De vuelta al juzgado mi cerebro era un órgano con decisión propia y por más que mi conciencia me dijera que siguiera enfadado, que dejara las cosas como estaban, mi cerebro me orillaba al borde, siempre al borde, por ello cuando llegué a la oficina y la vi sentada en su escritorio con un montón de casos encima de la mesa, me quedé mirándola, tan ella, tan suya, tan malditamente hermosa. Miré a mi alrededor y todo lo que pensaba hacer se vino abajo, en la oficina había más asistentes de otros jueces, así que tenía que disimular. —A mi oficina, ahora. —pedí deteniéndome un segundo delante de su mesa. No esperé que me respondiera, era una orden, no se lo había pedido de favor. Me dirigí a mi oficina, dejé la chaqueta en su lugar, y me senté a esperarla. —Dígame. —dijo mirándome. Estaba de p

