Capítulo 9

1254 Palabras
Daniel llegó a la casa de Víctor Earhart en su característico silencio. Sus pasos eran firmes, seguros, pero su mirada escudriñaba cada detalle de la residencia con cautela. No era una mansión ostentosa, pero sí una casa de gran tamaño, imponente en su arquitectura y, sobre todo, en la sensación de control absoluto que emanaba de ella. Las luces exteriores iluminaban sutilmente el camino, proyectando sombras calculadas en las paredes de piedra. Apenas puso un pie en la entrada, la puerta se abrió sin necesidad de que tocara. Ernie, el siempre impasible secretario de Víctor, lo esperaba con la misma expresión neutral de siempre, aunque en sus ojos había una chispa de reconocimiento. —Señor Daniel —lo saludó con una leve inclinación de cabeza, sin sorpresa alguna—. La señorita Claudia lo está esperando. Daniel asintió con cortesía, sin mostrar emoción. —Llévame con ella. Sin más palabras, Ernie giró sobre sus talones y comenzó a caminar por los pasillos de la casa. Daniel lo siguió en silencio, notando la pulcritud del lugar, la sobriedad en la decoración y la sensación de que cada objeto estaba colocado estratégicamente, sin nada fuera de lugar. No había cuadros familiares ni detalles personales, solo elegancia fría y funcionalidad. —Debo admitir que estoy sorprendido —comentó Daniel de repente, rompiendo el silencio—. No esperaba que me dejaran entrar con tanta facilidad. Ernie no detuvo su paso, pero respondió con calma: —El señor Earhart respeta a las personas en quienes la señorita Claudia confía. No es un hombre que permita a cualquiera entrar en su hogar. Daniel alzó una ceja ante esa afirmación, pero no dijo nada más. Finalmente, llegaron a una puerta de madera oscura. Ernie se detuvo y tocó suavemente antes de abrirla. —Señorita Claudia, su invitado ha llegado. Daniel cruzó el umbral y, en cuanto vio a Claudia de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y el rostro sereno pero tenso, supo que había mucho de qué hablar. Claudia le dedicó una leve sonrisa a Ernie en señal de agradecimiento antes de que él se retirara sin hacer ruido, dejando la habitación en un silencio cómodo pero cargado de significado. Daniel se quedó de pie por un momento, observando la habitación con disimulado interés. No era extravagante, pero sí espaciosa y elegante, decorada con tonos neutros y muebles de calidad. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue la cama donde dormía Adan, envuelto en su manta como si buscara refugio. Cuando volvió la vista hacia Claudia, su expresión se suavizó. —¿Cómo estás? —preguntó en voz baja, con un tono que solo usaba con ella, uno lleno de preocupación genuina. Claudia exhaló despacio, cruzándose de brazos. —No sé si estoy bien del todo… —admitió, bajando la mirada un instante—. Acepté esto sin pensarlo demasiado, pero no me arrepiento. Me convertí en la esposa de Víctor y ahora soy la madre de Adan. Daniel no reaccionó de inmediato. La estudió con esa mirada aguda que siempre tenía cuando intentaba descifrar lo que ella no decía con palabras. —Así que ya se confirmó el matrimonio en el registro civil… —murmuró. Claudia asintió, jugando con sus propios dedos por un instante antes de soltar una pequeña risa sin humor. —Sí. Oficialmente, soy Claudia Gardner de Earhart. Daniel suspiró, pasándose una mano por el cabello. —Nunca imaginé que me llamarías para decirme algo así. —Yo tampoco imaginé que haría algo así. Se miraron en silencio, entendiendo el peso de la situación. Daniel sabía que Claudia nunca hacía nada sin una razón, y si había aceptado esto, era porque lo veía como un camino hacia algo más. Quizás venganza. Quizás algo que ni siquiera ella entendía todavía. Daniel observó a Claudia por un largo momento, como si buscara en su expresión algún rastro de duda o arrepentimiento. Sin embargo, lo único que encontró fue determinación. —¿Y ahora qué? —preguntó finalmente, con los brazos cruzados. Claudia suspiró y se dejó caer en un sillón cercano, acomodándose como si, por primera vez en toda la noche, permitiera que el peso de sus decisiones la alcanzara. —Ahora… no lo sé —confesó—. No puedo echarme atrás, y para ser honesta, no quiero hacerlo. —¿Y qué tal él? —preguntó Daniel, inclinando ligeramente la cabeza con curiosidad—. ¿Víctor? Claudia hizo una mueca, un gesto que parecía ser la mezcla de incomodidad y confusión. Sus mejillas se tiñeron de un ligero color rosado, una reacción involuntaria que no pasó desapercibida para Daniel, quien levantó una ceja, intrigado por su respuesta. —Víctor no es la persona que imaginaba —comenzó Claudia, sus palabras cuidadosas pero sinceras—. Antes de conocerlo, solo tenía su nombre en mi mente, y todo lo que me imaginaba sobre él era completamente distinto. No es el monstruo cruel que pensé que podría ser. Es… calculador, sí. Y sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo. Daniel la observó en silencio, notando que algo había cambiado en su voz, como si estuviera procesando lo que sentía realmente sobre Víctor. Había algo entre ellos, algo que no podía dejar de notar, pero no dijo nada por el momento. Sin embargo, su rostro se volvió serio al instante. —Tienes que tener cuidado, Claudia —dijo, su tono grave—. No dejes que lo que él quiera te destruya en el proceso. Claudia soltó una risa baja, sin humor. —Ya lo sabía, Daniel. Lo supe en el momento que acepté todo esto, sin saber realmente quién era él. Daniel suspiró, pasando una mano por su rostro, como si intentara contener un torrente de emociones que no podía dejar salir. Su preocupación por ella era palpable, aunque intentaba disimularlo. —No te voy a sermonear, porque sé que no serviría de nada. Pero, si este tipo es tan peligroso como dicen, no puedes bajar la guardia ni por un segundo. Claudia lo miró por un momento, absorbiendo sus palabras. A pesar de todo lo que había pasado, no iba a ignorar su advertencia. Asintió lentamente, reconociendo la verdad en lo que decía. —Lo sé. Pero, por ahora, él no es mi enemigo —respondió con firmeza, aunque en su voz había una nota de duda que no quería mostrar. Daniel asintió, pero su rostro seguía sombrío. —No —admitió—. Él no lo es. El silencio llenó la habitación, pesado y lleno de implicaciones no dichas. Ambos sabían que las palabras ya no eran suficientes para expresar todo lo que se tejía en sus pensamientos. Claudia entendía que estaba entrando en un terreno peligroso, un mundo lleno de riesgos, y que un solo error podría costarle más de lo que estaba dispuesta a perder. Sin embargo, también sabía que ya había tomado una decisión, y las piezas del rompecabezas ya no se podían volver a colocar en su lugar original. En ese momento, un suave movimiento en la cama hizo que ambos giraran la cabeza. Adan, que había estado durmiendo plácidamente, se removió entre las sábanas y soltó un pequeño murmullo antes de acomodarse nuevamente en su lugar, sumido en su sueño profundo. Claudia sonrió con ternura al verlo, un recordatorio de la razón por la que había tomado tantas decisiones difíciles. Y, aunque el futuro seguía siendo incierto, por una vez, sentía que tenía algo que proteger, algo que valía la pena arriesgar todo.
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