Lo que siguió no fue el encuentro tierno de su primera noche, donde todo era descubrimiento y asombro. Esta vez hubo una urgencia diferente, una reafirmación consciente de cada elección hecha, cada camino tomado, cada batalla que valía la pena librar juntos. El aire en la biblioteca se había vuelto eléctrico, cargado con el peso de la confesión y la promesa tácita de lo que vendría. Kaelen tomó el rostro de Elara entre sus manos, sus dedos callosos acariciando sus mejillas con una ternura que contrastaba con la intensidad de su mirada. —Aquí no —murmuró ella, tomando su mano—. Ven conmigo. La caminata por los pasillos oscuros de Stormholt fue un ritual de anticipación. Cada paso resonaba en el silencio, sus manos entrelazadas como un puente entre dos mundos que finalmente se encontraban

