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Eran las cinco y media de la tarde del sábado cuando Esteban y Mónica, acompañados de Edgar y Marcela, salieron del teatro de la calle setenta y dos. Tal y como lo decía la crítica, la película de los "Kramer" era de lo mejor que había salido en la cartelera del año. Esteban se había quedado pensando cómo era de patético el hecho de llegar a separarse, contratar abogados y poner todo patas arriba, después de haberse querido tanto, de haber puesto tanto esfuerzo, sentimiento y energía en una relación que, a la postre, terminaba en una pelea de perros y gatos. No se imaginaba que una situación como esa le pudiera llegar a ocurrir a él y a su novia. Su Monina era perfecta, o al menos para él lo era; y al mismo tiempo se daba cuenta de que él se había convertido en el mayor soporte que tenía ella en ese momento. Estaba bien para ella asistir a sesiones psicológicas, tener el amor de sus padres, de su hermana, pero la conexión tan poderosa que existía entre los dos, dejaba por detrás cualquier cosa que pudiera venir de los demás. En parte se lamentaba de su propia juventud y de la de su novia, realidad que los llevaba a tener que esperar muchos años antes de llegar a oficializar su relación ante la sociedad, y ante el mundo en general.
Caminaban tranquilamente, cogidos de la mano por la carrera quince con dirección hacia el norte. La idea era ir a comer en alguna de las pizzerías que se encontraban sobre esa importante vía de la ciudad. Gracias a su colaboración, Edgar había logrado empezar a salir con Marcela. En realidad, era apenas la segunda vez que lo hacían; pero durante la película de esa tarde, se había dado cuenta del momento exacto en que su amigo había besado por un largo rato a la hermana mayor de Mónica, ante la sorpresa no solo suya, sino también la de su novia. "Como que les gustan las cosas rapiditas", le había dicho Mónica al oído, a lo cual él había respondido con una sonora carcajada que llamó la atención del teatro entero. Se sentía contento por su amigo Edgar y por Marcela, por la amistad que había entre los cuatro. Aunque ella le llevaba un año a su amigo, el verlos caminar juntos y abrazados, conversando alegremente, riendo por lo que había que reír y por lo que no, de alguna manera hacía borrar cualquier diferencia de edad existente entre los dos. También veía a Mónica muy contenta. Era el primer día, desde su liberación, en que no la había visto derramar una sola lágrima; ni siquiera durante las escenas más conmovedoras de la película. Su sonrisa era espectacular por decir lo menos, y la energía que irradiaba en ese soleado atardecer bogotano, la hacían ver más hermosa que nunca.
Decidieron entrar a una pizzería en la esquina de la calle ochenta y cinco con quince. El lugar era muy agradable, con cómodas y abullonadas sillas, que más que sillas parecían poltronas; paredes decoradas con cuadros de arte contemporáneo y lámparas con un tono de luz cálido que daban al sitio un ambiente bastante acogedor. Ordenaron una pizza extra grande de dos diferentes sabores, acompañada de cerveza para los hombres, y de gaseosa para las mujeres. Por los bafles del sitio sonaba rock de agrupaciones como Led Zepelín, Rolling Stones, The Doors y otros cuantos por el estilo. Edgar hacía su mayor esfuerzo por parecer el hombre más simpático, inteligente y educado del planeta, y Marcela no podía parar de reír antes los chistes, las historias y los cuentos que su nuevo novio relataba, a ritmo de pizza hawaiana y cerveza del barril. Brindaron en varias ocasiones por la nueva pareja de novios, y Mónica, casi que a manera de discurso de ceremonia de grado, pronunció unas bellas palabras agradeciendo a Dios por haberle dado la oportunidad de estar nuevamente con sus seres queridos, de poder disfrutar de esos pequeños placeres que la vida le otorgaba, de ésta nueva persona que se encontraba desde ese momento junto a su hermana, y por la suerte de tener al lado suyo a una persona tan maravillosa como su novio.
Esteban, al terminar su último bocado de pizza, dirigió su mirada hacia Mónica y dijo:
–Tengo una buena noticia.
– Cuéntamelo todo, nene –dijo Mónica con una sonrisa de oreja a oreja.
Edgar y Marcela, que en ese momento se besaban tiernamente, se separaron y voltearon a mirar a Esteban con ojos casi tan grandes como la bandeja de pizza.
–Te cuento, mi Monina linda, y les cuento a ustedes, tortolitos –dirigiéndose a la pareja que se encontraba sentada frente a ellos–, que se ha abierto un cupo para recibir a una nueva persona en Los Cuarenta.
– ¿En serio, nene? –preguntó Mónica, su sonrisa tan grande como el sitio donde se encontraban–, ¿No me estás tomando del pelo?
Marcela miró a Edgar con una sonrisa en sus labios y volteó a mirar a Esteban mientras Edgar decía:
–¿Qué pasó, al fin se va el director para Nueva York?
Esteban, que estaba mirando a su amigo, dirigió su mirada hacía su novia y dijo:
–Monina, yo jamás te tomaría del pelo con algo así–, y volteando a mirar a su amigo–: y no, Arturo no se va, por lo menos no todavía, lo que pasa es que Eduardo, una de las mejores voces del grupo, y un duro con la guitarra y el bajo, renunció al grupo ésta semana.
– ¿Pero a quién diablos se le ocurre renunciar a Los Cuarenta? ¡Ese tipo tiene que estar loco! –dijo Marcela.
–No, Marcelita, lo que pasa es que su familia recibió una herencia enorme; mucha finca raíz y locales de negocios, pero todo en la costa, sobre todo en Barranquilla. Y ahora toda la familia de Eduardo se va a vivir allá, incluyéndolo a él, lógicamente.
– Ay, amor, pobre Eduardo, no lo conozco… pero tener que abandonar el grupo por una decisión que no es de él… en serio que pobrecito –dijo Mónica.
–Pero él está tranquilo, le gusta el cuento de vivir en una nueva ciudad, de ayudarle a los papás con los nuevos negocios, y sobre todo por toda la plata que se va a ganar –dijo Esteban antes de darle un pico en los labios a su novia.
–Pues sí, por la plata baila el perro –dijo Marcela.
Edgar miró a su nueva novia.
–Marce, se supone que a estos personajes de Los Cuarenta les van a pagar un billete largo ahora que se van de gira.
Marcela volteó a mirar a Esteban.
– ¿En serio, cuñado?–, y se atacó a reír–, nunca te había dicho cuñado en mi vida.
Todos rieron y Esteban dijo:
–Creo que son alrededor de cincuenta mil pesos a cada uno por las tres presentaciones.
–Bueno, genial que paseen, toquen buena música y les paguen, ¿qué más le puede pedir uno a la vida? –dijo Marcela, pasándole el brazo por encima de los hombros a Edgar.
– Sí, Marce, el caso es que aquí, tú linda hermanita –dijo Esteban volteando a mirar a Mónica–, se tiene que empezar a preparar para las audiciones que hacen para entrar al grupo.
Mónica se rascó la coronilla y dijo:
–Ay, mi nene, ahora si me puse nerviosa, ¿qué tal que no me acepten? Debe haber mucha competencia.
Esteban le agarró suavemente las mejillas con ambas manos y le dijo:
–La mejor pianista de este país está a punto de ingresar a Los Cuarenta, y sucede que esa pianista, da la casualidad de que en este momento, está sentada justo al lado mío, disfrutando de una deliciosa pizza hawaiana –y le soltó la cara solo para darle un tierno beso en los labios.
Edgar, agarrando su vaso de cerveza, se dirigió a todos y dijo:
–Entonces brindemos por eso, porque vamos a tener a mi mejor amigo y a su bella novia, paseándose por todo el país, deleitando a la gente con su espectacular música.
Todos brindaron y Mónica, dejando su gaseosa sobre la mesa, preguntó:
–Mi nene, ¿y cuándo son esas audiciones?
–Todavía no se sabe, Monina, pero parece que Arturo quiere hacer eso la semana que viene…
– ¿La semana entrante? ¿Y por qué tan rápido? –preguntó Mónica abriendo los ojos.
–El problema es que Eduardo ya renunció, no va a estar en la gira, y supuestamente el contrato con el empresario dice que tiene que estar el grupo completo, ni un m*****o más…, ni uno menos.
–Más que lógico, porque en ese caso no serían Los Cuarenta sino Los Treinta y Nueve –dijo Edgar antes de reír.
–Exactamente, mi genio matemático –dijo Marcela–, ahora sí tengo quien me ayude con trigonometría.
–Cuando quieras, pequeña –contestó Edgar con una amplia sonrisa.
– ¡Ay, mi nene!, ahora esto sí se puso bueno, me tocó empezar a practicar desde ésta misma noche –dijo Mónica, arrugando una mejilla, su mano rascándose la cabeza.
– No te preocupes, Monina linda, yo te voy a ayudar en todo lo que sea, y vamos a practicar hasta que estés súper segura de que estás lista para este reto.