Claudia quedó sorprendida al ver la casa a la que la habían llevado. No era una mansión extravagante, como podría haber imaginado viniendo de alguien como él, pero sí era una casa grande, de esas que pocos podrían permitirse. La fachada tenía un diseño elegante y moderno, con paredes de tonos claros, amplias ventanas que dejaban entrar la luz, y un jardín impecablemente cuidado que reflejaba dedicación. Era un espacio que transmitía poder, pero sin ostentación innecesaria.
El interior no decepcionaba. La entrada principal llevaba a un recibidor amplio, con suelos de mármol, una imponente lámpara de cristal colgando del techo y cuadros de arte abstracto que parecían cuidadosamente seleccionados. Desde donde estaba, Claudia podía contar al menos seis habitaciones distribuidas en el segundo piso, a juzgar por las puertas visibles desde el corredor superior. Había un aire de lujo práctico, algo que no buscaba impresionar, sino satisfacer necesidades.
Con Adán todavía dormido en sus brazos, Claudia siguió al hombre que la guiaba a través de la casa. A cada paso, el peso de lo que estaba por suceder se hacía más palpable. Al llegar al recibidor, Ernie, el secretario del hombre, ya los esperaba. Era un hombre de apariencia discreta, con su impecable traje gris y una expresión siempre seria. Cuando sus ojos se encontraron con los de Claudia, le hizo una leve inclinación de cabeza, un gesto que, aunque breve, parecía reconocer su presencia con respeto.
El hombre saludó a Ernie con un breve asentimiento y los condujo a su oficina, un espacio donde, según explicó, trabajaba desde casa cuando era necesario.
La oficina era un reflejo de su dueño: sobria, elegante y profundamente funcional. Las paredes estaban revestidas de madera oscura, con estanterías repletas de libros organizados meticulosamente. Sobre el escritorio de caoba había una laptop cerrada, un portafolios n***o y un bolígrafo de lujo perfectamente alineado. Una amplia ventana detrás del escritorio dejaba ver el jardín trasero, mientras que en un rincón, un minibar discreto exhibía botellas de licor de alta gama. En el centro, dos sillones de cuero n***o flanqueaban una mesa baja de cristal, dándole al espacio un aire más personal y menos corporativo.
El hombre se detuvo junto al sillón y le indicó a Claudia que se sentara. Ella lo hizo con cierta vacilación, aún sosteniendo a Adán, que parecía negarse a separarse de ella incluso mientras dormía. El hombre tomó asiento frente a ella, cruzando las piernas con una calma que contrastaba con la tensión que Claudia sentía.
—Hablemos de lo que sucederá si aceptas casarte conmigo —comenzó él, su voz firme pero no agresiva.
Claudia lo miró, su ceño fruncido. Lo escuchó con atención mientras él desglosaba, con precisión casi contractual, las condiciones de aquel matrimonio que le ofrecía:
—Podrás mantener el apellido que acabas de obtener. Nos casaremos, pero no aceptaré infidelidades. No puedo permitirme que otros vean debilidad en mí. Adán será tu responsabilidad como madre, aunque no exclusivamente. Sé lo que implica cuidar a un niño, así que compartiremos las tareas. Si quieres seguir trabajando, puedes hacerlo. Tendrás una tarjeta mía para cualquier comodidad que necesites. En cuanto a nuestros bienes, podemos decidir si los compartimos o los mantenemos separados, pero quiero dejar algo claro: este matrimonio no se disolverá. No habrá divorcio. Y, por último, deberás acompañarme a todos los eventos sociales que lo requieran.
Claudia lo escuchó en silencio, procesando cada palabra. Había muchas cosas que no le gustaban de aquella propuesta, pero lo que más le molestaba era la falta de opción real. Se sentía atrapada, pero también sabía que, para lograr su objetivo, tenía que aceptar.
—No aceptaré infidelidades de tu parte tampoco —replicó Claudia, con un tono que no dejaba lugar a discusiones—. Si voy a estar atrapada en este matrimonio, quiero tener hijos. Y si eso sucede, quiero que los cuides y los ames, sin importar las circunstancias. No quiero que nuestros hijos sientan lo que yo sentí.
El hombre la miró, sorprendido. Era evidente que no había esperado que Claudia hablara de tener hijos con tanta claridad.
—¿Hijos? —repitió él, con un atisbo de incredulidad.
Claudia asintió, cruzando los brazos mientras seguía:
—Voy a trabajar, sí, pero utilizaré mi propio dinero. Para mí, eso es lo importante. En cuanto a nuestros bienes, prefiero que permanezcan separados. No porque desconfíe de ti, sino porque quiero que lo que tengo sea para mis hijos. Si llegamos a tenerlos, quiero asegurarme de que puedan heredar lo que me pertenece.
Hizo una breve pausa, observando su reacción. Luego continuó, su tono ahora más serio y cargado de significado:
—Y si tenemos hijos, quiero que los cuides, que estés presente para ellos. No quiero que crezcan sintiendo la ausencia de su padre, como yo sentí la de los míos. Si algo me llega a pasar, no quiero que ellos vivan con vacíos o resentimientos. Tienen que saber que son importantes y que son amados.
Desde que decidió retomar las riendas de su vida, Claudia sabía que no podía permitirse más juegos de poder innecesarios. Con esto descarto la idea de trabajar desde abajo en su propia empresa como un experimento para probar a sus empleados. Reconoció que, desde el principio, debía presentarse como la jefa, con toda la autoridad que ese puesto implicaba. Sería directa, clara y transparente sobre su posición.
Víctor permaneció en silencio mientras ella hablaba, sus ojos estudiándola con una intensidad que podría haber intimidado a cualquiera. Pero Claudia no retrocedió, no vaciló. Cuando terminó, él asintió lentamente, como si estuviera procesando cada palabra con cuidado.
—Lo entiendo —dijo finalmente, su voz grave, pero seria—. Mantendremos los bienes separados si eso es lo que deseas. Y me comprometo a estar presente para nuestros hijos, si los tenemos. Pero insisto en que aceptes una tarjeta. Será para los cuidados que necesiten tú y Adán. Úsala como quieras, sin restricciones.
Claudia frunció el ceño, dubitativa. La idea de aceptar algo tan personal de él la incomodaba, pero cuando mencionó a Adán, no pudo evitar reconsiderarlo. El niño dormía plácidamente en sus brazos, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, y ella sabía que lo más importante era garantizar su bienestar.
—Está bien —respondió al final, con un tono resignado—. Pero solo porque es para Adán.
Víctor sonrió, satisfecho, como si hubiera previsto esa respuesta. No insistió más.
En ese momento, Ernie intervino, avanzando hacia ellos con una carpeta en la mano. Su eficiencia parecía no tener límites.
—He preparado el contrato con los ajustes que discutieron —informó mientras colocaba los documentos sobre la mesa—. Si ambos lo firman, lo llevaré al registro civil. Ya está todo arreglado.
Claudia arqueó una ceja, observando el documento frente a ella. Sabía que ese contrato sería mucho más que un simple papel; era un pacto que cambiaría el rumbo de su vida. Sin embargo, no se sorprendió al escuchar que Víctor ya había hecho los arreglos necesarios. Era evidente que era un hombre que no dejaba nada al azar.
Víctor, viendo la duda en su rostro, se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas.
—Tengo contactos. Nadie se atreverá a oponerse —dijo con frialdad, como si fuera un hecho inamovible.
Entonces, como si considerara que ya era el momento adecuado, se recargó en el respaldo del sillón y cruzó los brazos.
—Por cierto —agregó, sus ojos fijos en Claudia—, aún no te he dicho mi nombre.
Claudia levantó la mirada, intrigada. Hasta ese instante, había sido un hombre sin identidad para ella, aunque su aura de poder hablaba por sí sola.
—Víctor Earhart.
El nombre cayó como un peso en el aire. Claudia sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo. Era un nombre que había escuchado en susurros, un nombre que cargaba con el peso de rumores oscuros y un poder que muchos temían.
De repente, todo encajó. Desde que lo vio por primera vez en el hospital, había sentido que ese hombre no era alguien común. Sus movimientos, su autoridad implícita... Ahora lo entendía. Víctor Earhart no solo era influyente; era el hombre más peligroso del país.
El hombre que podía controlar un país y al que todos temían.
Y ahora, sería su esposo.