Capítulo 2

1261 Palabras
Levantó el control para apretar un botón u cambiar el canal. Todos los que estaba en televisión nacional era aburrido, muchas noticia sin importancia para Claudia, y los del cable a pesar de tener mayor variedad, tampoco tenía algo para entretenerla con la simple excepción de los canales de cocina que de algún modo era relajante de ver. No tenía un celular para entretenerse o un libro para mantener la mente ocupada. Estaba tan aburrida que solo tenía una opción que no hacía en mucho tiempo: dormir durante el día. Dormir en el día fue una costumbre que tuvo cuando empezó la universidad. A veces tenía que despertarse a las cinco de la mañana solo para llegar a tiempo a la universidad. El término de la jornada, Claudia caía rendida en la cama u otros lugares de la casa que encontró cómodos para dormir, y si, a veces era el suelo. El cansancio era más psicológico que físico y como tal, también atacaba al cuerpo haciendo que se rindiera durante el día. Si tenía mala suerte, podía dormir en una de las clases. No obstante, desde el momento que terminó la universidad con la preparación final, ya no tenía aquellos problemas. Ella solo debía dormir a la hora correspondiente y tratar de buscar trabajo. En el momento de que quiso cerrar los ojos, la puerta se abrió y solo pudo suspirar. Ella creía que habían tardado demasiado para que se enterara de su situación, de su casi muerte en manos de un loco. —¿Él no vino? —preguntó ella, aunque era más una afirmación a la persona que entró a la habitación. Un hombre de terno que estaba bien arreglado y con sus lentes en su lugar, respondió: —No tenía tiempo —le respondió el hombre. Ella soltó una pequeña risa, aunque se arrepintió cuando sintió dolor. —Nunca tiene tiempo, al menos no para mí —refutó ella con amargura. —Es un hombre muy ocupado el señor Montilla —volvió a responder el hombre. Ella no dijo nada más porque sabía que era una vil mentira. Era lo mismo que le repetía en el momento que su madre murió de cáncer de páncreas, no obstante, ella ya no era la misma niña que se creía tales mentiras y esperaba obedientemente que su padre la visitara. Ni una sola vez vino a verla, solo llamadas tan frías que en su ingenuidad le sacaba una sonrisa. Y ahora estando en el hospital, tampoco se comportaba como un buen padre. —Ocupado —murmuró Claudia—. Tan ocupado que dejo su trabajo para ir a la obra de teatro de su hija predilecta. Y no se refería a ella misma. Su padre había hecho una nueva familia, que si no fuera por los medios, ella no sabría nada. Era peor saber que no pertenecía a esa familia siendo escondida como un sucio secreto. ¿Fue ahí donde se volvió cínica? Era muy pequeña, siete años cuando presentaron por televisión a una bebé con el apellido Montilla. Posiblemente, el comienzo de su retraimiento o tratar de comprar muchas cosas para tapar ese vacío que dejo el abandono, porque esto era un abandono. Dejar a su hija con personas desconocidas y no mirar lo que sucedía, ¿Qué sucedía si sus cuidadores querían ser violentos con ella? ¿Qué pasa si la golpeaban o eran negligentes con ella? Creía que a él ni siquiera le importaba. No, ella ya no le importaba su padre y solo preguntaba para decirse a sí misma que no tenía lugar en la vida de ese hombre. —Ese momento fue único —dijo el hombre, pero Claudia sabía que era mentira. —Faltar un día por el resfriado de su hija —comentó con una ceja alzada, pero ese movimiento dolió. Ella no sabía qué hacer, si reír o llorar. Pidió tantas veces ver a su padre, no obtuvo nada y una nueva hija tenía el privilegio de verlo. Lo llamaba privilegio porque su padre se creía tan importante que seleccionaba a quien ver. Ella no era parte de ese privilegio. —Es un idiota —declaró Claudia. Como tal, el hombre estaba acostumbrada que Claudia menospreciara a su padre. Lo había sido desde que empezó la pubertad. Fue preocupante en un principio porque siempre estaba enojada y gruñía cuando se mencionaba las llamadas del señor Montilla. Hubo veces que fue tan cortante respondiendo en monosílabas o simplemente no respondía las llamadas mirando con una mirada de muerte al mensajero (él) que exigía que contestara. Fue a los diecisiete cuando se calmó, pero nunca abandono la costumbre de menospreciar a su propio padre, a veces con palabras más coloreadas. Era impresionante el resentimiento que sentía Claudia hacia su padre. (Y él no pudo negar que estaría igual si fuera Claudia). —¿Qué está haciendo realmente? —preguntó ella—. Estoy en el hospital y ni un vistazo de él. El hombre solo suspiro. —´Preparando los últimos detalles del cumpleaños número dieciocho de Mariana —respondió sabiendo la reacción de Claudia. Pero fue sorprendido al ver lágrimas cayendo por las mejillas de Claudia y una risa descontrolada. Él no entendió lo que estaba ocurriendo, pero un recuerdo del pasado de una adolescente de dieciocho años que no tuvo nada en su cumpleaños y una cara llena de decepción. —Por supuesto que esa mimada tendría su cumpleaños dieciocho, ¿No es suficiente que lo celebre todos los años? No, por supuesto que no —dijo Claudia con amargura. Se llevó las manos a la cara para limpiar todo aquel rastro de tristeza. Ya había tenido suficiente, lo había postergado por mucho tiempo y era momento de que empezara sus planes. Como no estaba conectada a nada y los medicamentos hacían efectos en algunas partes adoloridas que tendría feos moretones, ella sacó las tapas alertando al hombre que se acercó horrorizado. —¿Qué estás haciendo, Claudia? —preguntó alarmado. —Saliendo de este lugar —respondió Claudia como si fuera lo más obvio. —Todavía no te dan de alta —regaño el hombre. —Daniel, no voy a pasar mi cumpleaños encerrada en esta habitación —expresó Claudia golpeando con esas palabras a hombre mayor. ¿Cómo se había olvidado el cumpleaños de Claudia? Muy sencillo. El señor Montilla prohibió celebración de algún tipo para el cumpleaños de Claudia. Ni siquiera una pequeña reunión o un pastel hecho por una de las cocineras, tampoco recibir regalos. Así fue desde el séptimo cumpleaños de Claudia sin ninguna celebración o felicitaciones por parte del señor Montilla. No era extraño que todos pensaran que odiaba a su propia hija y amaba a sus otras hijas. Una hija ocultada como un sucio secreto. Daniel no pudo evitar aceptar la decisión de Claudia. Había estado cuidando a Claudia desde los seis años, viendo cada fase y limpiando cada herida que se hacía, hablarle sobre “la charla” a una edad que entendiera, o su primera menstruación entrando en pánico porque no sabía cuáles toallas higiénicas elegir. Entonces, no le negaría esto. —Espera aquí, voy a llamar a un médico para que te dé de alta —dijo Daniel hacia Claudia, que se quedó sentada en la orilla mirando con incredulidad al hombre mayor. —¿No estás mintiendo? —preguntó Claudia un poco dudosa. —No, no lo estoy —respondió Daniel con una suave sonrisa. Claudia decidió creerle a Daniel, además si estaba mintiendo, ella podía escapar de forma sencilla del hospital.
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