Capítulo 1

1674 Palabras
Miró con cuidado el cuadro que estaba en la pared. Era su certificado de título que solo había puesto hace dos días cuando por fin tenía en físico, quiso ponerlo en un lugar especial que pudiera apreciarlo y sentirse realizada después de cinco años. Pero hoy, ese mismo cuadro que tenía el certificado y que el cristal lo protegía, tenía el cristal roto junto con sangre, su sangre. Tan roja, tan hermosa, que, en su momento de opacidad, la apreció por el color. Por su estado de viveza que se moría lentamente hasta secarse y dejar un olor fétido. En ese momento, ella sintió paz. No obstante, una mano tomó su cabello con fuerza y jalo hacia arriba. Ojos negros enloquecidos la saludaron y ella recuperó un poco la conciencia para reunir la sangre en su boca y escupir en la cara que no se esperó esto. Fue soltada mientras el hombre se quejaba en voz alta sobre sus ojos y que la mataría cuando se recuperara. Mala suerte, al menos para el hombre, que ella tenía fuerzas aún para pelear, para sobrevivir y tomó lo primero que vio en el suelo para golpear la cabeza del hombre. Él cayó, ella también cuando sus piernas no pudieron más. Quería cerrar los ojos, lo cual hizo siendo tentada por la oscuridad que la reclamaba. ______ —¡Mamá! Ella se removió un poco cuando escuchó la voz de un niño cerca de su oído. Era un poco molesto, solo un poco porque interrumpió su sueño, y el niño se escuchaba desesperado. Puede que se le partiera un poco el corazón por el niño. ¿Qué debía estar pasando para que un niño llorara de esa forma? —¡Mamá, despierta! Se quejó por un peso en ella, uno que la hizo doler hasta las costillas. Sus ojos marrones se abrieron lentamente para ver a un niño lloroso que sujetaba las sabanas con fuerza y la miraba con miedo y preocupación. A sus ojos, era un niño adorable y Claudia nunca pudo soportar ver a un niño llorar, berrinche o no, ella trataba de hacer sentir mejor a los niños. Hablándole o sacándole una risa. A veces los padres no le gustaba que un extraño se acercara a sus hijos y ella los comprendía, pero no podía dejar de preocuparse por un llanto tan desesperado. Y este niño la necesitaba si lloraba encima de ella, como si fuera su única esperanza. No pudo resistirse porque habría querido lo mismo a su edad. Su mano derecha se extendió para acariciar la mejilla del menor que aun la miraba con lágrimas cayendo. —¿Qué sucede, cariño? —preguntó con una voz dulce, una utilizada en los niños que necesitaban su ayuda en ciertas situaciones y que le daba vergüenza preguntar por ayuda. —¡Mamá! ¡Mamá está despierta! Claudia frunció el ceño. ¿Mamá? ¿La estaba llamando de esa manera? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Acaso se golpeó la cabeza y olvidó que dio a luz? Claudia tuvo miedo porque ella pasara por algo así y no recordar al niño que tuvo. No solo eso, el padre del niño debía estar preocupado. A menos que fuera madre soltera, lo cual ella se inclinaba más por la última. —Adan, déjala —ella saltó un poco al escuchar una voz masculina. Sus ojos miraron a un hombre con traje azul de tres piezas, tenía ojos grises que parecían cansados y falta de brillo que pudo haber asustado a Claudia, excepto que el niño (Adan, se dijo a sí misma) era una copia a carbón de su padre. —¡No! ¡No me separaré de mamá! —dijo el niño aún aferrándose a ella. Hubo un suspiro por parte del hombre, que incluso se llevó una mano al puente de la nariz para masajearlo. —Vas a tener que dejarla, mamá necesita descansar y no lo estará si estás molestando —dijo como si fuera lo más razonable que había dicho. —¡No quiero! Con decisión, el hombre tomó a su hijo a pesar de que se aferraba a ella con fuerza. Claudia estaba bastante exhausta cómo para detener esto, su corazón dolía por el llanto del pequeño y quería arrullar para que no hubiera ningún sollozo. El hombre, cuando por fin tuvo al pequeño en sus brazos, se dirigió a la puerta saliendo y cerrándola detrás de él. Claudia no estaba feliz, estaba impaciente y un poco molesta, lo último que recordaba es que había sido atacada por un hombre cualquiera que había despotricado en voz alta su desagrado hacía ella nombrando a otra persona. Realmente era molesto no saber si tenía una buena memoria, lo cual había sido un miedo constante en su vida. Esperaba que ella hubiera hecho una denuncia, o que si esto no era real, lo haría después de estar más consciente. La puerta se volvió a abrir para dejar ver al hombre que de seguro era el padre del pequeño. —Lo siento por mi hijo, busca a una madre —dijo apenas entró. Claudia frunció el ceño. Entonces significaba que nunca tuvo un hijo y que nunca tuvo una oportunidad con este hombre, aunque tenía sentido, no era lo suficientemente interesante para llamar la atención de alguien destacado que llamaba la atención apenas poner un pie en la habitación. —Comprendo, así que no he perdido la memoria —dijo Claudia. Hizo la cabeza hacia atrás para mirar el techo. Le dolió saber que en realidad no era madre de un niño que la necesitaba desesperadamente. Lo veía e incluso el hombre también sabía que su hijo lo único que quería era una figura femenina en su vida. —No, no lo has hecho, pero quiero pedirte disculpas por lo que sucedió en tu hogar —dijo el hombre con sinceridad. Ella alejó su vista del techo para mirarlo. Había sido atacada apenas llegó a su casa , el hombre que la atacó olía fuertemente a alcohol y había empezado a decir cosas desagradables que solo hizo más firme la decisión de Claudia de defenderse. Nunca se quedaría quieta para dejarse hacer lo que quisiera con ella cuando tenía la posibilidad de defenderse. Si en el transcurso lo mataba, podía alegar defensa propia, lo cual no era tan falso como se explicaba, más cuando no tenía ningún contacto con este hombre. Ahora, si ella hubiera sido inmovilizada, la historia sería diferente. Es la parte en que este hombre pedía disculpas de una situación que no tenía control en sí mismo, ¿Por qué lo estaba haciendo? —¿Por qué te disculpas? —preguntó Claudia con cautela. Con esos mismos ojos grises, tan faltos de emociones, dijo con voz plana: —Era uno de mis hombres. Entrecerró los ojos con un poco de sospecha, pero entonces comprendió por qué estaba aquí con un niño. Estaba limpiando el desastre de uno de sus empleados. Uno bastante agresivo pudo haber quitado la vida de Claudia, y es entonces cuando la cabeza menos atolondrada de Claudia llegó a una conclusión que la espanto. ¡¿Es un mafioso?! Ahora que lo miraba bien, tenía ese porte de elegancia, pero de peligro a su alrededor que hacía ahuyentar y amenazar a los demás. Claudia sin duda estaría intimidada si no fuera porque aún en su torrente sanguíneo había medicamentos que hacía sentir su cabeza como en una nube. O en realidad era lo suficientemente valiente y tonta para enfrentar al hombre. —¿Tu hombre? ¿Perteneciente de una mafia? —preguntó sin importar las consecuencias. El hombre no dijo nada, pero en sus labios se formó una mueca. Claudia pensó que era una sonrisa. —De cualquier modo, pague la cuenta del hospital y se ha mandado a arreglar tu departamento, eso es suficiente para pagar la deuda que dejó uno de mis hombres. Claudia dio un fuerte suspiro. Por supuesto, el dinero lo arreglaba todo y eso la enojaba, ¿Qué hubiera pasado si el hombre cometía lo que iba a hacer? ¿Le darían una suma de dinero para callarla? ¿Le darían esa suma a su padre si ella estuviera muerta? Lo más lógico es que sí, pero su padre no se habría callado y habría demandado hasta encontrar justicia para su hija, aunque solo fuera lo que un padre debía hacer. No era el mejor de todos. —No sé si estar agradecida por eso, encuentro que es un soborno para mantenerme en silencio, o ¿Me equivoco? —preguntó hacia el hombre. —Lo es. ¡Esa osadía! Pensó que trataría de decir que no era así, pero entre palabras lo diría de forma implícita que Claudia captaría, o una amenaza. No de forma directa. —Y ¿Crees que aceptaré todo esto en silencio? —hizo otra pregunta. El hombre frunció el ceño al no estar familiarizado por este nuevo desarrollo. Claudia no se dejaría simplemente porque quería que su agresor estuviera contra las rejas, o muerto. A ella no le importaba como fuera, pero quería el peligro fuera de ella, y de otros que podían ser confundidos durante la borrachera de ese hombre. —Entonces, ¿Qué es lo que quieres? —preguntó el hombre. Ella dio una leve sonrisa, una tortuosa y desagradable que estaba patentada para hechos similares. —Quiero que desaparezca —mencionó con calma—. Tú decides cómo, si en la cárcel o muerto. Sonaba tan diferente a lo que los demás estaban acostumbrados, pero había sido así con aquellos que la lastimaron. Era diferente si los demás veían una parte que solo querían ver y no la otra parte que pertenecía a Claudia. Eso no significaba que era mala, solo más rencorosa de lo normal (con justificaciones). Y estaba con medicamentos que no estaban inhibiendo su habla como normalmente lo hacía. El hombre, sorprendido, soltó una risa de incredulidad. No obstante, no duró mucho y volvió a su estado compuesto de indiferencia y falsa disculpa. —Así será.
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