Capítulo 6

4950 Palabras
Katsuki tenía un rostro de pocos amigos, jamás había sido un tipo inseguro de su sexualidad, podía admitir cuando había belleza en un hombre sin relacionar alguna atracción. Las facciones de Izuku que eran redondas y suaves, definitivamente, eran tiernas, no era el hombre mas lindo del lugar pero le irritó que luciera demasiado lindo esa noche, sobre todo cuando esa mañana estuvo a punto de matarlo. —No lo entiendo —El rubio se quitó las botas de mala gana y se desplomó en su cama —¿Por qué no fuiste de soplón con Aizawa, Deku? ¡Intente matarte, idiota! Pero mírate ahora estás dormido como un bebé. ¿Qué pasa contigo y esa cabezota de mierda? —se quejó amargado y cruzó los brazos. Katsuki no comprendía el origen de su propio comportamiento agresivo pero se alteraba más al no comprender el comportamiento amable de su criado. Chasqueó la boca con frustración e impulsivamente salió de la cama. Llegó a la cama de Izuku y con mayor interés se inclinó hacia su compañero para contemplar la cara inocente que intentó matar. Los rizos verdes de Izuku eran como una enredadera de espinas, sus pestañas parecían rastrilladas y sus labios semiabiertos eran delgados con un tono de rosa pálido. Todo su cara era delicada incluso sus ronquidos que se oían como suspiros de una chica enamorada. La mirada roja se quedó fija en esa boca rosada y que brillaba como un caramelo por la saliva. ¿Por qué en la mañana se veían de un rojo intenso, cautivadores y apetecibles como los de una mujer? Katsuki recordó sus pensamientos de esa mañana aunque convenientemente su cerebro no lo hizo recordar el momento en que sus labios se unieron a los de su criado. Justificó la confusión de sexos con la terrible borrachera. Izuku era un hombre y aunque aceptaba qué era lindo no se veía como una mujer. —Qué fastidio —dijo molesto por sobrepensar y prefirió dejar pasar las cosas por el bien de su cordura. —¿Llegaste Kacchan? —murmuró Izuku dormido mientras apretó la almohada como si estuviera abrazando a alguien en forma de cuchara. Katsuki se sorprendió por el tono empalagoso de su voz sobre todo por ese nombre. ¡¿Cómo me llamó?! —Kacchan, lo siento pero no tengo las fuerzas para denunciarte... —dijo con los ojos cerrados y se removió en su sueño. —¿Por qué no? Si alguien te intenta matar lo lógico es huir de tu asesino. ¿Por qué te quedarías conmigo? —intervino el rubio con mucha curiosidad. Izuku era intrigante para él tan intrigante como el lado oscuro de la luna. —Sabes sentí placer al asfixiarte. Fue divertido ver como tu rostro cambiaba y se arrugaba, como gemías para salvarte. Eso no está bien ¿Acaso estás loco, Deku? No deberías estar aquí quizás la próxima vez te mate. —¿Sentiste placer por matarme? —Izuku ocultó una sonrisilla en la almohada —Eso no es verdad. Si te pusiste excitado fue por meterme algo en la boca, por someterme en la cama, Kacchan. ¿Te gustan esas cosas? —comentó entre risitas y siguió en el sueño profundo. —¿Gustar? ¿A qué te refieres? —se sobresaltó. —No me excite por llevarte a la cama, si es lo que quieres decir idiota. Izuku comenzó a roncar. Katsuki se levantó y se fue a sentar a la orilla de la otra cama pero insistió y regresó a él. —¡¿A qué te refieres, Deku?! —El rubio sacudió a Izuku del hombro para continuar su soñolienta conversación. —Responde, inútil, es una orden. Katsuki lo volvió a sacudir con mayor fuerza. La cabeza de hierba se cimbró hasta que los párpados de Izuku se abrieron poco a poco mostrando su belleza durmiente. El rubio enmudeció al estar tan cerca de esos enormes ojos verdes que siempre lo miraban de una forma difícil de explicar. En ese momento se miraron débiles y brillaban con lágrimas de sueño. —Qué eres un monstruo como yo... —Izuku susurró medio inconsciente y casi con la cabeza que iba y venía al caer de sueño. Katsuki se echó para atrás por la respuesta. Izuku inconsciente hablaba de su propia monstruosidad, la lujuria desmedida qué Katsuki había despertado, por el otro lado, Katsuki pensó en el monstruo de su ira qué se controlaba solo con el sexo. De pronto Izuku bostezó y Katsuki al ver su boca media abierta le apeteció llenarla. De nuevo imaginó esas cosas extrañas de meterle algo y el rubio alejó sus manos asustadas de los hombros que había sacudido fervientemente. —Katsuki ¿Estás aquí? —Izuku despertó y se quitó las lagañas con cierta ternura. El rubio gruñó, Izuku le hablaba con tanta cortesía como si no hubiera pasado nada y aunque eso era lo que quería de un esclavo, simplemente se molesto por su forma de ser amable y su actitud sumisa y condescendiente. De alguna manera sentía que Izuku podía enseñarle el cuello para tentarlo a que lo ahorcara de nuevo y que esta vez terminará de matarlo solo para inculparlo de su propia muerte. ¿Qué le pasa por la cabeza? ¡Él es la víctima y yo su atacante! ¿En serio no le importó que casi lo mató? ¿Ni una amenaza, enfado o chantaje por lo ocurrido? ¡¿Qué así de simple me va a perdonar?! ¡Maldita sea, quiero estar enojado, quiero que me de un motivo pero no se puede pelear con él! Katsuki se frustraba al no comprender porque ese pecoso era tan paciente hasta límites exagerados y porque él a pesar de escapar del reformatorio a beber y follar últimamente volvía de buen humor al encierro sabiendo que Izuku estaba ahí. En realidad era agradable verlo en el portón esperando su llegada como una abnegada esposa, ni Kaminari, ni Kirishima como sus otros criados hicieron eso por él. Izuku tenía algo especial que ellos no. —¿Ocurre algo malo? —Izuku preguntó al ver a su amo sentado a orillas de su cama, algo que era inusual entonces dirigió su mano y se acercó a tocar la mejilla de Katsuki. —¿Estás bien? —No es nada, inútil —El rubio se levantó antes de que Izuku lo tocara. Katsuki sintiéndose enfadado se quitó la camisa ante esos ojos verdes que lo miraron seducidos por esa piel prohibida después le dirigió una mirada molesta. —¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué no me denunciaste? —Katsuki fue directo, necesitaba despejar la duda. Izuku lo miró desde abajo con esos imponentes ojos verdes. —Porque… —Izuku alargó su respuesta, se quedó pensativo mientras sus manos se volvían puños. —Porque no quiero. —dijo al final y esa respuesta no dejó satisfecho a su amo. —¡Eso no tiene sentido! —Pues el asfixiarme tampoco lo tiene, Kacchan. —Izuku reprochó. Katsuki le dio la razón con un gruñido y se metió a su cama enfadado porque perdió la discusión. Ablandó la almohada con un par de golpes, se echó el edredón encima y cerró los ojos olvidando el asunto. De inmediato respiró un olor raro en el edredón. —¿A qué huele? —arrugó la nariz al no identificar el aroma. Izuku se ocultó travieso en su cama y regresó a abrazar a su almohada escondiendo una sonrisa de placer por aquel olor a semen que dejó y dejaría los siguientes días. Por primera vez sintió el sabor de la victoria. A pesar de que Katsuki e Izuku llevaban tres meses viviendo juntos ambos todavía vivían en sus propias cabezas, tras puertas y candados. Pronto se descubrirían el uno al otro. Quizás un beso dado en una borrachera y meter una camisa vomitada a la boca parecía un inicio demasiado ácido para una historia de amor pero en ocasiones la acidez llega aportar un mejor sabor a un vino demasiado dulce. Un sabor intenso, agudo y punzante en la lengua —¿A esto le llamas un ensayo de ética? Izuku sentado en su cama alzó la vista de manera inocente. Su amo, estando de pie, se le arrugaba el entrecejo cuando pasaba con desprecio las hojas de la tarea que le había hecho. Mirando su cara disgustada esperaba su crítica mordaz. —¿Estás estúpido? —El rubio insultó como de costumbre —A esto le faltan muchas tildes y signos de puntuación. La introducción es simplona, el tema es un cliché que cualquiera extra expondría y lo peor es que tu estilo argumentativo es demasiado condescendiente. ¡Es un asco! ¡Hazlo de nuevo! —¡Pero Kacchan, me llevó toda una noche sin dormir para terminarlo! —Izuku intentó razonar, sin darse cuenta de que había mencionado ese nombre "lindo" que le había dado. Katsuki, que estaba de pie frente a Izuku, arrugó la nariz al oír ese nombre que prefirió ignorar. —¡Esta tarea es una mierda! ¿Acaso no sabes hacer nada bien? Katsuki se encontró en el pasillo entre las dos camas, actuando como un abusador con su víctima. Enrolló su ensayo y golpeó duro la cabeza de su criado con tal fuerza que la movió de un lado. Izuku, sentado al borde de su cama, recibió el golpe sin protestar como si fuera una cosa normal. —T-tal vez no sea el mejor ensayo, Kacchan —Sus piernas se movieron nerviosas y sus manos, en un burdo intentó de detener su ansiedad, comenzó a jugar con sus dedos —pero creo que estas exagerando en los detalles, no pienso que el maestro note la falta de una coma o le importa mucho las ideas complejas sobre cívica y ética cuando eres un… Izuku paró al darse cuenta que estaba a punto de decir algo estúpido. —Qué soy un qué… ? —Katsuki se irritó. Izuku se aferró al borde de su cama deseando responderle: ¡A quién le va importar tu civismo y tu ética, Kacchan, si eres un patán! ¡Yo oíste! ¡Eres un patán, un abusivo y un hijo de puta! Sus ojos verdes parecieron retarlo pero la furiosa mirada roja de su amo se impuso y lo detuvo de esa locura. Izuku bajó la cabeza. Después de masturbarse por primera vez en la cama de su amo, el pecho había notado que su actitud confrontativa aumentó de manera proporcional con la frecuencia de las masturbaciones. Quizás expulsar su semen utilizando la imagen de su amo como si fuera una cualquiera le había quitado la cobardía y otorgado virilidad para protestar, aunque en realidad, las protestas del chico de pecas eran más divagaciones en su mente, murmullos inteligibles y unos cuantos intentos tibios. de argumentar algo hasta que Katsuki lo callaba. —¡Estoy seguro de que podrían darte un ocho, Kacchan! —insistió —¿No podrías conformarte con eso? —Izuku se cuestionó en la mente: "Si eres tan listo entonces ¿por qué no haces tu tarea?" —Además si hago de nuevo tu ensayo, no tendré tiempo para hacer el mío. —Y a mí ¿qué me importa tu tarea? ¡Yo no quiero un ocho! —Katsuki rompió las hojas frente al rostro de su criado sin sentir una pizca de empatía. Izuku vio como toda la lectura y redacción que le había costado una noche en vela terminó hecho trizas. Sintió impotencia y en su cabeza la palabra patán siguió flotando incesantemente. —¡Un ocho es para mediocres! —Katsuki se inclinó hacia su cara y le aparentemente con maldad —A mi me gusta siempre estar arriba, Deku. Izuku se estremeció por completo al escuchar aquel tono grave y rasposo decir esa frase sugestiva, Katsuki se refería al cuadro de honor, Izuku pasó de la tensión a pensar estupideces. Estar arriba parecía la posición ideal de Katsuki, pero en cualquier posición podría verse bien, se dijo mientras que sus mejillas se sonrojaban. —¡Hazlo de nuevo! —Katsuki ordenó y le arrojó los pedazos del ensayo a la cara preguntándose porque de pronto se había sonrojado. De pronto, el rubio estando de pie frente a Izuku, se quitó la camisa negra que usaba de pijama, lo hizo como si Izuku fuera un mueble insignificante. Izuku abrió la boca y se quedó perplejo cuando la camisa subió y le tapó el rostro a ese patán. El torso estirado mostraba cada uno de sus músculos en su esplendor. Las mejillas de Izuku tomaron un tono más rojo. Aún no se acostumbraba a la proporción divina de sus hombros anchos, sus pectorales prominentes y su cintura reducida. Agradeció que su amo siempre llevara los pantalones a la cadera casi a punto de caerse. Mirojear la forma sensual de V qué se marcaba al final de sus abdominales le causaba preguntarse cómo sería su cuerpo inferior, tendría vello en el pubis o era de los que se rasuraba, cual sería el tamaño de su miembro... Al pensar en la forma de su m*****o, el sonrojo se volvió en un ardor en la cara y la canallada anterior ya ni siquiera le importó. —¡Se me olvidaba, Deku no olvides también de lavar mi ropa! —Katsuki terminó de quitarse la camisa y se la arrojó a las manos de su criado. —Si, Kacchan —Izuku de manera disimulada torció la camisa sintiendo en sus yemas el calor corporal que había dejado. El rubio siempre se paseaba sin camisa en la habitación, con los pantalones a punto de caerse de la cadera, que a veces provocaba odiarlo. —¡Qué tanto me ves! —Katsuki reclamó al sentir su mirada brillante y notar su expresión embobada —¿Por qué estás rojo? —dijo gruñón. —P-por nada, Kacchan… —Izuku se sobresaltó y comenzó a balbucear —De repente el calor entró por la ventana y sentí bochorno, no sé, creo que el clima es raro o quizás tengo una condición en las mejillas —dijo incoherente y se ventiló la cara con las manos. Katsuki gruñó por ese nombre cariñoso que no paraba de usar. Volvió a ignorarlo y se retiró de un portazo, no sin antes llamarle estúpido. Inmediatamente que Katsuki fue, Izuku se llevó la camisa a su cara y olfateó el aroma salado de su cuerpo. Se imaginó untarse la piel con su sudor, frotarse contra su pecho, besar sus labios y sentarse sobre sus muslos. Izuku le prometió a su padre que se reformaría pero cómo iba a reformarse si estaba encerrado con un tipo que se la vivía semidesnudo en la habitación. Creía que estar atrapado con semejante Dios griego, cruel y despiadado era un castigo por ser un sodomita. —¡Ah! ¡Pero es un imbécil! —Izuku casi llora al olfatear su perfume de naranja en la camisa mientras su mano derecha se colaba como una devota dentro de su pijama de rayas, acariciando su m*****o como un ídolo. Izuku continuó jugando consigo mismo, despejando el prepucio, acariciando la cabeza descubierta y subiendo y bajando su mano por el tronco tan desesperado como si fuera virgen. Arrugó la nariz porque odiaba la patanería de Katsuki, su actitud abusiva, sus insultos, sus gritos, su malcriadez, su maldita heterosexualidad. Katsuki no tenía ni una pizca de caballero, ni de hombre medio decente que le diera una buena razón para enloquecer y no dejar de pensar en él, sin embargo, estaba buenísimo. Jamás había sentido tanta atracción física por alguien ni siquiera por su ex, era como un diablo, entre más quería evitarlo más lo atraía. Y sabía que eso era igual a problemas. El pecho se levantó de su cama con la erección a punto de reventar y se arrojó a la cama de Katsuki a punto de las lágrimas. Se abrazó al edredón morado y presionó un pedazo de tela entre sus piernas. Tenía una estampida de hormonas que ni rezando el “Padre nuestro” iba a parar. Con sus mejillas rojas y la boca semi abierta se frotó incesantemente contra el edredón como un gato frotándose en una alfombra. —Él es un patán… —Izuku gimió y lloró por placer. Percibiendo el calor en sus muslos y las cosquillas de su próximo orgasmo, no aguantó más y eyaculó de nuevo en el edredón de su amo. Al acabar el contraste del edredón color púrpura y el blanco de su semen fue asqueroso. Izuku se sintió mal. —Y yo soy un idiota —suspiró. Acostado de espaldas observar el crucifijo que colgaba en la pared. Se mantuvo en la cama esperando a que su respiración se regulará y su cuerpo regresará a la normalidad. Sus ojos verdes se fijaron en la cruz y tuvo cierta somnolencia. De pronto su mirada entrasteció. Izuku pensó que después de manchar el edredón de su amo debía sentirse placentero como los días anteriores, solo que esta vez el sentimiento que prevaleció esa mañana fue agridulce. Ya era de noche. Izuku pasó el día entero en la biblioteca para terminar el ensayo de su amo. Entre las mesas y libros, el pecoso era el único que seguía haciendo tarea mientras otros ya estaban en el comedor; vestía el uniforme de traje marrón correctamente, sin embargo, aún no sabía anudarse la corbata que le quedaba torcida. Al escribir el punto final esbozó una sonrisa. Padeció de dedos en gatillo, por sostener el lápiz por largo tiempo. Fatigado se estiró la espalda y sacudió las manos que le dolían. Colocando los brazos en la mesa, recostó la cabeza sobre sus antebrazos y desde ahí miró la llama arder a través del cristal de la lámpara de gas que estaba a su izquierda. La biblioteca se encontró cubierta de tonos naranjas tenues y sombras. El naranja de las lámparas no era suficiente para combatir las sombras de los estantes en cada pasillo, Izuku parecía estar en un cuadro de penumbras. Mientras se concentraba en la llama recordó al padre Yagi parafrasear corintios en la misa de esa mañana: "¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se dejen engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. ¡Y estos eran algunos de ustedes! Pero fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios". El padre, que era una masa de músculos con sotana, enfatizó en su sermón que el hombre puede elegir la vida que quiere tener, que al tomar conciencia de sus propios defectos y sus pecados ya no puede culpar a la ignorancia, a la debilidad, al instinto animal, que tiene la oportunidad de elegir el bien incluso si antes ha elegido el mal. — ¿Entonces elegí el sendero del mal? —Izuku reflexionó pues era consciente de su gusto antinatural hacia los hombres y todos los actos carnales que la iglesia condenaba como la masturbación, el sexo fuera del matrimonio, la sodomía los había cometido con Todoroki. Cuando surgió el nombre de su amante transformó su gesto dulce en uno agrio. Volvió a sentir como sus labios envinados lo besaban en la boca y lo dulce del Pinot noir de su lengua al ingresar, la forma rápida en cómo Todoroki le abría las piernas en la cama y metía su m*****o mientras lo hacía gemir su nombre. Había disfrutado cada segundo de ser sodomizado que siempre pedía más. —Si soy un malvado. El rostro se hundió decaído en sus antebrazos. Si quería cambiar su naturaleza, no se estaba esforzando ni un poco. El pervertir con la mirada a su compañero de prisión no parecía un acto bondadoso, menos manchar de semen su cama y observar de manera depravada como se acostaba a dormir sobre la humedad de su semilla. Esos actos no ayudaron a quitarse de la frente la etiqueta de "criminal". Izuku estaba preocupado por su manía. Su madre le había enseñado que la gente decente no se masturbaba y menos en camas ajenas. Masturbarse era pecado e Izuku parecía no tener límites. —¡Oh Dios, tengo que parar! ¡No volveré a tocarme y correrme sobre su cama! Una parte de Izuku quería ser el "niño bueno de mamá". Inko rezaba por su enderezamiento y se lo hacía saber por medio de sus cartas. Izuku levantó el rostro, golpeó la mesa y se animó a mirar a Katsuki con otros ojos. Sería respetuoso ante la privacidad, como lo es una cama. No volvería a sexualizar a su compañero, lo vería como un ser humano, quizás incluso como un amigo. Sin embargo, se dio cuenta de una verdad: Si estaba en esa biblioteca tétrica era por culpa de los caprichos de su amo. Gracias a él, no entregaría su propio ensayo y su promedio bajaría, algo que a Katsuki le importaba poco, al igual que no le importaba dejar su ropa sucia para que la lavara. El rubio era tan egoísta, que por hacer su tarea seguro recibiría un insulto en lugar de agradecimiento. —Y ¿por qué debo ser quién sea el considerado? ¿Acaso Kacchan se comporta como un caballero? ¿Alguna vez ha hecho algo desinteresado por mí? ¡Es un patán! —Izuku cruzó los brazos con capricho y se hundió en la silla —Él no deja de mirarme como un esclavo y me trata peor que un cubo de basura. Nunca piensa en mí como un ser humano. Tratarlo como un fetiche es justicia. ¡Equilibra la relación! —justificó el proseguir de sus acciones cuestionables. Enseguida el estómago le gruñó y sus pensamientos pararon. Izuku cerró el libro de ética y salió del lugar cargando en un brazo la tarea de su amo y se encaminó al comedor para cenar. Al llegar, como de costumbre Izuku se sentó solo en una mesa del fondo, siempre comía sin compañía a pesar de que otras mesas estaban repletas. Le daba curiosidad como ya tenía tres meses en el reformatorio y no conocía a nadie más que a Katsuki. Ningún otro chico se acercaba a hablarle a pesar de que lo notaban, y aunque intentaba saludar a los chicos que también eran criados, estos temblaban al responderle, parecía que alguien había construido una muralla invisible entre él y los demás. No hubiera recordado ni su propio tono de voz si no fuera por las escasas veces que su amo le dirigió la palabra. De nuevo sus pensamientos se desviaron hacía ese patán. Izuku se resignó a que su mundo giraba alrededor de Katsuki. Llevó su mano sobre su mejilla y recargó su cabeza sobre ella intentando sacarlo de su cabeza. Comenzó a observar a los internos comer el menú de hoy: una sopa de garbanzo y sal, un pedazo de carnero, higos frescos y pan de centeno. El comedor era sonoro e irreverente como la juventud. Los internos conversaban en varios grupos muy definidos, los más idiotas se carcajeaban acerca de la forma de trasero de su pan e intentaban chuparlo como un beso n***o; otros más crueles decían a cual culo se cogerían esa noche apuntando a los internos más débiles en las otras mesas que solo pasaban bocado intimidados; los viciosos se pasaban por debajo de las mesas el contrabando que Katsuki traía de sus salidas y Kirishima y Kaminari distribuían; se pasaban pequeñas botellas de perfume que contenían vino y cigarrillos de tabaco y opio que guardaban en sus bolsillos. Era evidente que Katsuki era una especie de padrino en el lugar. Izuku aprendió rápido que el reformatorio era una especie de reino escondido habitado con la gente más inadaptada que nadie quería y soportaba en el mundo exterior. Y como todo nefasto reino había una jerarquía de poder. Todos los internos tenían un compañero de habitación el cuál la mayoría de veces uno de ellos siempre terminaba siendo el criado y el otro el amo. Ser un amo daba estatus, demostraba masculinidad y fuerza mientras del otro lado ser un criado era degradante y te convertía en un debilucho. Algunos por el aislamiento no les importaba usar a sus criados como sustitutos de una mujer, se los jodían casi a diario y los más perversos hacían intercambios para tener variedad de culos a estrenar. La experiencia de Midoriya no fue tan diferente. Katsuki descubrió que él sería el amo y señor del cuarto. El pecoso no chistó cuando le ordenó a gritos que se encargará de lavar su ropa, planchar su uniforme, lustrar sus zapatos, ordenar las camas, hacer sus tareas y otros trabajos. El prefecto Aizawa advertía a todos los internos de abstenerse a tener relaciones sexuales pero no podía evitar esas actividades que terminaban siendo relaciones forzadas de amo-esclavo, a menos que alguien denunciara, pero nadie se atrevía a ser un soplón. Un soplón era lo más bajo de aquel reino y si alguien lo descubría todos convertían su vida en un infierno. Al final Aizawa no le importaba lo que ocurría dentro de los cuartos siempre y cuando no hubiera motines, el desorden en la escuela y el trabajo en el viñedo no se retrasara que era el verdadero interés de sus superiores. Como el reformatorio era para gente aristócrata, ningún guardia supervisaba las habitaciones a menos que fuera una revisión sorpresa a causa de una denuncia previa. Por consiguiente las habitaciones eran un terreno libre y social pero conflictivo, se jugaba a las cartas, había apuestas absurdas, bebían un montón, se creaban deudas y muchos amos terminaban siendo criados de otros a falta de pago. Al final quien tenía más gente subordinada que le debían favores podría considerarse la indiscutible monarca del reino. Y en ese lugar sólo había un interno que poseía el título de Rey. Mientras sus ojos de jade observaban ese nefasto reino fue inevitable que sus pensamientos otra vez regresaran a Katsuki. A pesar de todas las cosas repugnantes que hacían otros amos a sus criados, Katsuki jamás lo había apostado en las cartas y si lo había apostado jamás había perdido. Jamás intentó sacar provecho de su condición de esclavo para obligarlo a hacerle las tareas a otros como negocio, solo lo mantenía como su servidumbre. Le gritaba, lo insultaba, lo estrujaba, le arrojaba cosas ya veces le pegaba pero jamás usó su fuerza para violarlo u obligarlo a tener relaciones con otros. Mirándolo desde esa perspectiva, Katsuki parecía un Dios benevolente. —Tal vez, Kacchan sí me considera y no me mira como un cubo de basura —Izuku se sintió extraño con su afirmación, remojó su pan en la sopa y su corazón parecía latir ilusionado por su amo, sin embargo, sacudió su cabeza y rechazó esa idea de inmediato. Todos en ese reformatorio eran una bola de inadaptados, borrachos, adictos y depravados en cierta medida. Izuku concluyó que por "ser menos malo" no significaba que Katsuki fuera "bueno". Contemplando como la sopa humedecía su pan y como el color del garbanzo lo iba pintando de amarillo se preguntó si no se volvió un poco como ellos pues lo más sencillo en ese lugar era no tener escrúpulos. Abró la boca y estaba a punto de dar un bocado cuando oyó el sonido de pisadas lodosas tras su espalda y un hedor nauseabundo se metió a las fosas nasales que casi lo hizo vomitar. Katsuki llegó apurado a su mesa y sin preguntar se sentó, estiró su plato, se bebió la sopa de un trago y despedazó la carne de ternero. Izuku se tapó la nariz al igual que sus compañeros de las mesas cercanas. —¡¿Kacchan que haces aquí?! —Izuku presionó su nariz en una pinza y vio al chico que tanto le excitaba con el overol de trabajo cubierto de manchas verdosas repugnantes, el cabello desordenado y la frente brillante. Dio un vistazo hacía atrás y se percató del camino de huellas nauseabundas que dejó desde la puerta. —¿A qué hueles? —¡A mierda de caballo! —respondió el rubio de mal humor y dio un vistazo rápido a su criado al oír otra vez esa forma rara como lo llamaba. ¿De nuevo ese nombrecito? ¡Qué fastidio! Katsuki le dio otra mordida a la carne. Empezó a notar los gestos desagradables y los murmullos de las mesas vecinas, eso bastó para sacarlo de quicio y azotó la madera con su puño haciendo que los platos rebotaran en la mesa. —¡HUELO A MIERDA! ¡SI ALGUIEN TIENE PROBLEMAS CON ESO QUE VENGA Y ME LO DIGA EN LA CARA! —retó a todo el mundo. Izuku tembló nervioso. Todos miraron hacia su mesa apestosa y lo peor eran las huellas verdes de excremento en el pasillo principal que aromatizaban el comedor. —¡Quieren que limpie el piso con sus lenguas! —amenazó el rubio usando un tenedor y las mesas cercanas se mantuvieron mudas. "La bestia del reformatorio", así era como Katsuki era llamado, era respetado no sólo por su carácter explosivo y fuerza física si no por su contrabando. Pocos querían hacerlo molestar o no podrían comprar cigarrillos y alcohol. —Kacchan —Izuku susurró temeroso —. Vuelve a sentarte, por favor. Katsuki volvió a su asiento y le dirigió una mirada a Izuku como si ya estuviera aceptando ese nombre y eso le molesto.
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