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1661 Palabras
20 Mónica saludó a su novio con un largo beso en la puerta de su casa. Ya se había quitado el uniforme del colegio, y en el pelo se había hecho una cola de caballo. –Ya tengo la canción que voy a cantar si paso a la final –le dijo a Esteban mientras lo llevaba de la mano hacia la sala del piano. Se veía muy linda, y en su cara no había rastro o huella que dejaran notar la existencia de alguna preocupación, y mucho menos, señales que indicaran que estuviera pasando por un momento difícil. – ¿Al fin por cuál te decidiste? –le preguntó su novio. –Creo que va a ser "María Magdalena". – ¿"María Magdalena"?, ¿cuál es esa? –La de Trigo Limpio, ¿si los has oído? –Sí, ¿ellos son españoles verdad? –Exacto, me parece que es un género muy diferente a lo de Gloria Gaynor, así podrán apreciar mis diferentes facetas –dijo Mónica mientras entraban a la sala del piano. –No recuerdo esa canción en este momento, seguramente apenas la cantes me voy a acordar. –Yo sí creo, nene, ¿quieres que empecemos con eso o con lo del arpa? Esteban se sentó en el sofá. –Con lo que tú quieras Monina, con lo que te sientas más cómoda para arrancar. Mónica se paró detrás del arpa, y sin decir nada empezó a tocar lentamente. Era una melodía muy suave, tranquilizante y desconocida para Esteban. La gracia en el movimiento de las manos de Mónica no se limitaba a la forma como trataba las teclas del piano, sino que también se extendía a la manera como manejaba el arpa. Parecía que sus dedos flotaran sobre las cuerdas, que no las estuviera tocando, que no existiese el más mínimo contacto, y sin embargo, el sonido que brotaba del instrumento era fuerte, claro y definido. Mientras tocaba, se quedó mirando a su novio con una sonrisa que expresaba únicamente felicidad, alegría y complacencia total con el momento que estaba viviendo. De una manera casi que imperceptible, empezó a acelerar el movimiento de sus brazos, de sus manos, de sus dedos, y de un momento a otro, pasó de la suave melodía con que había iniciado, a interpretar un ritmo mucho más acelerado. Esteban reconoció que se trataba de "Pájaro Campana", la famosa y clásica pieza del arpa paraguaya. La cara de satisfacción de su novia era cada vez mayor. A través de la interpretación de este instrumento, Mónica irradiaba un positivismo que poco a poco fue invadiéndolo todo y terminó por adueñarse de la sala entera. Pero como si no fuera suficiente, con una coordinación excepcional y de una manera muy sutil, aceleró un poco más el ritmo y la melodía de "Pájaro Chogüi" se empezó a escuchar en todo el recinto. Y fue en ese momento cuando Esteban pensó que su linda novia estaba para cosas mucho más grandes que Los Cuarenta. Estaba para brillar sola, para triunfar sin la necesidad de su ayuda o la de los otros treinta y nueve miembros del grupo. Aunque todos sus compañeros eran muy destacados en la carrera musical, pensó que no había nadie entre ellos con el talento y la magia que exhibía esta niña casi que súper dotada. Cuando terminó de tocar, Mónica se sentó en el piso y dijo: –Esas eran galopas, de lo mejor del arpa paraguaya… para mi gusto. –No tengo palabras, Monina… yo he visto músicos, estoy entre músicos… soy músico, pero lo que tú haces… está por fuera de concurso –dijo Esteban con un tono bastante emocionado. –Ya quisiera yo, nene... –Bueno, no te voy a subir los humos para que no llegues allá toda sobrada, pero tú estás por fuera de concurso. –Lo que pasa es que tú me miras con ojos de hombre enamorado –dijo Mónica mientras sonreía–, y así no vale, tienes que ser objetivo. –Yo estoy siendo objetivo, corazón, yo conozco a los del grupo, los que están ahora y los que se han ido, y te digo, sinceramente, que tú estás por encima de cualquiera de ellos. –Bueno… ya veremos eso a partir de mañana, y eso si al menos logro pasar a la segunda ronda; por ahora te voy a mostrar otro ritmo–– ella se puso de pie, nuevamente detrás del arpa–. Esto es un poco más colombiano– con la misma habilidad y sentimiento que había mostrado en la interpretación del arpa paraguaya, empezó a tocar una quirpa llanera, pasó sutilmente a un pasaje, y terminó con un contrapunteo, todos estos ritmos pertenecientes al joropo. Cuando terminó, Esteban se puso de pie y se le acercó, la abrazó, le dio un pico en los labios y se paró detrás del arpa como si fuera a empezar a tocar. –Yo no podría con todas estas cuerdas. Si a veces siento que las seis de la guitarra me quedan grandes… –Son treinta y dos cuerdas nene, pero no digas eso que tú eres muy bueno en la guitarra –dijo Mónica mientras estiraba los brazos hacia adelante como si se estuviera desemperezando. –Este es un instrumento mágico, y suena genial con esos ritmos rapiditos. –Sí, no es precisamente el arpa de los angelitos –dijo Mónica con una sonrisa. –Angelita tú –y la abrazó nuevamente y le dio un largo beso. Cuando se separaron, Mónica dijo: –Todavía me acuerdo cuando fuimos a los llanos, yo tenía como siete años, y mi mamá quedó fascinada con todo el cuento de la música llanera. –Sí, es que es bien bonita, bien alegre. –Fuimos a un restaurante una noche, y había un grupo de música llanera tocando… y también había bailes típicos; y al regreso de ese viaje mi mamá me dijo que si quería entrar a clases de arpa. – ¿Y tú que le dijiste? –Como a mí también me había gustado, entonces le dije que sí, y desde entonces me la paso tocando esto… o el piano. – ¿Y cuál te gusta más? –Los dos son muy especiales, aunque con el piano puedes tocar más cosas, más estilos, entonces le dedico más tiempo; pero el arpa también me fascina. –Y la tocas sobrado, igual de bien al piano. –Pues esperemos que mañana todo me salga bien… –Todo va a salir bien Monina, ya vas a ver –dijo Esteban con una amplia sonrisa. –Eso esperamos todos… pero ven y hacemos lo de la voz –Mónica se acercó a la biblioteca y sacó de una carpeta una hoja que le entregó a su novio–. Esa es la partitura de "María Magdalena", si quieres revísala y arrancamos. Esteban se sentó en el sofá y se puso a leer la partitura con mucha concentración. Al cabo de unos minutos se puso de pie, cogió la guitarra que se encontraba en una esquina de la sala y se volvió a sentar. –Listo, Monina, ¿cómo quieres hacerlo?, ¿vas a cantar solamente o de una vez con el piano? Mónica se sentó en la butaca del piano. –De una vez las dos cosas, nene, así nos rinde un poco más. A la señal de Esteban, empezaron con las primeras notas de la canción. Mónica entonó la primera frase: "María Magdalena…", mientras sus manos bailaban sobre el teclado y sus ojos no se despegaban de las partituras. Al mismo tiempo, su novio alternaba la mirada entre la partitura que tenía sobre el sofá, y la cara de ella. Le fascinaba la manera como su novia expresaba lo que cantaba; en su rostro se notaba el profundo sentimiento que le ponía a cada frase de la canción, era como si se hubiese olvidado que se trataba de frases escritas por alguien más, de composiciones ajenas; que en su lugar estuviese transmitiendo sus propios pensamientos, como algo salido de su mente, algo creado por ella misma, especialmente en la parte que la canción decía: "María Magdalena ya no está, dijo le dijera, que no volverá", párrafo que puso a Esteban a pensar nuevamente en la posibilidad que existía de que su novia se fuera a vivir a otro país. Y de un momento a otro vio como Mónica dejaba de tocar, se ponía de pie y volteaba a mirarlo. –Nene, te perdiste totalmente, parece que estuvieras tocando algo de Noel Petro. Esteban soltó la carcajada. –Qué pena, Monina, es que me quedé mirándote y perdí la concentración… es que me fascina el sentimiento que le pones. –Es que si no lo sientes, no lo puedes interpretar como se debe… es como si tú vas al estadio y en lugar de hacerle barra a Santafé, se la haces a Millonarios... Si no le metes sentimiento, no lo puedes expresar… –Tienes toda la razón amor, todo debe venir de adentro. –Sí, hay que sentirlo, tiene que fluir del espíritu, hay que dejarse llevar. –La cosa es que yo me dejo llevar por tu belleza… y entonces me desconcentro. –Entonces dejemos lo de la belleza para mañana, y por ahora concentrémonos en sacar esta canción adelante –dijo Mónica con una sonrisa mientras se volvía a sentar en la butaca del piano. –Perfecto, Monina, vamos con todo. Hacia el final de la tarde, después de varias repeticiones, tanto Esteban como su novia estaban contentos con los resultados. La canción sonaba muy bien en la voz de Mónica y el acompañamiento del piano era perfecto. Ya solo faltaba que al día siguiente todo saliera como estaba planeado, que los nervios no fueran invitados a la audición, y que los restantes treinta y ocho miembros del grupo se dieran cuenta, y supieran apreciar, el inigualable y extraordinario talento de esta hermosa aspirante.
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