Capítulo 8

1353 Palabras
Claudia miró su celular con el ceño ligeramente fruncido. La duda se dibujaba en su rostro, no porque no supiera a quién llamar, sino porque ya anticipaba lo que esa conversación implicaría. Daniel siempre había sido su ancla, su guía en los momentos más complicados. Pero también sabía que él era el primero en señalar cuando cometía errores (apoyándola en el momento que fuera necesario para salir de aquellos errores que cometía, al menos aquellos que se podían resolver) para que se diera cuenta que no debía cometer aquellos errores de nuevo, y ahora, después de lo que había hecho, estaba segura de que no se mordería la lengua para criticarla. O amonestarla por su decisión. Suspiró y giró la cabeza hacia la cama donde Adán dormía profundamente, envuelto en las sábanas de la habitación que Víctor le había asignado. A pesar de la calma que desprendía el niño, Claudia no podía evitar sentir el peso de las decisiones que acababa de tomar. El contrato firmado, sellado por un fiscal, lo hacía todo demasiado real. Finalmente, decidió enfrentarse a la llamada. Dudó unos segundos, pero terminó marcando. Apenas sonó una vez antes de que la voz familiar de Daniel contestara. —¿Claudia? ¿Estás bien? —preguntó de inmediato, su tono alerta, casi protector. Ella cerró los ojos, preparándose para lo que venía. —¿Recuerdas esa vez que me dijiste que no hiciera nada estúpido o impulsivo? —comenzó con un tono entre nervioso y resignado—. Bueno… creo que lo hice. Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio que ella conocía bien. Daniel estaba procesando, evaluando. Finalmente, su voz llegó con una mezcla de paciencia y resignación. —…¿Qué hiciste, Claudia? Ella tragó saliva y, después de unos segundos, dejó escapar la verdad: —Estoy casada. Daniel no dijo nada al principio, pero Claudia podía imaginar perfectamente cómo se llevaba una mano al rostro, masajeándose el puente de la nariz, como hacía cada vez que intentaba contenerse. —Ajá —dijo al fin, su tono incrédulo pero calmado—. ¿Con quién, exactamente? Claudia sintió el calor subir a sus mejillas, una reacción extraña para alguien que normalmente se mostraba tan imperturbable. Bajó la voz, casi como si temiera que alguien más la escuchara. —Con… Víctor Earhart. El silencio que siguió fue más largo esta vez, más pesado. Claudia podía casi escuchar la respiración de Daniel al otro lado, mientras intentaba asimilar lo que acababa de escuchar. Finalmente, dejó escapar un suspiro largo y profundo. —Bien. Has tomado tu decisión —dijo con un tono neutral, aunque había una leve nota de cansancio en sus palabras—. Entonces, dime, ¿qué harás ahora? Claudia sintió una oleada de alivio. No había reproches, no había críticas. Daniel siempre había sido así: pragmático, dispuesto a apoyarla incluso cuando no estaba de acuerdo con sus decisiones. —Voy a aprovechar esta oportunidad para seguir con el plan —confesó, su voz firme—. Me he convertido en la esposa de Víctor Earhart y la madre de su hijo, Adán. Esto me dará acceso a los círculos que necesito para seguir adelante con lo que hemos planeado contra mi padre. Daniel asintió desde el otro lado, su voz reflejando comprensión. —De acuerdo. Entonces iré para allá. No importa lo que pase, estaré contigo en esto. Claudia esbozó una pequeña sonrisa. El peso en su pecho disminuyó un poco al escuchar esas palabras. —Te lo agradezco, Daniel. Pero primero, voy a hablar con Víctor. Le avisaré que vendrás y, cuando lo confirme, te enviaré las coordenadas. —Bien. Mantente firme, Claudia. Todo esto será complicado, pero confío en ti. —Gracias, Daniel. Hablamos pronto. Colgó el teléfono y dejó escapar un suspiro largo. La conversación no había sido tan difícil como había temido, pero aún quedaba lo más complicado: explicarle a Víctor que alguien más entraría en su vida. Alguien en quien ella confiaba plenamente. Porque era el hombre que la había criado desde el momento que aquel que se hacía llamar padre (¡Ya no lo era!) la había abandonado a su suerte. Claudia observó a Adan dormido en la cama, su respiración suave y tranquila. Sintió una ligera incomodidad al dejarlo solo, pero necesitaba hablar con Víctor. Caminó hasta la puerta y, antes de abrirla, se detuvo un momento. Frente de ella había alguien, que Claudia le pidió con voz baja pero firme: —¿Podrías vigilar a Adan mientras hablo con Víctor? Si se despierta, avísame. La persona, un hombre de complexión fuerte con una mirada tranquila, asintió sin palabras. —Claro, Claudia. Estaré aquí. Se presentó como Ronnie, y se dirigió hacia la cama para vigilar al pequeño sin hacer ruido. Claudia, aliviada, salió de la habitación y caminó con paso decidido hacia la oficina de Víctor. Cuando llegó a la puerta, no dudó en golpearla suavemente para llamar la atención. No esperó a que Víctor la invitara a entrar; abrió con naturalidad, sabiendo que su presencia no requería formalidades. Víctor estaba ocupado, revisando papeles con expresión concentrada. Al levantar la vista, sus ojos se encontraron con los de Claudia, y ella no vaciló en hablar. —Llegará Daniel. El hombre que, por mucho, es más mi padre que el hombre que me dio la vida. Víctor, entretenido por la declaración de Claudia, dejó escapar una ligera sonrisa. No parecía sorprenderle la audacia en sus palabras. —Está bien —dijo, dejando los papeles a un lado—. Pero espero que sea de confianza. Claudia no dudó ni un segundo en responder. —Lo es. Daniel es de confianza y ahora trabaja para mí. Víctor asintió, aceptando la respuesta, y sin más, le indicó que hablara con Ernie. —Habla con Ernie, él te dará la dirección y se encargará de la llegada de Daniel. Claudia agradeció, a punto de dar la vuelta y salir, cuando Víctor la llamó. —Un momento, Claudia. Ella se detuvo, extrañada, pero obedeció y se acercó hacia él. Sin previo aviso, Víctor tomó su brazo con firmeza y la guió hacia su regazo, haciendo que Claudia, sorprendida, cayera sobre él. La sorpresa fue inmediata, pero lo que siguió no fue tan inesperado. Víctor, con una sonrisa cargada de cierta autoridad, le susurró con tono bajo pero claro: —Ahora que somos esposos, debemos comportarnos como tal. Claudia, sin perder la compostura, lo miró fijamente, sin mostrarse impresionada por su movimiento. Como respuesta a su comentario, ella sonrió con picardía y, sin pensarlo demasiado, se inclinó hacia él y lo besó, desafiando sus expectativas y sorprendiendo incluso a Víctor, quien no pudo ocultar su asombro ante la audacia de la joven. Claudia se separó lentamente y, sonriendo con cierta satisfacción, le dijo, casi en un susurro: —No debiste molestarme. Ahora haré lo mismo. Victor la miró, aún algo desconcertado, mientras su expresión se volvía más intrigada. Sabía que no había sido ella quien realmente estaba perdiendo el control en ese pequeño juego. Claudia, viendo que la sorpresa en el rostro de Víctor aún no se desvanecía, decidió romper el momento con una ligera sonrisa. Se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla, como si intentara aliviar el desconcierto que la situación había causado en él. Con la misma actitud decidida, intentó levantarse de su regazo, pero Víctor no la dejó ir tan fácilmente. Su mano firmemente sujetó su cintura, impidiendo que se apartara. —No deberías jugar con fuego, Claudia —dijo él, su voz baja, cargada de una mezcla de advertencia y una emoción que Claudia no pudo identificar por completo. Ella lo miró, su sonrisa persistente y desafiante, y con una mirada intensa le respondió: —Entonces me quemaré hasta que no quede nada. Esas palabras parecían encender algo en él, algo que ya había estado al borde de explotar. Sin más, Víctor la atrajo hacia él, sus labios encontraron los de Claudia en un beso que ya no era una sorpresa, sino una inevitable consecuencia de todo lo que había sucedido entre ellos.
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