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2051 Palabras
Esteban se preparaba para salir hacia la casa de Mónica, cuando recibió la inesperada visita de su amigo Edgar, quien vestía su uniforme de colegio y se encontraba un poco agitado, debido a que había recorrido a pie la distancia que separaba las dos viviendas. Cuando Esteban lo vio entrar lo hizo seguir al estudio, en donde se acomodaron frente a la ventana que daba al jardín. –Yo pensé que se había olvidado del camino para venir por estos lados; como ahora se la pasa con Marcelita –dijo Esteban en tono de burla. –Usted es el que no sale de la casa de ellas –dijo Edgar. –No ve que mañana es la audición y nos ha tocado practicar todos estos días. –Sí me contó Marce. ¿Y si les ha rendido? –Bastante, ya casi está lista. Hoy vamos a hacer la parte del arpa, y una canción que le falta para lo de la voz. –– ¿Y cómo la ve? –preguntó Edgar. – ¡Divina! –respondió Esteban con una sonrisa. –No, pues me imagino, casi tan divina como Marcela. –Ya quisiera usted… –Ahora me va a decir que Marce no está como quiere… –dijo Edgar. –Pues sí, Marcela está bien… pero no tiene los ojos de Mónica. –Yo sé, pero es más mujer… –Claro, no ve que es casi dos años mayor, y como a usted le gustan las veteranas. –Seguro, sobre todo veterana una vieja de mi edad –dijo Edgar. –Ahora va a decir que no es mayor que usted. –Pero por tres meses no más, así que estamos parejitos. – ¿Verdad?, yo pensaba que le llevaba más. –Nooo… solo tres meses, seis días, cuatro horas y veintidós minutos. –Menos mal no ha hecho las cuentas exactas –dijo Esteban en tono de burla. –Toca… cuando uno está realmente comprometido. – ¿Comprometido?, ¿y cuándo se casan? –Cuando empiece a ganar el mismo billete que usted se va a ganar con Los Cuarenta. –Yo si le dije a usted que practicara más seguido las maracas, pero como le dio pereza… –Muy chistosito… pero sí o no que Marce está preciosa… – ¡Uy!, pero que traga. –Miren quien habla –dijo Edgar con una sonrisa burlona. –Es que lo mío ya es una institución. –Institución que se le va a des instituir si no se pone las pilas. – ¿Cómo así? –preguntó Esteban en tono serio. –Pues por eso vine a hablarle, precisamente. Lo que pasa es que ya me estoy estresando –dijo Edgar mientras se paraba de su silla y cogía un pequeño avión de la biblioteca. –Pues deje el estrés y desembuche. –Le voy a contar, pero no vaya a decir que yo le conté. –Ya deje el misterio y hable ahora o calle para siempre, o como dice mi hermana: "calle ahora o hable para siempre" –dijo Esteban. –Ayer yo estaba donde Marcela… –No hable tanta miércoles que yo anoche estuve allá y usted no estaba –lo interrumpió Esteban. –Si yo estuve fue por la tarde, antes de que usted llegara. –No porque yo me vi con Marcela, y ella dijo que usted la había estado llamando toda la tarde –dijo Esteban. –Era para tramar, para disimular, yo estuve allá como hasta las seis y media… en serio. – ¿Para disimular qué? –preguntó Esteban en tono serio mientras se levantaba de su silla. Edgar volvió a poner el avión en su sitio, y se volvió a sentar. –Cuando yo llegué allá me recibió Marce, y estábamos en la sala de juegos, donde está el billar… –Sí, yo sé cuál es la sala de juegos –interrumpió Esteban. –Bueno, estábamos ahí jugando ping pong, todo normal, cuando de pronto entró Mónica, su novia… –Yo sé quién es Mónica –dijo Esteban meneando la cabeza y abriendo los ojos más de lo acostumbrado. –Listo… listo, entonces entró su novia y se sentó a mirarnos jugar. No saludó ni nada, simplemente se sentó ahí en el sofá. – ¿Y? –dijo Esteban mientras se volvía a sentar. –Como a los diez minutos de eso, Marce le preguntó que si quería jugar, y su novia le dijo que no, que gracias, que ella no servía para nada, y mucho menos para jugar ping pong. –Pero si ella juega bien, teniendo mesa en la casa… –dijo Esteban. –El caso es que dijo eso, que ella no servía para nada, y de pronto arranca a llorar, así tenaz, como si le hubieran hecho quien sabe que… –Pobrecita mi Monina –dijo Esteban y se quedó mirando al techo. –Sí, pobre… pero entonces Marce dejó de jugar y empezó a consolarla, ¿si me entiende?, se arrodilló al lado de ella y le empezó a acariciar el pelo y todo… pero su novia seguía llorando en forma, como que no se calmaba… – ¿Y entonces qué pasó? –Después empezó a decir que tenía mucho miedo, repetía "tengo miedo", "tengo miedo", pero llorando todo el tiempo, a moco tendido y tales. Esteban volteó la cara, y se quedó mirando hacia el jardín tratando de contener las lágrimas. –Preciso en esas, entró el papá y casi ni me saluda, claro, al ver a su novia en esas, y a Marce ahí al lado tratando de calmarla. – ¿El papá?, que embarrada… –Sí hermano, el hombre se timbró todo, y ahí también tratando de calmar a Mónica, y ella no paraba de llorar… y el hombre también todo angustiado empezó a llamar a la mamá. – ¿A Clemencia, la mamá de Mónica? –preguntó Esteban. –Sí, a su suegra… y mi suegra, mejor dicho, nuestra suegra. –Mejor dicho… a la suegra –dijo Esteban. –Sí, a la suegra –Edgar se atacó de la risa por dos segundos–, y esta señora… es decir… la suegra… la señora Clemencia, va entrando en escena y empieza a preguntar toda azorada que "qué le habían hecho a su niña", y Marce a decirle que nada, que era que se había puesto a llorar ahí sola mientras que nosotros estábamos jugando ping pong, y en ese momento el papá pregunta que si era que no la habíamos dejado jugar ping pong… – ¿Pero ese señor pensó que estaba lidiando con niños de cinco años o qué? –dijo Esteban. ––Sí, tenaz, y yo ahí parado con la raqueta en la mano mientras papá, mamá y hermana acurrucados encima de su novia tratando de que se calmara. – ¿Y entonces qué pasó? –Al fin llegó la suegra y dijo que le dieran espacio, es decir que Marce y el papá se retiraran un poquito, y se sentó en el sofá y abrazó a su novia y la empezó a consentir y a decirle que se calmara. – ¿Y el papá qué? –Pues el hombre ahí parado al lado de Marce con severa cara de preocupación, y Marce me miraba como con cara de pena, y yo ahí parado con la raqueta en la mano… – ¿Y usted no decía nada? –preguntó Esteban. –Nooo, yo que iba a decir… claro que si me daban ganas como de decirle algo a su novia, como de ayudar a calmarla, y sobre todo que se veía toda tierna, así llorando… como indefensa, como un osito de peluche con cara triste. – ¿Pues qué le digo? Me deja preocupado… –dijo Esteban mirando nuevamente hacia el jardín–. ¿Pero al fin se calmó mi Monina o qué pasó? –Sí, al ratico de que la suegra la empezara a consentir ella se calmó; pero la cosa es que el papá dijo que tenían que sacarla del país, que ponerla en otro ambiente, un lugar donde se olvidara de lo que pasó, y en donde se sintiera segura y sin miedo. – ¡Tenaz ese pedacito, re tenaz! –dijo Esteban torciendo la boca. –Lógico, entonces menos mal la mamá, es decir… la suegra, intervino y dijo que de pronto era peor mandarla por allá sola donde una tía que vive en Canadá, que Mónica necesitaba era estar rodeada por su familia, por sus amigas del colegio, y hasta lo nombró a usted y a su grupo. – ¿Y qué dijo de mí? –No, todo bien, que usted era diez puntos con ella, que la estaba ayudando mucho, que genial que la ayudara a entrar al grupo, que eso era clave para ayudar a que ella se recuperara. –Sí, eso es clave… –Entonces Marce, haciéndole barra a la mamá, es decir… a la suegra… pues no a la suegra de ella, porque esa sería mi mamá… – ¡Ay, usted ya parece Cantinflas! –Bueno, mi novia decía que sí, que tocaba dejar a su novia en Bogotá, que era mucho peor si la mandaban lejos. – ¿Y el papá qué decía? –Ya cuando vio a su novia más calmada, él como que también se calmó y dijo que había que esperar un tiempo, pero que si la niña, es decir, su novia, no se mejoraba, si iba a tocar que se fuera. – ¿Y a todas estas mi Monina qué decía? –Nooo, nada… ella solo los miraba y ya, solo se dejaba consentir por la mamá, ahí calladita todo el tiempo. Esteban se puso de pie y empezó a caminar por toda la habitación. Se sentía entre la espada y la pared. Si Mónica no entraba al grupo, muy seguramente el papá la mandaría a vivir a Canadá. ¿Se quedaría para siempre a vivir allá?, ¿o sería solo un viaje por algunas semanas mientras se ponía mejor? ¿Sería la misma niña tierna y dulce a su regreso? Y lo más importante de todo: ¿seguiría queriéndolo, o regresaría con otros sentimientos? Pensó que no se podía dar el lujo de perderla, que su ingreso a Los Cuarenta era la única solución, que tenía que hacer hasta lo imposible para que ella llegara a ser parte del grupo. – ¿Y después qué pasó? –preguntó Esteban volviéndose a sentar. –Como le digo, su novia se calmó y se quedó ahí con los papás, y Marce y yo nos fuimos para la sala del piano. – ¿Y ahí fue donde planearon no decirme nada? –Exacto, en realidad fue idea de Marce, dijo que era mejor que usted no se enterara para que pudieran estar concentrados en lo de los ensayos. –Claro… lo que no entiendo es por qué Mónica a mí no me cuenta nada de esto. –Yo creo que no quiere preocuparlo, que quiere aparentar que todo está bien. –Pues ha aparentado muy bien… por lo menos en los últimos días. Usted la ve conmigo y siempre está feliz, contenta, muy animada con lo de la audición, como si todo estuviera perfecto –dijo Esteban con la mirada perdida en los libros de la biblioteca. –Es que no debe ser nada fácil, después de un mes de estar secuestrada, sin saber que va a pasar, si va uno a salir de esas o no… –Lógico, pero se supone que está yendo al psicólogo. –Pero igual eso requiere tiempo, eso no es de un día para otro, eso no es como el que tiene sed y se toma una gaseosa y listo –dijo Edgar. –Tiene razón –dijo Esteban mirando su reloj–, pero me toca arrancar para allá, se me está haciendo tarde. ¿Usted va a ir a visitar a Marcela? –Hoy no, tengo resto de tareas, pero mándele saludes, yo igual la llamo ahora más tarde. –Listo, yo le digo. –Y suerte con eso, y no se preocupe, yo sé que ella va a estar en su grupo. –Dios lo oiga, porque si no… yo no sé qué voy a hacer…
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