre las colinas. Con un suspiro deseo tener un cigarrillo en el bolsillo para darle una calada y olvidarse del hedor. En ese momento, pensó en su antigua vida en París, una vida que no era muy distinta a la que tenía en el reformatorio. Los castigos constantes no eran algo desconocido. Nunca fue un niño normal, su carácter explosivo le había provocado durante su crianza dolores de cabeza a su abuela y ella no se tentaba el corazón al castigarlo. “Vas a matarme un día, niño”. La abuela siempre amenazaba cuando cerraba la puerta del ático y lo dejaba encerrado.
Pasó más horas solo entre la humedad, las ratas y la oscuridad que entre la gente, la luz y la ostentación. Durante el encierro su deseo de ser niño bueno llenaba su corazón como una copa eucarística pero al salir la copa dorada se desbordaba y la violencia afloraba sin su consentimiento.
Pero en su pubertad descubrió una forma interesante de desviar su agresividad.
Una noche a la edad de doce años escapó de casa y llegó al distrito rojo. Las sombras, el vapor de las alcantarillas y los anuncios coloridos colgados en los cabarets y prostíbulos lo atrajeron como las ratas a la peste.
En un maloliente callejón espió a un tipo y vio cómo levantaba el vestido de olanes de una señorita. La señorita estaba empinada y tenía las manos apoyadas en los sucios ladrillos y la cola de la falda subida a su espalda. Su cara era común y corriente, tenía unos bucles en el pelo, sus ojos se marcaban de n***o y el labial rojo sangre estaba corrido a su mejilla por un beso violento. Pronto el hombre susurró cosas desagradables diciéndole que iba a destrozar su coño y su lengua lamió su oído, luego se pegó a su cintura y sacó su falo rojo cubierto de venas y desapareció dentro de ella.
Los ojos de Katsuki se abrieron con sorpresa. Aquello fue como magia.
El chico permaneció de pie y observó el acto s****l por morbo. Nadie le había informado que un acto así era posible. El hombre embistió desde atrás y azotó a la prostituta contra la pared, sin importarle su seguridad. Sacaba su v***a y la metía sin remordimiento mientras la mujer gritaba como si la asesinara. El hombre jadeaba como un toro y ansioso le apretaba las caderas a la mujer para que no se le escapase. El acto era igual de animal a como había visto a los perros montarse en la calle. Esa escena en un rincón maloliente, bélica y sucia era acompañada de gritos, gemidos y jadeos excesivos.
¿Cómo algo que de lejos se miraba asqueroso y violento podía llegar a ser placentero y aceptable?
Esa imagen típica de un cliente con una prostituta lo hizo experimentar la masturbación. Katsuki permaneció oculto en la esquina y sus manos frías liberaron su pequeña erección. El masaje constante lo dirigió al orgasmo. Sus genitales, que hasta ese momento desconocía su uso, respondieron correctamente. El pene escupió semen y de inmediato quedó flácido.
Esa noche había descubierto que el sexo templaba su ira. A partir de ahí cuando la sangre hervía y su furia aumentaba hasta ser incontrolable hacía que el sexo fuera su desahogo. Los siguientes dos años al ser encerrado en el ático y sentirse asfixiado por la habitación. Olvidaba su situación despertando a su único amigo y comenzaba a masturbarse, imaginándose que no estaba ahí y que era amado por alguna señorita en aquel distrito rojo.
A los quince años tuvo su primera vez y fue una experiencia con una señorita de sociedad que había estremecido todo su cuerpo. Después de eso la masturbación ya no fue suficiente y el sexo con una mujer se volvió una necesidad.
Como ya tenía la suficiente altura para verse como un hombre comenzó a ingresar a los bares. Ahí aprendió que bebiendo, su carácter explosivo se transformaba en uno simpático y con la ayuda de su cara bonita y dinero podía llevarse a la cama a cualquier mujer. Las mujeres que entraban a los bares, no eran las más decentes según lo que dictaba la época, pero Katsuki no buscaba decencia en ellas, la mayoría de las veces eran mujeres mayores y algunas estaban casadas y buscaban una aventura.
Así fue como se convirtió en un patán. Follando sin discriminar a ningún tipo de mujer: delgadas, rellenitas, bajas, altas, rubias, morenas, pelirrojas, todas le parecían bonitas. Pronto su reputación en sociedad fue deshonrosa, nada era más repudiado en la sociedad victoriana que la promiscuidad pública aunque de manera privada se llevaban a cabo actos más denigrantes. La abuela lo castigaba en el ático cada vez que no se portaba a la altura del heredero de los condes Bakugou.
“Vas a matarme un día, niño”.
La abuela siempre repetía al cerrar la puerta y abandonandolo con la oscuridad y las ratas.
Pero a Katsuki no le importaba la reputación, la alta sociedad y su doble moral. Al levantarle el castigo, siempre escapaba para hallar nueva compañía. Durante un año se hundió en los excesos del placer sin consecuencias, cada día bebía más chardonnay y cada noche cogía con alguna desconocida hasta que un día la tragedia tocó a su puerta.
Una noche, la abuela después de estallar de coraje por su comportamiento promiscuo, lo encerró bajo llave en el ático y le repitió como siempre: “Vas a matarme un día, niño”. En ese momento la mujer en sus cincuentas, que acostumbraba a vestir de n***o y tenía un porte de hierro, se desplomó tras la puerta.
Katsuki al escuchar su caída, pateó la puerta desesperado para auxiliarla, gritaba agobiado sin saber qué había sucedido. “¡Abuela, abuela!” Empujó con el cuerpo la puerta del ático lastimándose el hombro, sin embargo, tardó minutos en derribarla. Al salir de la oscuridad a la luz, su abuela estaba muerta en el piso. Sus ojos rojos observaron incrédulos como la elegante e imponente madame Bakugou ya no se movía y su mirada quedó fija. A pesar de lo estricta que era y su mirada cruel, la abuela fue la única que le proporcionó amor aunque fuera poco. Ahora se hallaba solo y no quería que ella se fuera, incluso si lo encerraba como a un monstruo, él seguía queriéndola. Katsuki lloró inconsolablemente sintiéndose culpable por su muerte y se despreció a sí mismo. Por esa razón duró un día entero con el cadáver antes de reportarlo a la policía.
A partir de ahí, su comportamiento agresivo empeoró y el chardonnay que tanto bebía su abuela se convirtió en su elixir. Todas las noches se ponía ebrio hasta no saber de él y se acostaba con una mujer, no importaba su cuerpo, su cara o su reputación, si era en un motel, en un carruaje o en un sucio callejón. Solo quería meterla en una v****a acogedora y caliente buscando ese momento en que la mente se nubla durante el orgasmo.
Por el fallecimiento de la abuela, sus padres que se dedicaban a disfrutar de sus viajes al extranjero, olvidando que tenían un hijo, regresaron a París para responsabilizarse y criarlo pero ya era demasiado tarde…
Cuando Katsuki terminó de llenar el último balde de mierda ya era de noche. La expresión en su rostro arrugado reflejaba la frustración de no haber podido fumar ese anhelado cigarrillo pues más tarde no podría hacerlo porque a Izuku le molestaba el humo en la habitación. Nuevamente, su compañero se arraigó en su mente y provocó un gruñido. Izuku era una persona tan rara que había conseguido que pensara en él más veces de las que quería. Se dirigió a darse una ducha. Se quitó el overol y entró a una tina. Se lavó dos veces cada parte del cuerpo y se aseguró de limpiar toda la porquería dejada por las letrinas, incluso se lavó debajo de las uñas. Fue extraordinariamente escrupuloso con su higiene qué parecía un chico preparándose para su primera cita romántica incluso se lavó los dientes y se peinó su cabello espinoso con los dedos.
Katsuki quería estar muy limpio para que su hedor no molestara a su criado entonces se detuvo. ¿Qué mierda estoy haciendo? Se cuestionó al percatarse de su acicalamiento.
—Las cosas han cambiado desde que él llegó —exhaló mientras su flequillo goteaba y sus ojos rojos, reflejaban preocupación en el espejo.
Recordó que después de la asfixia, Izuku mostró un carácter firme que jamás había visto. Esperaba que Izuku ya lo habría denunciado y que en cuanto llegara a la habitación Aizawa estaría allí para castigarlo de nuevo o alargar sus días en la prisión. Su mayor temor era que el castigo fuera una celda de aislamiento. Estar encerrado por días en un lugar oscuro como aquel ático le provocaba escalofríos. No era claustrofóbico pero estar en un lugar atrapado era como revivir la muerte de su abuela.
Sintiendo el peso de la culpa en su espalda se vistió con su ropa para dormir que consistía en unos pantalones holgados y una camisa negra de tirantes. Caminó por el sendero oscuro hasta los dormitorios imaginando el ruido metálico de las celdas de aislamiento, la oscuridad, las ratas, la suciedad y la carencia de alcohol. Se arrepintió de decirle a Izuku que no le importaba que lo denunciara, ni siquiera entendía porque había sido tan considerado.
Cuando llegó a la puerta 308 se tomó un momento para sacudirse el agua del cabello y de manera inconsciente sus dedos otra vez ordenaron su flequillo y se peinó. Abrió la puerta y de pronto se sintió estúpido al toparse con la habitacion iluminada con una lampara de gas a media luz. Izuku dormía plácidamente abrazado a una almohada y la luz cálida pintaba de tonos naranjas los puntos de sus pecas.
—Tanta preocupación por nada —Katsuki se molestó consigo mismo.
La puerta rechinó al cerrarse mientras el fuego se consumía en la lámpara de gas, Katsuki pasó de las frías sombras de la puerta a la calidez de la luz cerca de ambas camas. Izuku dormía en forma de ovillo en la cama izquierda. Enseguida la llama tembló a causa de una ráfaga de aire entrando por la ventana. La luz se reflejó de manera diferente en el rostro de Izuku, quien llevaba puesta una pijama de rayas verdes y se encontraba acurrucado.
¿Cómo un tipo de diecisiete es capaz de mirarse jodidamente tierno?.