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1903 Palabras
1       Solo faltaban veinticuatro horas para que su futuro se definiera, y aunque ella no estaba muy segura de verlo de esa manera, en el fondo de su ser sabía que su vida cambiaría si lograba superar aquel obstáculo. Era lo que siempre había querido, lo que había soñado desde que tenía nueve años. Algo le decía que ese debía ser su futuro, no el que su padre quería para ella, tampoco el que su madre a veces le sugería. Lo suyo era la música, y si lograba ingresar a aquella banda, la misma en la que su novio era el baterista, estaba segura de que sería la persona más feliz del mundo.      Vistiendo su uniforme de colegio, sus pies descalzos bailaban sobre los pedales del piano, su instrumento favorito, mientras que sus manos flotaban sobre las teclas produciendo un sonido que solo alguien tan virtuoso como ella podría producir.      Esteban, su novio de dieciséis años, no podía despegar sus ojos marrones de la figura de su novia. No se cansaba de admirar la perfección de su rostro, sus ojos azules, sus largas pestañas, su nariz respingada, sus suaves labios que nunca podría dejar de besar.       De un momento a otro, Mónica, llevando su mano derecha desde las teclas hasta su largo cabello castaño, con el fin de apartar un mechón de su frente, dejó de tocar y preguntó:      –Nene, ¿crees que ya estoy lista?      –Monina, yo creo que tú naciste lista para esto; si mañana no te escogen para entrar al grupo, esa gente está más que loca.      –Pero al menos tengo tu voto… –la sonrisa de ella no hacía más que enloquecer a Esteban; era una más de sus cualidades que lo tenían enamorado.      –El mío y el de mi amigo Andrés, y seguramente el de Patricia.      –Bueno, algo es algo en un grupo de cuarenta personas.      –Fresca, mi Monina, de seguro que después de que te escuchen tocando y cantando, vas a tener, mínimo…, por ahí treinta votos.      La niña del cabello liso dejó la butaca, se acomodó en el sofá al lado de su novio y juntó sus labios con los de él. Un minuto después, con la sonrisa dibujada en su rostro, le agarró la mano y dijo:      –¿Sabes que sería lo máximo para mí estar tocando al lado tuyo?      –Para mí, ni se diga… Y es que estoy casi seguro de que te van a escoger; es que yo, que sé de esto, te puedo jurar que no he visto a nadie cantando y tocando como tú.      –Nene, no exageres, en Los Cuarenta hay gente re fajada, y por eso es que han llegado tan lejos.      –Yo sé, pero eso no le quita que tú seas la propia para reemplazar al tipo que se fue.      –¿Y si no me escogen? –preguntó ella, sus labios mostraron una pequeña mueca.      –Pues hacemos huelga… No, pero en serio, tú fresca. Mañana, por ahí a ésta hora, vas a ser la nueva pianista y cantante de Los Cuarenta y vas a tocar con nosotros en el concierto de la Plaza de Toros.      –¿Y si me pongo nerviosa en esa audición y termino embarrándola?      –No tienes por qué ponerte nerviosa. Yo, en serio, creo que eres la mejor y solo tienes que hacer lo que has hecho aquí durante los últimos quince días que llevas ensayando.      –Pero es que tú no conoces a los demás que se van a presentar a la audición…      –Yo sé, pero es que superar lo que tú has venido haciendo es imposible, y te juro que no lo estoy diciendo solo porque seas mi novia.      Mónica lo volvió a besar y mientras lo hacía, Esteban llevó su mano a la planta derecha del  pie descalzo de su novia, se alcanzó a entretener haciéndole cosquillas por menos de cinco segundos, hasta que ella protestó en medio de su risa.      –No, nene que me haces sentir de todo…      Esteban retiró su mano y la besó, y mientras lo hacía, no paraba de agradecer por estar saliendo con la niña más linda y tierna del universo. Media hora después, siendo casi las siete de la noche, se despidió de ella en la puerta de la casa: vino un apretado abrazo, un nuevo beso y unas pocas palabras para llenarla de confianza con respecto a la audición.        Al día siguiente, Mónica se miró al espejo, retocó el escaso maquillaje aceptado por las directivas del colegio, recordando que, gracias a la forma de su rostro, no era mucho el que necesitaba. Se acomodó el sweater azul del uniforme, se subió la falda escocesa un poco más de un centímetro, y enseguida dio un suspiro al recordar lo que estaría viviendo ese día, apenas saliera del colegio: la audición que cambiaría su vida, si es que todo salía bien. Empezaría a hacer parte de Los Cuarenta, la banda musical que empezaba a ser reconocida en todo el país. A pesar de las palabras de su novio, pronunciadas la noche anterior, era consciente del alto grado de dificultad que existía para lograr ser m*****o de la agrupación, pero tenía que aprovechar que uno de sus músicos había renunciado y que se hacía urgente para la banda el encontrar su reemplazo. Era la oportunidad que no podía dejar pasar, pues ésta no se volvería a presentar en muchísimo tiempo.      Siempre había amado la música, tocaba el piano y el arpa desde pequeña, tenía una voz inigualable, según la opinión de quienes la habían escuchado cantar, y su sueño, su máximo deseo, era el de hacer parte de esa banda y llegar a ser una gran estrella de la canción. Era soñar muy alto, se decía a sí misma, pero era lo único que deseaba hacer con su vida y confiaba en que sus aptitudes musicales la podrían llevar a ser la elegida.      Tomó sus zapatos con la mano izquierda, junto con las medias blancas enrolladas, y con la derecha pasó por última vez el cepillo por su largo y liso cabello. Se acordó de Esteban, con quien llevaba saliendo algo más de un mes y a quien vería esa tarde, cuando pasara a recogerla para ir al estudio donde se realizaría la audición. Era el muchacho más lindo y tierno del mundo, y la felicidad la invadía cuando recordaba que era de ella y solo de ella. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz que venía del primer miso. Se trataba de su mamá, llamándola a desayunar, lo que la obligó a soltar el cepillo, agarrar su morral, salir corriendo de su habitación y bajar rápidamente las escaleras. Al entrar al comedor auxiliar, ubicado junto a la cocina, la empleada le sirvió el desayuno mientras su madre le decía:      -Moni, los fabricantes de zapatos y medias quebrarían si la mayoría de gente fuera como tú.      -Mami, no sabías que caminar descalza es lo más saludable del mundo, lo leí hace como dos semanas.      Sin escuchar las protestas de su madre, comió rápidamente el cereal con leche, se tomó el jugo de naranja y le dio los buenos días a Marcela, su hermana mayor, quien a sus dieciséis, solo le llevaba un año de diferencia. Se trataba de dos lindas niñas, siendo la única diferencia entre ellas el color de sus ojos: los de Mónica de color azul y los de Marcela de tono ambarino.      -¿Lista, Moni? Vamos que ya va a pasar el bus del colegio –Marcela se puso de pie, recogió el morral que había dejado en el piso y se dirigió hacia la puerta de la casa. Mónica se puso las medias y los zapatos sintiendo el fastidio que esto le producía, se despidió de su madre y salió corriendo detrás de su hermana.      -Ese es el carro que me fascina –dijo Marcela, una vez estuvieron en la calle, mientras señalaba un automóvil de marca BMW de color azul, estacionado al otro lado de la cuadra. Mónica centró su atención en el mencionado vehículo, llamándole la atención que en aquel preciso momento dos hombres, vestidos de n***o, descendieron de éste y se juntaron con otros dos que, hasta el momento, habían permanecido a menos de cinco metros de distancia. Podrían tener alrededor de treinta años y ninguno de ellos podría clasificar a ser parte de la clase de hombres que le gustaban. Pero lo que la inquietó fue la manera como los cuatro la miraban: parecía como si al fin se hubiera atrevido a salir descalza y fuera el centro de atención del resto del universo. Dejó de mirarlos y continuó caminado al lado de su hermana, concentrando su mirada en un grupo de estudiantes universitarios, quienes se alejaban calle abajo. Pero de un momento a otro sintió la mano de su hermana aferrándose a su brazo para después sentir cómo la halaba en dirección a la puerta de la casa.      –Ven, Moni, esos tipos nos van a hacer algo…      Sin embargo, los quince metros ya recorridos les impidieron  superar la distancia antes de que los cuatro hombres, quienes de un momento a otro mostraron las armas, hasta ese momento escondidas debajo de sus respectivas chaquetas, llegaran hasta ellas y agarraran a Mónica con una fuerza y una violencia nunca antes experimentadas en sus casi quince años de vida. El dolor en sus brazos, de donde la estaban sujetando,  se sumó a la aceleración de su corazón de tal manera que la llevó a pensar que se le saldría del cuerpo en cualquier momento. Sus gritos no tardaron en llegar, mientras veía a su hermana luchando por liberarse del hombre que la agarraba mientras suplicaba para que la llevaran a ella en lugar suyo. Se olvidó de su hermana al sentir cómo dos de los hombres, altos y fuertes,  la arrastraban hasta el vehículo mientras ella se percataba de la mirada de los pocos transeúntes que a esa hora pasaban por allí, quienes se reusaron a involucrarse al ver las armas de los asaltantes. Pudo ver cómo uno de sus atacantes abría la puerta del vehículo, obligándola enseguida a entrar en éste y a acostarse sobre el espacio libre dejado por el asiento del copiloto, el cual había sido retirado. Sintió cómo se quedaba sin aire y sin fuerzas cuando uno de los sujetos se le sentó encima. El  pánico y la desesperación se adueñaron de su ser. Aun con la puerta abierta, acostada boca abajo e inmovilizada por el peso del hombre, alcanzó a ver al sujeto que había estado reteniendo a Marcela, dejándola libre y corriendo en dirección al carro, dejándola allí parada, su rostro lleno de lágrimas, sus ojos tan abiertos como nunca, sus manos sobre su cabeza. Instantes después, estando los cuatro sujetos dentro del vehículo, sintió cómo el conductor lo ponía en marcha de manera apresurada, los gritos de Marcela perdiéndose en la distancia y confundiéndose con su propio llanto. Sabía que había perdido la oportunidad de su vida, aquella de llegar a ser una estrella de la música, pero también sabía que podría estar viviendo sus últimos minutos sobre la faz de la tierra. Continuó llorando y gritando hasta el momento en que un pañuelo con un extraño olor fue colocado sobre su nariz y su boca, siendo esto lo último que sintió antes de perder el conocimiento.    
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