Capítulo 11

1772 Palabras
Al llegar al jardín llamado El Arco Iris, una atmosfera familiar los recibió. En la entrada, las maestras y sus ayudantes recibían a los niños con sonrisas y abrazos, mientras algunos padres intercambiaban palabras amables o chimes recientes para algunos. Sin embargo, para Claudia, esta escena que se mostraba ante sus ojos, fue un golpe suave al corazón. Recordó cuando a esa edad, muy cercana a la edad de Adán, era su madre quien la llevaba al jardín. En la entrada, su madre la llenaba de amor que era casi vergonzoso, besando sus mejillas y abrazándola con adoración y ojos húmedos. Claudia, siendo una niña pequeña, dio por sentado aquel amor otorgado sin condiciones y nunca supo valorar completamente aquellos momentos. Entonces, aquel amor maternal se desvaneció un día, dejándola con una profunda sensación de vació. Una herida que nunca sano por completo por la perdida de su madre. Claudia, como adulta, comprendió, que esos momentos era su madre despidiéndose de ella, de temer no ver más a su adorada hija, y hacerle saber que la amaba. Darle la garantía, que, si un día se iba de su lado, no era culpa de ella. Y ella lo entendió, tarde, pero lo entendió. —¡Mamá! Este es mi jardín —anunció Adán, que con su voz llena de emoción profunda, libero a Claudia de pensamientos más pesados relacionados con el pasado. —Es precioso —comentó Claudia, viendo la fachada decorada como un castillo y dibujos infantiles que atraía visualmente la vista. —¡Lo es! Hay un juego de dinosaurio, parece un brontosaurus, pero es pequeño —dijo rápidamente Adán, haciendo sonreír con suavidad a Claudia, que durante el trayecto había escuchado sobre dinosaurios. ¿Así se había sentido su madre y Daniel al escucharla hablar emocionada sobre pegasos y plantas? Tan desorientados, pero siguiéndole el juego con cariño porque no querían vela triste. Claudia no quería ver triste aquella cara que sonreía y se iluminaba con cada mención y preguntas que ella le hacía. Un niño, sin importar la edad, notaba el interés de un adulto, aunque Claudia no tuvo que fingir el interés. Todo lo que soltaba Adán era interesante. —Adán —llamó Víctor. El mencionado miro a su padre, Claudia no se quedo atrás. Ambos ojos miraron al imperturbable hombre, que por un momento cerro y abrió los ojos con rapidez, que no era más que un parpadeo. —¿Papá? —Es hora de bajar —anunció, aunque en sus ojos había un sentimiento complicado que Claudia trato de comprender. —Oh, si, bajar —el tonó de Adán no sonó entusiasta, entendiendo que no se podía quedar al lado de su madre. —¿Qué tal si te llevo de la mano? —preguntó Claudia con suavidad. —¡Si! ¡Vamos, mamá! —exclamó Adán levantándose del asiento. Víctor dio un suspiro, más cuando Adán se abalanzo hacia él para abrir la puerta del auto, y que, afortunadamente esquivo un golpe que iba directo a la ingle, cambiando la dirección para que golpeara su muslo. Pero Adán no llegó muy lejos cuando manos suaves y firmes lo sostuvieron. Giró la cabeza, notando que era su madre que lo sostenía, que lo miraba sin impresionarse por el actuar impulsivo de Adán. —Adán —llamó Claudia suavemente—. Tienes que tener cuidado, casi lastimas gravemente a tu papá —regaño, que si bien no eran gritos, dejo una impresión más fuerte en el menor —. Debes pensar antes de actuar en estas situaciones. Adán, en el regazo de Claudia, sus labios temblaron y parecía que en cualquier momento iba a llorar, pero Claudia lo atrajo hacia ella con un suspiro en los labios. Ignoro la mirara intensa que le estaba enviando Víctor. —Lo siento, mamá —murmuró Adán, a lo que Claudia acaricio el suave cabello del menor. —Lo sé, pero no es a mi quien debes dar una disculpa —comentó Claudia, disminuyendo el agarre, sabiendo que Adán se alejaría de ella en cualquier momento. Como fue predicho, Adán se alejó lentamente de ella y dirigió sus ojos a su padre, quien había abierto los brazos para recibir a su adorado hijo. Lo cual, Adán no fue lento ni perezoso, y se lanzó con emoción a los brazos de su padre, mientras murmuraba “lo siento”. Los ojos de Víctor, azules, brillaban con reconocimiento. Claudia asintió con la cabeza, entendiendo que, si bien Víctor era severo, no castigaría ni corregiría tales comportamientos de su hijo porque aun tenia un arrepentimiento profundo ligado a la falta de una madre para Adán, permitiendo comportamientos que podrían ser disruptivos, y quedarse hasta la adultez de forma permanente, convirtiendo esto en parte de la personalidad de Adán. Afortunadamente, para Víctor, su hijo no era nada más que un buen niño que estaba aprendiendo a controlarse. Víctor limpio las cara de Adán con un pañuelo, incluso sonando la nariz mocosa que el aparente llanto había ocasionado. Lo hizo con paciencia y ternura, diferente a la vista de un hombre frio y estoico, que era capaz de arruinar la vida de un hombre hasta la desesperación, Entonces, el corazón de Claudia latió al ver la escena cautivadora, dándose cuenta de alfo que no esperaba, comprendiendo lo que estaba api frente a sus ojos. Todo lo que construyo Víctor, fue para su hijo. Un padre devoto. Claudia sonrió suavemente, mientras con sus manos tomaba la mochila de temática de dinosaurios, que era liviana, pero que incluía todo lo necesario para un día en el jardín para Adán. —¿Preparado para ir? —pregunto Claudia, a lo que Adán la miro con sus ojos azules y asintió lentamente, sopesando si esa era su decisión. Claudia se sintió un poco mal al no ver la alegría en la cara de Adán, pero una idea surgió en su cabeza. —Vamos Adán, tienes que ir a ver al brontosaurus —mencionó, a lo que esos ojos se iluminaron de nuevo. —Si, vamos mamá —dijo más calmado, tratando de alejarse de su padre. En un minuto, los tres bajaron del auto. Adán tomando la mano de Claudia y la de Víctor, los dos adultos se miraron en aquel momento, pero escucharon con suma atención lo que decía Adán, volviendo a su entusiasmo normal. Al llegar a la entrada, Víctor y Claudia acompañaron a Adán hasta su maestra, quien tenia una evidente sorpresa en su cara al ver a Víctor y a Adán acompañados por una mujer, más cuando Adán, con toda naturalidad, le estaba tomando de la mano. Ellos hacían un cuadro de una familia, padres dejando a su hijo en el jardín. Algunas madres y padres, incluso tutores de los niños, que se quedaron conversando cerca, no pudieron evitar mirar a la pareja. Sus miradas se dirigían hacia Claudia, una mujer que nunca había estado presente ahí, por lo que esto era diferente a lo que ocurría con normalidad en la rutina que mantenía Víctor. La maestra Laura, cambio la expresión de su cara, recibiendo a Adán con una cálida sonrisa, agachándose a su altura para abrazarlo suavemente cuando Adán se había soltado de ambos, Adán tenía un brillo en los ojos y una risa traviesa, feliz de ver a su maestra y listo para comenzar el día. Después de soltarla, Laura se levantó con la mano sujeta firmemente en la de Adán. Miró al frente, encontrándose con Víctor. Su saludo fue inmediato, con un tono profesional, que mantenía una distancia cortes que reflejaba la relación habitual entre los padres y los maestros. —Buenos días, Víctor —dijo Laura, con una sonrisa amable, pero reservada. Lego, sus ojos se dirigieron a la unica persona que ella no conocía, mirando con un rastro de curiosidad presente. —Buenos días, maestra Laura —dijo con un tono seguro y directo. Aprovechando la ocasión para hacer presentaciones, miro a Claudia —. Claudia, esta es la maestra de Adán, Laura. Luego, se volvió hacía la maestra, agregando: —Claudia es mi esposa. Sorprendida por al noticia, la maestra Laura asintió con una sonrisa cautelosa. —Hola Claudia, encantada de conocerte —saludó cortésmente la maestra. —Igualmente, maestra Laura —respondió Claudia con la misma cortesía. Sin embargo, Claudia miro con atención a la maestra y dio una suave sonrisa encontrando algo ahí en los ojos de la maestrea que trataba de esconder. Victor, ajeno a las miradas, prosiguió cuando vio que las presentaciones habían pasado. —Claudia también será apoderada de Adán. Ella tiene permiso para retirarlo del jardín cuando lo necesite. —Oh, Entiendo que sea la nueva apoderada. Pero, para que todo esté en orden, necesitaré que actualicen la información con la directora del jardín —dijo, aún con una pizca de incertidumbre en la voz en relación a lo que le estaba diciendo. Algo difícil de tragar cuando la situación familiar de uno de sus estudiantes estaba cambiando. —Así se hará, maestra Laura —respondió Víctor con tono firme. En ese momento, sabiendo que lo iban a dejar con su maestra, Adán abrazo las piernas de Claudia, que acarició la cabeza del menor con ternura en sus ojos. Se aferraba a ella, como la primera vez que lo había visto en aquel hospital. Y con el mismo cariño, ella como pudo, se agacho a la altura de Adán. —Cariño, no estés triste —dijo Claudia, llevando una mano a la cara—. Iré por ti después del jardín. —La traeré si es necesario —aseguró Víctor, agachándose para poner una mano en su hombro. Adán levantó la cabeza y sonrió, aunque su rostro aún mostraba un toque de tristeza. —Te prometo que te veré en la tarde, ¿bien? —dijo Claudia, inclinándose para besarle la mejilla. Adán asintió, su rostro iluminándose un poco al sentir el gesto de cariño. Luego, con una pequeña sonrisa traviesa, le susurró: —Te enseñaré mi lugar secreto cuando regrese, mamá. Claudia sonrió, agradecida por esa pequeña chispa de alegría en los ojos de su hijo. —Lo espero con ganas —respondió, acariciando suavemente su cabello. Víctor y Claudia se levantaron lentamente, dándose una última mirada a Adán antes de girarse y comenzar a caminar hacia la dirección, después de dejar a Adán con su maestra, el cual había decidido entrar para ir a buscar a uno de sus compañeros. Sin embargo, al alejarse, la maestra los observo. Un leve suspiro escapó de sus labios y una mirada de anhelo se asomó en su rostro, seguida de un deje de tristeza.
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