28
Hasta el camerino llegaba el sonido de los chiflidos y la gritería de los diez y ocho mil espectadores que, siendo las ocho de la noche, colmaban las instalaciones del Coliseo el Pueblo. Luces y sonido estaban listos desde las cuatro de la tarde, después de que el grupo había hecho las pruebas correspondientes. Arturo hablaba con diferentes miembros y Silvia cuadraba aspectos de último momento con el empresario. Algunos se miraban en los espejos, arreglando detalles de sus vestidos, o daban los últimos retoques a sus peinados y maquillajes. Otros se servían vasos de gaseosa o agua tratando de calmar la sed que producían los nervios y la alta temperatura reinante. Mónica se encontraba al lado de Esteban junto a la mesa de los pasabocas y las bebidas. Estaban cogidos de las manos, y según parecía, a Mónica le estaba quedando bastante difícil controlar los nervios.
–Más o menos te cuento cómo debe ser la salida –dijo Esteban–. Arturo y yo vamos a salir antes, pero nadie del público nos va a ver porque las luces van a estar apagadas. De ahí, yo en la batería y él en los teclados, vamos a tocar una melodía de introducción. En ese momento se van a prender solo dos spots morados y como a los treinta segundos es cuando todo el resto de los que van en la primera canción entran.
–Entiendo… –dijo Mónica antes de morderse el labio mientras sus ojos miraban hacia todo lo que la rodeaba.
–Al entrar, te vas directo al piano, pero ten cuidado de no irte a tropezar con nada, con ningún cable o alguna base de un instrumento o de un micrófono.
–Ok, ¿y si me tropiezo qué pasa?
–Simplemente te echan del grupo –bromeó Esteban.
–Mejor… –dijo Mónica haciendo una mueca con la boca.
–Tranquila, mi Monina, vas a ver que cuando estés ahí afuera los nervios se van –dijo Esteban agarrándola de los hombros– como por arte de magia.
–Ojalá, nene… confío en ti.
–No confíes en mí, confía en ti misma y verás… –dijo Esteban y pegó sus labios a los de ella.
–Qué pena interrumpir a los tortolitos –dijo Luisa, que parada al lado de Esteban, se estaba sirviendo un vaso de agua.
–Hola, Luisa, ¿cómo sigues de la garganta? –preguntó Esteban.
–Llevada –dijo Luisa carraspeando–, no he hecho más que tomar pastillitas, pero no ayudan mucho.
–Te va a tocar hacer gárgaras –dijo Esteban.
–Sí, apenas llegue a Bogotá… ahorita ya qué…
– ¿Pero de resto te sientes bien? –preguntó Esteban.
–Sí, para tocar estoy perfecta –dijo sonriendo y se dirigió a Mónica–. Mira, Moni, Arturo me dijo que te hablara un poquito de lo que vas a cantar.
–Cuéntamelo todo –dijo Mónica.
–Tú vas en ocho canciones hoy, siete en el piano y una como voz principal –dijo Luisa.
–Exacto –dijo Mónica.
–En las canciones en que no participes, te haces en la parte de atrás del escenario, abajo, junto a los demás que no están tocando en ese momento; desde ahí no son visibles para el público, entonces te puedes sentar o hacer lo que sea –explicó Luisa mientras tomaba un poco de líquido para aliviar el dolor de garganta.
–Entiendo –dijo Mónica totalmente concentrada en lo que decía su compañera.
–Tú canción… la que vas a cantar, va más o menos a los cuarenta y cinco minutos de concierto, después de que Ismael cante "After the love has gone", la de estos tipos… Earth, Wind And Fire.
–En esa yo voy en el piano –dijo Mónica mientras jugaba con las manos.
–Sí, apenas acabe Ismael, tienes diez segundos para ir del piano al micrófono central, mientras los aplausos y todo eso. No te vayas a confundir con los micrófonos que están a la derecha, que son los de los coros.
– ¿Y si está muy alto el micrófono? –preguntó Mónica.
–Te pones tacones, Monina –bromeó Esteban.
–Nene, yo bien nerviosa y tú haciendo chistes bobos –protestó Mónica–, además odio ponerme tacones.
–Es para que te rías un poquito, Monina, y te relajes –dijo Esteban mientras le pasaba el brazo alrededor de la cintura.
–Si está muy alto, lo desprendes de la base, es lo más fácil y rápido en lugar de tratar de bajarlo –dijo Luisa–, ya lo vas a encontrar prendido, no tienes que preocuparte por eso.
– ¿Y cuándo termine lo vuelvo a dejar ahí? –preguntó Mónica.
–Sí, lo pones en la base y dependiendo de la reacción del público, te quedas ahí un momento o te devuelves al piano –respondió Luisa.
–Como quien dice: si aplauden arto… me quedo ahí, y si aplauden poco no me quedo… –dijo Mónica.
–Esa es la idea –intervino Esteban.
–No creo que vayan a aplaudir mucho –dijo Mónica arrugando la nariz.
–No seas negativa, mi Monina, en la audición tú cantaste esa misma canción y lo hiciste súper bien –dijo Esteban.
Sí, Moni, tú la cantaste re bien, si no fuera por eso, Arturo no te habría puesto en estas –dijo Luisa sonriendo.
– ¿Pero es que ustedes no entienden que es mi primer concierto en la vida? –dijo Mónica con tono nervioso.
–Moni, cuando estés en el escenario vas a ver que el susto se te pasa, es más la ansiedad que se siente antes de empezar a tocar –dijo Luisa.
–Lo que te dije, Monina… vas a ver que sí –dijo Esteban con una sonrisa.
Mónica lo abrazó tan fuerte como pudo, escondió la cara en su hombro, y no se despegó hasta que escuchó la voz de Arturo.
–Atención, señores… y señoritas, salimos en cinco minutos; está bastante caliente, les aconsejo tomar algo antes de empezar. Como ya saben, lo primero que vamos a tocar es "Las caleñas" de Pastor López, que parece que va a ser la canción de este año en la feria, entonces pilas ahí Juan Carlos con esa voz, todos concentrados y listos.
–No se les olvide que solamente es un concierto más, así que hagan de cuenta que estamos en Bogotá y listo –añadió Ismael.
Adriana se paró en un butaco para que todos la vieran y dijo:
–Va a ser una noche para recordar, aquí la gente es de mucho ambiente y apoya mucho, no creo que vaya a haber ningún problema… Además, ahora tenemos a una excelente pianista con nosotros, mayor razón para que todo nos salga bien…
Mónica arqueó las cejas y volteó a mirar a su novio.
– ¿Y esta vieja porqué sale con esas?
–Tranquila –dijo Esteban–, cree que así te va a poner más presión, pero no le pongas cuidado.
– ¿Y es que le caigo mal o qué? –dijo Mónica torciendo los labios.
–Para nada, Monina, es solo su manera de ser.
–Pero hasta ahora había sido buena gente conmigo…
–Supongo… pero ahora no pienses en eso, después hablamos de ella –dijo Esteban con tono nervioso.
Mónica lo miró seriamente a los ojos.
–Debe ser por lo que yo le quité el puesto a su amiga…
–Sí, también.
–Bueno… qué importa, ya suficiente tengo con esta cancioncita que me atravesaron… ––dijo Mónica.
–Sí, Monina, olvídate de ella y concéntrate en lo tuyo, es lo mejor.
Arturo se les acercó y pasó el brazo alrededor de los hombros de Mónica.
– ¿Lista, mi linda pianista?
–Sí, un poquito nerviosa, pero lista –respondió Mónica con una sonrisa.
–Perfecto… ¿hablaste con Luisa?
–Sí, muy querida, ya me explicó todo.
–Muy bien, te esperamos afuera en un minuto –dijo y se dirigió a Esteban–: entonces vamos, la gente nos espera.
Esteban abrazó a Mónica, le dio un pico en los labios y corrió detrás de Arturo con rumbo al escenario.
Mónica escuchó cuando el rugido del púbico aumentó, justo en el momento en que empezó la melodía de introducción que Arturo producía con las teclas del órgano electrónico. Veinte segundos después, fue acompañado por los sonidos que provenían de la batería de su novio. Se acercó apresuradamente a uno de los espejos, se pasó el pelo hacia atrás de los hombros, vio la cara de susto que tenía y trató de relajarla, pero escuchó a Patricia, que parada detrás de ella le decía:
–Moni, vamos, esto ya está empezando.
Se acomodó el top y salió caminando a paso acelerado detrás de su amiga. La mayoría de miembros del grupo iban adelante de ella, y a sus espaldas solo quedaban Juan Carlos y Sergio. Recorrió rápidamente el túnel que separaba al camerino del escenario. Subió la pequeña escalinata que desembocaba en la parte superior de la tarima. Al llegar arriba no pudo ver más que las dos luces moradas que iluminaban a Arturo en los teclados y a Esteban en la batería; todo lo demás estaba oscuro. Avanzó con cuidado, fijándose en no ir a tropezar con algún cable o el soporte de algún instrumento. Encontró el piano justo en el lugar en donde había quedado unas horas antes, cuando habían estado haciendo las pruebas de luces y sonido. Se sentó en la butaca y se quedó mirando a Arturo en espera de la señal que indicaría el inicio de la primera pieza. La amplificación del sonido era potente y de alta fidelidad; las tribunas estaban oscuras y solo se alcanzaba a distinguir al público que se encontraba en las primeras filas de platea. De un momento a otro las luces moradas se apagaron, y dieron paso a varias luces de diferentes colores que iluminaron gran parte del escenario. En ese preciso instante se escuchó cómo el sonido de las tumbadoras y de las timbaletas hacía la introducción de >, acompañados por la guacharaca y el bajo. Nueve segundos después entraron los instrumentos de viento con toda su potencia.
Esteban, que aparte de la introducción, no participaba en la primera pieza, se quedó mirando a su novia. Todavía se notaba su expresión nerviosa, pero eso no la frenó para que arrancara a tocar el piano en el momento indicado. Tal y como lo había pensado, una vez más su Monina demostraba el por qué estaba en el grupo. Su desempeño era más que perfecto y al volver a mirar su rostro pudo notar cómo su expresión había cambiado completamente: ahora se mostraba relajada y concentrada en la ejecución de su instrumento favorito. Cuando volteó a mirar hacia las tribunas, se dio cuenta de que estas se encontraban completamente colmadas. La gente empezaba a disfrutar de la presentación y la temperatura del coliseo iba aumentando a medida que el público empezaba a saltar al ritmo de la música.
Andrés terminó de cantar "El cocinero mayor" de Fruko, la cual era la segunda canción de la noche, y en lugar de pronunciar las acostumbradas palabras de saludo al público, lo cual se hacía a esa altura del concierto, puso el micrófono en su base, se dio media vuelta y caminó hacia la parte posterior del escenario. Adriana, al percatarse de la situación, buscó a Arturo con la mirada, pero el director parecía no encontrarse en la tarima. Ella, gracias a que estaba bastante cerca del micrófono principal, se acercó rápidamente, lo tomó en sus manos y gritó:
–¡Buenas noches, Cali! ¿Cómo se encuentran hoy? ––a lo que la multitud respondió con una gritería ensordecedora–. ¡Estamos muy contentos de estar aquí esta noche! ––continuó ella, seguida por más aplausos y chiflidos–. ¡Es la primera presentación que hacemos por fuera de nuestra ciudad! –momento en el que los gritos llegaron casi que a su máximo nivel––. ¡Vamos a seguir pasándola bien, esto apenas empieza! –siguieron vivas, sobre todo de los hombres que parecían cautivados por la belleza de Adriana, que con una falda corta de color n***o y una blusa de manga sisa del mismo color lucía espectacular–. ¡Y ahora continuamos con algo que les va a encantar! –e inmediatamente arrancaron con "Plástico" de Rubén Blades.
Llevaban algo menos de media hora de concierto y Mónica se encontraba sentada en una banca en la parte de atrás, abajo de la tarima, saboreando una gaseosa que alguien le había pasado. Hasta ese momento ya había participado en tres canciones, todas ellas del género salsa. Arturo le había sonreído en cada una de las piezas a manera de felicitación y todos habían notado cómo la nueva pianista se había ido soltando cada vez más. Ya no era simplemente lo bien que tocaba el piano, también era la forma cómo empezaba a integrarse con el lenguaje musical que manejaban todos sus compañeros. Tenía la cabeza estirada hacia atrás y los ojos cerrados cuando escuchó a alguien que le hablaba.
–Te felicito, Moni, estás arrancando súper.
Abrió los ojos y vio que Adriana se acababa de sentar a su lado.
–Hola, Adri, gracias –le respondió con una leve sonrisa.
En ese momento el grupo tocaba "Todo poderoso" de Héctor Lavoe.
–Ya ni siquiera se te notan los nervios –dijo Adriana.
–Ahí vamos progresando… supongo –dijo Mónica arrugando la nariz.
–Poco a poco, no se puede todo el primer día.
–Me gustó como hiciste lo del saludo al público.
–Me tocó salvar la situación, se supone que Andrés tenía que hacer eso… No sé qué le pasó –dijo Adriana frunciendo el ceño.
–Me pareció que estaba bien acalorado…
–Puede ser, no sé para qué se pone a salir con jean y camisa de manga larga en este clima –dijo Adriana meneando la cabeza.
–Sí, mucho calor, afortunadamente mi Esteban si está en bermudas y camiseta, si no, imagínate tocando esa batería… el calor…
–Sí, mucho más inteligente.
–De pronto a Andrés le daba pena salir a cantar en pantaloncitos calientes –dijo Mónica con una risita burlona.
–O le daba pena mostrarle las piernas a su traga –adhirió Adriana entre risas.
–De pronto le hace falta una bronceadita…
–A ver si puede igualar a Patricia en ese bronceado natural tan espectacular que tiene –dijo Adriana.
–Eso está difícil, el color de Patricia es perfecto… ni muy claro, ni muy oscuro.
–Hasta medio parecido al de Esteban –dijo Adriana.
–Pero es que mi nene es perfecto –dijo Mónica con una sonrisa.
– ¿Y estás muy tragada de él? –preguntó Adriana.
Mónica volteó a mirarla.
–Él es divino, no me imaginaría estar saliendo con nadie más.
– ¿Y cuánto llevas con él?
–Tres meses y cinco días.
–Menos mal no estás contando las horas –dijo Adriana riendo.
–Bueno, son las ocho y cuarenta –dijo Mónica riendo mientras miraba su reloj–, entonces estamos hablando de tres meses, cinco días, veinte horas y cuarenta minutos.
–Se nota que estás bien tragada… Trata de conservarlo… y ojalá no la vayas a embarrar como yo lo hice –dijo Adriana con la mirada perdida.
– ¿La embarraste? ¿Con quién la embarraste?
Adriana la miró directo a los ojos y le puso una mano sobre la rodilla.
–Con tu novio… con Esteban.
Mónica la miró sorprendida.
– ¿Cómo así? ¿Tú fuiste novia de Esteban?
–Sí, Moni, yo fui su primera novia –respondió Adriana con una triste mirada.
– ¿Y eso hace cuánto fue?
–Casi dos años, cuando apenas empezábamos con lo de este grupo… apenas teníamos como catorce años –dijo Adriana, nuevamente con la mirada perdida.
– ¿Y cuánto duraron?
–Como quince días –respondió Adriana con una triste sonrisa.
En ese momento se podía escuchar a Juan Carlos entonando " Pedro Navajas" de Rubén Blades.
–Poquito… ¿y por qué dices que la embarraste?
–Porque todo iba bien, y yo de imbécil le puse los cuernos con un gringo.
–Entiendo, así sí es difícil…
–Sí, pero ya qué… –dijo Adriana mientras se ponía de pie.
–Oye, Adri… Pero parece que no lo hubieras podido superar… –dijo Mónica poniéndose de pie.
– ¿Eso parece?
–Pues por la forma como estás hablando…
–Tú preocúpate por estar bien con él… Yo ya veré qué hago –dijo Adriana, y se encaminó hacia la escalera que subía hacia el escenario mientras se escuchaban las notas de "Mi Cali bella" de la Billo’s Caracas Boys en la voz de Enrique.
El momento de Mónica se acercaba. Miles de espectadores, con las pequeñas llamas de sus encendedores decorando los alrededores del escenario, disfrutaban la manera como Ismael, con sus pantalones y camisa de color blanco, interpretaba "After the love has gone", acompañado del coro conformado por Patricia, Sergio y Claudia. Esteban, en la batería, no dejaba de mirar a su novia, quien no despegaba los ojos de las teclas y las partituras mientras Adriana en el bajo miraba hacia el techo como era su costumbre. La coordinación entre ellos y los demás miembros del grupo que participaban de esa pieza eran perfectos. Arturo, en el saxofón, se paseaba por todo el escenario, y calculó exactamente el momento final de la canción para encontrarse lo más cerca posible al piano de Mónica. Minutos más tarde, el público aplaudió fervorosamente la presentación de Ismael. Solo un spot de color rojo lo iluminaba mientras el resto del escenario quedó a oscuras. El director agarró del brazo a Mónica y le dijo:
–Tienes el potencial para ser la mejor del grupo, y este es el momento en que inicias tu camino… Buena suerte– y le dio un abrazo antes de que ella se encaminara hacia la parte delantera de la tarima, su corazón latiendo a alta velocidad.
Esteban la miraba desde la batería. Su paso era firme y decidido, pero cuando llegó a la altura del micrófono, de pronto un poco antes de lo calculado, Ismael todavía se encontraba allí recibiendo la aclamación del público. Se quedó parada un paso atrás de su compañero durante unos segundos hasta que este se dio media vuelta y le entregó el micrófono en las manos. Todo el coliseo se oscureció por un breve instante. Solo la débil luz proveniente de los amplificadores de sonido evitaba que la oscuridad fuera total. Su compañero le deseó buena suerte y se perdió en la oscuridad. Mónica volteó a mirar hacia los micrófonos situados a su derecha y alcanzó a percibir que ningún compañero se encontraba en ese lugar, lo que la hizo sentir más sola y nerviosa en medio de la multitud. Escuchó la introducción en piano que a sus espaldas hacía Luisa, se volteó y vio cómo en ese preciso instante un spot amarillo iluminaba la zona de su instrumento favorito. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás, tomó una bocanada de aire, bajó la cabeza, y cuando volvió a abrir los ojos, ya se encontraba bajo la luz del spot azul que la iluminaba exclusivamente a ella. Escuchaba la potencia del sonido como nunca lo había experimentado. Como la canción no llevaba coros, se encontraba totalmente sola en la parte delantera de la tarima. Pegó el micrófono a los labios y con la mirada perdida en el fondo del coliseo pronunció la primera frase de la conocida canción de Gloria Gaynor.
–At first, I was afraid, I was petrified –que en español querían decir: al principio estaba asustada, estaba petrificada, palabras que coincidían perfectamente con lo que estaba sintiendo en ese momento y con lo que había sentido durante un mes entero y que, por obvias razones, hicieron que las sintiera como propias, como parte de su vida, de su presente y de su pasado. Y eso la llevó a vencer los nervios y a sacar la fuerza y la energía suficientes para seguir adelante con su presentación. Se fijó en el público que colmaba las graderías; no le quitaban los ojos de encima y saltaban y bailaban como si estuviesen siguiendo órdenes dictadas por ella. Se sintió poderosa, se dio cuenta de que ella era la que mandaba, era la que llevaba las riendas, la que manejaba la situación. Y entonces el tempo cambió y vino la parte acelerada de la canción, y sin creer que estaba haciendo lo que se había prometido no hacer, se vio recorriendo el escenario, saltando y corriendo mientras cantaba. Y entonces se dio cuenta de cómo el público se encontraba cada vez más eufórico. Y recordó las palabras de Esteban y de Luisa: "Cuando estés en el escenario, el miedo se te va a pasar", entonces volteó a mirar a su novio, quien desde la batería la seguía con la mirada y le sonreía con ojos de aprobación, pero también de admiración y sobre todo de mucho amor. Siguió recorriendo el escenario y vio a Adriana, que había bajado la mirada y enfocaba sus ojos en ella mientras tocaba el bajo. Su mirada era algo extraña, también era de admiración, pero con algo de envidia, y algo más que no pudo descifrar qué era.
Cuando menos lo pensó, la canción ya había terminado y la euforia del público era insuperable. Había planeado concluir su presentación en la parte central del escenario, pero se encontraba al costado derecho, delante de los micrófonos designados a los coristas. Caminó tranquilamente hacía la mitad de la tarima mientras la multitud no dejaba de aplaudir. Puso el micrófono en su base, lo único que se le ocurrió fue hacer una venia, y como los aplausos y gritos no cesaban, decidió mirar hacia atrás pero no vio nada gracias a que la única luz encendida era la que estaba sobre ella. Levantó un brazo a manera de despedida y lo dejó en alto durante más de diez segundos hasta que la luz que la iluminaba se apagó y el coliseo quedó totalmente a oscuras.