Esa noche, Alice y Dere estaban en la terraza de la mansión Salvaterra. La brisa fresca movía las cortinas blancas y el aroma del mar llegaba hasta ellos. Alice lo miró con seriedad, con esa curiosidad que siempre la caracterizaba cuando quería entender más sobre él. —Dere, nunca me has hablado mucho de tu familia. ¿Por qué solo tú eres el heredero de la fortuna Ferrer? ¿Qué pasa con tu hermana Victoria y su hijo? —preguntó Alice, con el ceño fruncido. Dere suspiró, apoyando los codos sobre la baranda, mirando la luna reflejada en el agua. Se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera buscando las palabras adecuadas para responder. —Porque Victoria no es hija de mi padre —dijo al fin, con voz baja pero firme—. Ella es hija de otro hombre. Mi madre quedó embarazada de ella antes

