El amanecer invernal encontró a Stormholt en calma tensa. En el interior, las escasas decoraciones navideñas parecían más mustias que nunca bajo la luz gris, mientras Tommy, con su vendaje limpio pero visible en la frente, insistía con una determinación que sorprendía para sus cinco años. —Puedo hacerlo, mami —decía, mirando a Elara con esos ojos verdes esmeralda que heredó de ella—. Beno me necesita. Sabe cuando estoy triste. Kaelen observaba la escena, apoyado en el marco de la puerta. —El niño tiene razón, Elara. Ébano ha estado inquieto desde ayer. Siente su ausencia. Elara mordisqueaba su labio inferior, la batalla interna reflejada en su rostro. —La herida es superficial, es cierto... ¿Y si...? —Robert y sus hombres estarán en cada punto estratégico —argumentó Kaelen—. Y yo no me

