—¡Aquí, Daniel! —exclamó Claudia levantando la mano cuando Daniel la estaba buscando en las mesas que estaban esparcidas en el patio de comida del Mall.
Por supuesto, aquella acción le hizo doler bastante el brazo. Solo había pasado al menos dos días que fue el ataque, pero ella tenía moretones que ni siquiera había notado, el baño del hospital no había un espejo y supuso que era para las personas que estaban en riesgo suicidas y se le pasaba la idea de romper el vidrio para poder culminar con su vida.
Subestimo también como estaba su cara. Tenía un ojo con moretón y una mejilla magullada que estaba escondida con una gasa. Sus brazos se veían peor a igual que su torso y piernas, incluso le dolía las raíces del cabello, aunque era un dolor sordo que era manejable.
Las personas la miraban como si fuera un animal en exhibición y a veces fruncía el ceño mirando a Daniel. La mente de las personas a veces podían imaginarse muchas cosas que no era, pero ella no los cuestionaba porque ella misma podía sacar la misma conclusión que ellos con solo mirarse a sí misma.
No se veía de buena manera.
Daniel caminó hacia ella con la bandeja en sus manos y la dejó en la mesa. No decía nada por la comida, era el deseo de Claudia de comer comida no saludable y ella amaba este restaurante de comida rápida que no desaprovechó la oportunidad de pedir la mayor cantidad posible que pudiera comer.
Sonrió contenta sabiendo cuál era su orden y empezó a sacar la comida con una habilidad que contrariaba con la imagen que tenía.
—¿Los analgésicos están funcionando? —preguntó Daniel viendo cómo Claudia abría una hamburguesa y agregaba las salsas.
—Sí, funcionan muy bien —respondió Claudia con satisfacción de ver la mezcla de colores en la hamburguesa.
—Entonces, no quiero arruinar tu día, pero ¿Quién pagó el hospital? —cuestionó Daniel tomando una papa de su porción y untarla en el pote con mostaza.
—Oh, es un tipo que tuvo pena de mi situación —contestó Claudia haciendo que Daniel frunciera el ceño.
—Hay algo que no me estás diciendo, ¿No?
—Puede ser —dijo ella de forma esquiva. Daniel solo suspiro.
Claudia no quería decir lo que estaba ocurriendo, entonces no había posibilidad de saber la verdad. O al menos de forma tradicional de sacarle la información, sin embargo, el hospital debía de tener el registro de la persona que pagó la cuenta del hospital. Era interesante como este hombre pago, más por una persona desconocida, excepto si estuviera de forma compensando aquel ataque.
Lo más posible que estuviera relacionado directamente.
—Está bien, no insistiré, pero si es algo peligroso, debes decírmelo Claudia —mencionó Daniel con preocupación.
Él había generado preocupación genuina por la niña que había criado. Ambos sabían que se trataban más como padre e hija, que llegaban a un punto de entendimiento por lo que habían pasado todos estos años. Claudia incluso consideraba un padre a Daniel, aquel que no la había abandonado para crear una familia perfecta y jugar a las casitas con la posible mujer que engañó con su madre antes de que esta cayera en cama y muriera.
Dejó esos pensamientos de lado, tratando de no amargar su estado de ánimo, más que nada por ser su cumpleaños número 25. Pasaría este cumpleaños como quisiera, más que nada porque sentía que en cualquier momento su aparente padre (solo de nombre) ya no trataría de “cuidarla” más.
Era bueno que su madre le hubiera dado su parte en el momento que escribió el testamento, sabiendo de la verdad de su padre y no darle la satisfacción de quedarse con todo lo que ella poseía. Su madre nunca la dejaría sin nada, la amo hasta el último momento de su vida.
Pasó por muchos lados después de terminar su comida. Desde entrar al cine hasta caminar unos quince minutos para llegar a un parque de diversiones que estaba abierto todo el año. Era el mejor cumpleaños que había tenido en su vida, o al menos el que ella recordaba con todo este tiempo de sin celebración.
Después de muchos años, ella disfrutó de su cumpleaños.
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Ojos azules miraron la cara durmiente de su hijo cuando este estaba tan cansado de correr durante el día o llorar por la mujer que había visto en el hospital.
Su hijo Adan estaba acostumbrado a apegarse a las figuras femeninas desde el momento que fue abandonado por su propia madre, figuras femeninas parecidas en apariencia a la mujer que se alejó de él por el miedo de esta vida tan peligrosa que tenía. A veces él mismo sentía que debía alejar a su hijo de esto y ponerlo seguro.
Pero era un hombre egoísta que necesitaba de su consuelo en su hijo.
No obstante, estaba sorprendido de que su hijo se apegó a una mujer que era todo lo contrario a la imagen de la mujer que lo dio a luz. La mujer que lo abandonó era rubia (natural) de ojos grises, bastante delgada y superficial en el físico. La única manera que se casó con ella había sido por su padre que arregló este matrimonio, pero como la mayoría de matrimonios arreglados, no funcionó. La mujer dio a luz y lo crió hasta cierta edad, se divorció y se fue sin mirar atrás.
No había amor, pero se enfadó cuando una madre era capaz de abandonar a su hijo. Hizo todo lo posible para que esa mujer no viniera en el futuro exigiendo a su hijo como una moneda de cambio para tener dinero. Él tenía la custodia de Adan.
Pero la mujer del hospital era simple, pero bonita. De cabello castaño y ojos marrones, sin embargo, su cara cambiaba tan suavemente cuando trato de forma tan amable a su hijo que no pudo evitar quedarse quieto admirando la vista y haciendo que su corazón doliera por no darle aquella suavidad que necesitaba su hijo.
Se preguntó si era suficiente para su hijo.
Levantó la vista del portátil cuando escuchó como la puerta se cerraba suavemente. No habían golpeado, no cuando había un cartel de “no golpear, bebé durmiendo” puesto en la puerta desde el momento que Adan se quedó dormido y no pudo transportarlo a la habitación solo porque su hijo se despertaría para exigir su presencia y volverse pegajoso con él haciendo imposible terminar el trabajo y tener tiempo después para pasarlo con su hijo.
Era bueno que tuviera un rincón dedicado cien por ciento a su hijo con mantas y cojines, donde su hijo ya sabía que se podía quedar dormido.
Quien había entrado a la habitación era Ernie, su aparente secretario que era capaz de todas las áreas posibles. Desde investigación hasta ser capaz de desaparecer un cadáver sin que nadie sospechara. Estaba satisfecho por tener alguien capaz a su lado, era un complemento junto con sus otros subordinados que eran fieles a él, en especial desde el nacimiento de Adan que se volvieron bastantes protectores.
Ernie se acercó a él con pasos seguros, pero no emitiendo sonido alguno, algo que perfeccionó durante años. En su mano tenía una tablet que trabajaba con ella, en especial cuando necesitaba enviar información de forma rápida.
—Su nombre es Claudia Montilla —mencionó Ernie en un susurro mientras desbloqueaba la tablet.
Victor se inclinó en la silla cuando aquel apellido le hizo fruncir el ceño. Sería demasiada coincidencia que estuviera relacionada con ese horrible hombre y su detestable familia.
—¿Alguna relación con Albert Montilla? —preguntó en el mismo tono que Ernie.
—Su hija, en realidad —confesó Ernie con el ceño fruncido.
Y Victor se sorprendió. Por lo que sabía, Albert Montilla tenía tres hijas que estaban mimadas, cada una peor que la otra, pero la mujer, a pesar de la apariencia joven, era más grande que la aparente primera hija de Montilla. Y su apariencia no era nada en comparación con las otras que parecían una copia de su madre, una mujer que tuvo el desafortunado placer de conocerla.
—¿Hija?
—La mayor, tiene veinticinco años y con título universitario en administración —continuó Ernie leyendo la información de la tablet—. Hija del primer matrimonio que tuvo antes, que no hizo público, y que no vive con ellos desde los seis años, siendo escondida como un secreto, de acuerdo con los antiguos trabajadores de la casa.
Eso era un abandono. Él no podrá encontrarse capaz de abandonar a su hijo solo por hacer otra familia y hacerse sentir mejor. Esos hombres así, incluso mujeres, no merecían ser padres. No le impresionaba lo rencorosa que era aquella mujer, en especial porque tuvo que cumplir con su palabra, cuando su padre literalmente la había abandonado y nadie sabía de su existencia.
—Así que ese viejo tiene una hija escondida, ¿Qué pensaría aquella familia que tiene? —preguntó con burla.
Oh, le encantaría ver aquellas caras cuando se enteraran de que había una hija legítima que escondió solo por querer olvidar ese pasado. Deshaciéndose de ella como basura.
Qué grandioso sería y si había adivinado bien, ella querría hacer todo el trabajo para sentirse satisfecha.
—Si me disculpa, señor —llamó Ernie haciendo que Victor saliera de sus pensamientos—. ¿Qué quiere que hagamos con esto?
Sus ojos miraron a su hijo que dormían plácidamente y solo llegó a una conclusión.
—Encontrarle una madre a mi hijo.