El comedor irradiaba una sensación de tranquilidad y calidez, con una decoración en tonos suaves y acogedores que envolvía el espacio en una atmósfera serena. La luz tenue resaltaba los detalles de la madera pulida y los adornos sutiles que aportaban un toque hogareño. Era un lugar íntimo, un refugio donde Claudia podía imaginarse a sí misma rodeada solo de su familia, sin la necesidad de fingir ni esforzarse por agradar. Aquí no tenía que temer ser juzgada o atacada por quienes detectaban la más mínima señal de vulnerabilidad.
Desvió la mirada hacia la mesa en la que cenaban. Era una mesa grande, diseñada para ocho personas, de forma rectangular y cubierta por un mantel blanco adornado con delicados bordados dorados que dibujaban flores que le resultaban desconocidas.
No es que tuviera un vasto conocimiento sobre flores, de todos modos.
En el centro de la mesa, más inclinado hacia donde estaban ellos, se disponía una selección de comida deliciosa. Predominaban las verduras y las carnes, con una cantidad mínima de carbohidratos, lo justo y necesario para ellos. Aun así, Claudia tenía la sensación de que sobraría comida, y supuso que sería guardada o quizá entregada a las personas que servían a Víctor.
Se encontraba sentada al lado de su esposo (aún le resultaba extraño llamarlo así; hacía apenas unas horas, seguía siendo soltera), Víctor ocupaba la cabecera de la mesa, dejando en claro que era el dueño de la casa.
Frente a ella, Adán, su nuevo hijo de cuatro años, cenaba con calma. A su lado estaba Daniel, quien había sido invitado a compartir la cena como parte de la familia.
Daniel, según los propios comentarios de Claudia sobre haber sido ella criada por él, tenía una habitación en la casa. No era un cuarto de invitados; en realidad, se encontraba en el ala donde estaban las habitaciones de la familia.
Claudia estaba agradecida por ello.
La cena transcurría en un silencio cómodo, como si ninguno de los presentes quisiera romper la armonía del momento. El aroma de la comida recién servida llenaba el ambiente, y cada bocado deleitaba los paladares sin necesidad de palabras.
No obstante, Víctor fue el primero en quebrar aquella paz.
—Claudia —la llamó mientras cortaba un trozo de carne para Adán. A pesar de tener cuatro años, el niño aún no dominaba bien los cubiertos, especialmente el cuchillo.
Aun así, comía obedientemente las verduras que su padre había dejado en su plato. Cada vez que mordía una, su nariz se arrugaba ligeramente en una mueca de desagrado, pero no se quejaba como otros niños que Claudia había escuchado en el pasado.
Esa pequeña reacción le pareció adorable.
—Víctor —respondió ella, levantando la mirada.
Él dejó la carne en el plato de Adán y dirigió su atención hacia Claudia. Una ligera sonrisa asomaba en sus labios, con un destello de entretenimiento en su expresión.
—Sé que es repentino, pero sería bueno que nos acompañaras al jardín donde va Adán —dijo Víctor. Sus palabras eran corteses, pero había un tono práctico, como si la solicitud fuera algo habitual para él. —Te pondré como apoderada suplente, así las maestras sabrán a quién deben entregar a Adán.
Claudia lo miró, sorprendida, pero lo disimuló rápidamente. No porque estuviera en desacuerdo, sino porque la idea de estar involucrada en la vida escolar de Adán era nueva para ella, un territorio en el que tendría que adentrarse al ser la nueva madre de Adan.
No le sorprendía que Adán estuviera en un jardín, considerando que su padre, con sus constantes viajes y compromisos laborales, rara vez podía pasar tiempo con él.
Supuso que, a partir de ahora, pasaría más tiempo con ella. Tal vez por eso Víctor no había mostrado preocupación ante la idea de que ella comenzara a trabajar.
—Eso estaría bien —respondió Claudia, con un tono sereno que no delataba la sorpresa que sentía por la propuesta—. ¿Y tú qué dices, Adán? ¿Te gustaría que visitara tu jardín?
—¡Sí! ¡Mamá! Te enseñaré mi lugar favorito. ¡Ni siquiera papá sabe sobre él! —exclamó Adán con un tono conspirativo, como si compartiera un secreto importante. Intentó bajar la voz al final de su frase, pero, como todos los niños de su edad, no era capaz de controlar el volumen de su entusiasmo.
Claudia no pudo evitar sonreír ante la inocencia de su ahora hijo, viendo cómo sus ojos brillaban de emoción.
Víctor, por otro lado, reaccionó con una sonrisa de diversión, pero sus labios se crisparon ligeramente, como si la idea de que Adán tuviera un “secreto” que ni él conocía le causara un tanto de entretenimiento.
—¿Ah, no sabes sobre su lugar secreto, Víctor? —preguntó Claudia en tono juguetón, mirando a su esposo con una ligera chispa de burla.
—No, ni siquiera sabía que tenía un lugar secreto. Nunca imaginé que mi propio hijo guardaría algo así de mí, su padre —dijo Víctor, casi con una expresión lastimera, sin preocuparse de que aquellos que apenas lo conocían pudieran ver esta faceta más vulnerable de él.
A pesar de ello, su autoridad paterna no disminuyó ni un poco. Esa ligera apertura solo lo hacía parecer un poco más accesible, pero su postura seguía siendo firme, lo que para Claudia era una escena adorable. Era un detalle sutil, que Claudia percibió de inmediato.
De reojo, Claudia vio a Daniel sonreír entre bocados, como si encontrara algo entrañable en la dinámica familiar que se estaba desarrollando.
Después de la cena, que se convirtió en una constante intervención por parte de Adán, quien no dejaba de comentar sobre las cosas que le gustaban, Claudia se encontró a sí misma en la habitación de Adán.
El niño había elegido un cuento, y ella, con una voz suave y relajante, comenzó a leerle. La escena era casi una repetición de lo que había vivido años atrás con Daniel cuando era más pequeña. Aunque no lo decía en voz alta, había algo en su manera de leer, en la tranquilidad que transmitía, que le recordaba a esos momentos pasados, a la forma en que Daniel, con su propio toque único, solía envolverla con palabras suaves al final del día.
Víctor se encontraba en la puerta de la habitación, observando en silencio mientras Claudia se aseguraba que Adán estuviera realmente profundamente dormido. Finalmente, se acercó al niño, le dio un beso suave en la frente y se despidió con ternura. Víctor repitió el mismo gesto, arropando a su hijo con cuidado antes de dejar encendida una luz tenue. Esa pequeña luz era lo único que ayudaba a Adán a superar el miedo a la oscuridad que, a veces, lo invadía durante la noche.
Cuando Claudia salió de la habitación, le dedicó a Víctor una sonrisa suave, preparada para decirle buenas noches. Él, sin embargo, respondió con una sonrisa más amplia y, antes de que pudiera reaccionar, la besó con profundidad. Fue un beso de buenas noches que dejó a Claudia con las mejillas ligeramente sonrojadas y una sonrisa burlona en el rostro.
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—¿No llegaremos tarde? —preguntó Adán al subir al auto aquella mañana, mirando con algo de preocupación a su alrededor.
Claudia estaba sentada a su lado, sosteniendo una mug térmico con té caliente en el interior. Su rostro, aún marcado por los moretones (camuflado por el maquillaje) y con el alivio del analgésico que había tomado para el dolor, le impedía elegir la opción del café.
—No, estamos como siempre, a la hora —respondió Víctor con una sonrisa divertida, mostrando una versión más relajada de sí mismo cuando se trataba de su hijo.
—Oh, es que quería llegar más temprano… Quería enseñarle mi lugar secreto a mamá —dijo Adán, haciendo un tierno puchero mientras sus ojos brillaban de emoción.
—Puedes hacerlo cualquier otro día, Adán. Hoy necesito que tu mamá me ayude con algo más —contestó Víctor con un tono de autoridad, aunque suavizado por la familiaridad y el cariño.
—Y como tal, tendré más tiempo solo para ti —agregó Claudia con un guiño, lo que hizo reír a Adán, quien se sintió más tranquilo con la promesa de su madre.
Víctor alzo una ceja a su dirección, pero no dijo nada de aquel comentario. Por otro lado, el auto avanzo en dirección al jardín de Adan.