Capítulo 4

1302 Palabras
Claudia no tenía la necesidad de trabajar. El dinero dejado por su madre era suficiente para vivir cien vidas, pero eso no era suficiente para ella. Podría vivir una vida tranquila sin trabajar, sin hacer nada, pero alguien que se esforzó en los años de la carrera que sacó, estar un día sin hacer nada, la llenaba de ansiedad. Agregando el hecho de que estaba un poco golpeada, eso no ayudaba a encontrar trabajo. Y tal vez debería enfocarse en las empresas que su madre dejó, pero se le había ocurrido una idea bastante divertida. Una que dejaría a todos impresionados por la verdad. Una que haría conocer las caras de todos. Trabajar desde cero en una de las empresas. En otras palabras, empezar de abajo y ver cómo eran las personas que trabajaban para ella. Si valía la pena tenerlos como compañeros de trabajo, aunque sabía muy bien que era un mercado bastante competitivo, más cuando estaba relacionado con el mundo de la estética. Su madre era bastante inteligente, que si bien venía de su familia, ella lo desarrolló a tal punto que fue un éxito mundial. El nombre Keira Ward era conocido por todo el mundo. ¿Sería bueno que ella fuera a revolver el gallinero? Si, tal vez de esa manera aprenda más sobre el negocio familiar y no tendría aduladores pululando alrededor de ella. Y las desagradables propuestas, que si bien no era tan bonita, la riqueza que ella representaba era suficiente para llamar la atención. Eso no era para nada agradable. Su celular, o al menos que Daniel le había dejado para esperar las llamadas de un hombre que ella ni siquiera quería ver en pintura, sonó. Fue como un llamado que esperaba, uno que había tardado más de lo que esperaba y cuando vio el identificador, supo que aquel hombre rompería cualquier vínculo frágil que tuvieran. Imbécil. Pero era mejor contestar para terminar de una vez todo. —Buenos días —saludó ella apenas deslizó el dedo hacia arriba. Su voz había sonado indiferente, no es como si le importara más a este padre ausente. — “Es bueno que hayas respondido, Claudia” —contestó la otra persona, pero Claudia se llenó de incredulidad. Sonaba tan prepotente que no había duda que pensaba que él era lo más importante en el mundo. Se sintió desagradable tener un padre así, no era de extrañar que la quisiera fuera de su vida si necesitaba a alguien alabar su ego. —Simplemente fue coincidencia que quisiera contestar —respondió ella con burla—. Y me impresiona que hayas llamado, ¿Te has acordado de mi cumpleaños después de todos estos años, padre? —”Cuida tu lengua, pequeña malagradecida”. Claudia chasqueó la lengua sabiendo que era algo que su padre odiaba y no pudo evitar sentirse entretenida de provocar a este hombre. Si él no tenía respeto por ella, ella tampoco tendría respeto por él. —Está bien donde se encuentra, padre —cada vez que decía la palabra “padre”, estaba cargada de odio y burla, que sería impresionante que la otra persona no lo notara. —”No sé porqué pierdo el tiempo contigo, eres igual de desagradable que tu madre, al menos ella hizo algo bueno y se murió de una vez” Cuando esas palabras fueron arrojadas al oído de Claudia, ella no pudo evitar enojarse, pero era una ira fría. Esto lo habían mencionado con anterioridad, de lo aliviado que se sentía al estar fuera de un matrimonio que no quería, de librarse de cada una de sus cadenas, pero que quedaba uno y eso era ella. Y ella sabía que había una manera de deshacerse de ella, aunque no era posible hacerlo cuando aún pensaba que era capaz de manipular la para que le entregara la empresa en bandeja de plata. Ni en sus más salvajes sueños. —Habla de una vez, Albert. Hubo una pausa. Era la sorpresa que se llevó el hombre cuando ella lo llamó por su nombre, lo cual no había hecho en toda su vida porque aún quería recalcar que él era su padre y tenía un deber con ella. Solo que aquel comentario rompió cualquier impresión que daba, cualquier vínculo frágil que había. Aclarando la garganta, Albert continuo: —”Como sabes, ya tienes edad suficiente para cuidarte, por lo que se ha decidido que cualquier contacto que haya, debe terminar de una vez y también el apellido que te he dado, no lo mereces”. Claudia miró a la ventana del departamento. Ella estaba pensando que era momento de cambiarse, incluso cambiar el apellido que tenía con el de su madre, un pensamiento que había estado creciendo en ella en el momento que se plantó la semilla de lo que representaba el apellido de su padre. —”Así que, no nos veremos más, Claudia, ya no eres perteneciente de la familia” Y soltó una pequeña risa. —Nunca fui de la familia, espero que hayas vivido bien tu vida, Albert — “porque yo la destruiré, como lo hiciste con mi mamá” pensó Claudia cortando sin piedad la llamada. Y en un arranque de ira, lanzó el celular a una pared haciendo que este se desarmara con la fuerza que fue lanzado. Vio el celular destruido y pensó que así había terminado el vínculo que tenía con su padre, no, con el señor Montilla, pero que también así destruiría el palacio de cristal que él construyó con mentiras. Después de todo, aquella familia no sabía de ella. Ella tomó su propio celular, uno más avanzado que el frágil celular que le dieron para las llamadas “especiales” y marcó el número que sabía incluso de memoria. Cuando este fue contestado en el tercer tono, ella dijo: —Te necesito, Daniel. ________ Daniel estaba preocupado. Hace unos segundo atrás había sido despedido por el señor Montilla cuando ya no era requerido sus servicios en el cuidado de una niña que no quería en su vida. Tenía una mente que planeaba hacía el futuro, por lo que tenía ahorros lo suficiente para vivir una vida plácida y sin ningún problema económico. Pero él estaba preocupado de la niña que ayudó a criar, porque esto solo significaba una cosa. El señor Montilla cortó los lazos. Claudia debía estar desamparada. Aunque ella dijera que no quería a su padre, en el fondo aún esperaba a aquel hombre que representó la esperanza de una familia. Y la corta llamada de Claudia se lo confirmó. Por lo que se subió a su auto y se dirigió al departamento de Claudia, donde debía ser un desastre. Claro, Daniel no pensó que en realidad Claudia estaba feliz de este momento, de aquel que había esperado por años para comenzar una venganza lenta hacía el infeliz que una vez llamó padre. Que al desligarse de los vínculos familiares, era libre de hacer lo que quisiera y no sentiría culpa alguna, ni siquiera por las hermanas que tenía. Ellas no valían la pena de crear un vínculo. Se reirían de ella y la tratarían como mierda en sus zapatos. El encuentro que tuvo Mariana solo fue una confirmación de lo que era aquellas chicas mimadas. Daniel llegó al departamento y al entrar con la llave de repuesto, se llevó la sorpresa de que el departamento estaba intacto con excepción de trozos de lo que fue un celular. Era lo único que se había llevado la ira de Claudia, pero por lo demás, se veía relajada y estaba en la cocina tomando una taza de té. —Hey, Daniel, ¿Quieres trabajar para mi? —preguntó Claudia apenas lo vio. Daniel, que estaba anonadado, solo respondió: —Si. Y hubo una sonrisa por parte de Claudia.
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